5 de octubre de 2012

Cifuentes y el peligro de los personajes secundarios

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.

Con su saludo amistoso me lanzó unas gotas de lo que siempre he carecido: equilibrio. Chaqueta de tweed, pantalón de tela y mocasines de gamuza, peinado con los restos del agua de la ducha caliente, se deslizó con agilidad hacia el automóvil que lo llevaría al aeropuerto (no se piense en un tipo atlético. Más bien rechonchito, pero saludable). Sólo eso le escuché comentar en presencia del conserje, antes del bocinazo del microbús fuera de servicio que apuraba su salida y el ladrido de los quiltros poco acostumbrados al trajín a esas horas de la madrugada. 

Con la suma de motores resonando a la distancia, quedé en espera de mi propia movilización, atormentándome con el fantasma de carpetas y papeles encima de mi escritorio, muerto de sueño y con el estómago apretado por una rutina que se volvía cada día más color de hormiga. 

Rumbo al Terminal, con los movimientos del radiotaxi haciéndome recuperar por momentos la conciencia, surgían difusas comparaciones con este probable vecino de condominio. Que haya gente que aún regale sonrisas es una luz de esperanza, me dije más tarde, mientras dormitaba a tumbos dentro del Pullman que me conducía por la ruta 5 Sur.

El domingo siguiente este vecino madrugador tocó el timbre de nuestro departamento en compañía de su mujer. Cargaba entre sus brazos un pastel de arándano con ricota que concordamos con Lorena era uno de los más deliciosos que habíamos probado en nuestra vida en común. “Ariel Cifuentes y Carolina, un gusto en conocerlos –dijo-. Este regalo es para darles la bienvenida”, comentó mirando a su esposa con ternura cómplice y ella sonriendo con sus pecas, su rubio teñido con prolijidad y sus carnes firmes, anuncio de unas bien llevadas cuatro décadas. “Así me gustaría verme dentro de unos años”, me comentó Lorena en la cocina, mientras Cifuentes husmeaba en mi biblioteca y Carolina alababa el buen estado de las plantas dentro del departamento a pesar de la nube tóxica que nos asolaba.

La sobremesa continuó con frases acertadas de Cifuentes sobre su familia: se floreó con su hija concertista de conservatorio, en ese momento fuera de Santiago, y describió su trabajo de profesor en diferentes universidades en la cátedra de historia. Sumando y restando, contaba con la preciada estabilidad en medio de la debacle santiaguina. Más razones para envidiarlo, me dije.

Lejos de convertirse en un invitado de piedra, la presencia de Cifuentes se volvía un agrado por su disposición a las conversaciones interesantes sobre variados temas, siempre abiertas al intercambio de ideas, sin invadir ni amedrentar a un interlocutor neurótico como yo. Muy semejante a la actitud de Jorge Muzam, con la diferencia que Muzam tiene mi misma edad y Cifuentes podría ser mi padre. 

Tras varias visitas de reciprocidad entre nuestros departamentos, me di cuenta que Cifuentes constituía un aliciente para nuestra vida familiar (siempre y cuando no me tocara quedarme en Talca por algún inoportuno trabajo en terreno), donde los pasteles de arándano, los kutchen de manzanas, el pie de limón o la tartaleta de frutas eran sólo una parte de la receta festiva. La otra parte, la reveló el mismo Cifuentes al mencionar el exquisito chocolate que prepara Lorena. Puede parecer una frivolidad, pero experimenté satisfacción que mi opinión sobre este brebaje lo corroborara alguien de la altura de Cifuentes. Pese a todo mi agotamiento mental, aún podía darme cuenta que razonaba como ser vivo.

Mientras degustábamos estos manjares, un domingo por la tarde fuimos interrumpidos por ruedas de fierro girando sobre el cemento y gritos de los carretoneros que utilizan el costado del edificio como punto de encuentro para beber, comer y alborotarse con prostitutas inmigrantes tras las pesadas faenas de la feria libre. Intentamos proseguir con lo nuestro, pese a que el ruido se prolongó por varios minutos. “Lo peor aún no ha llegado”, comentó Cifuentes cuando los carretoneros se alejaban hacia Mapocho. 

Como una premonición, unos desagradables silbidos ascendiendo desde la acera impidieron cualquier comunicación entre nosotros. Me sentí responsable por lo sucedido y debí esbozar una confusa explicación mientras Lorena retiraba la mesa. “Sabemos quién es –me consoló Cifuentes-. Recuerda que vivimos en el mismo edificio. Lo peor es que lo hace a cualquier hora. Parece animal en celo”.

Asomados los cuatro a la ventana, percibimos el anochecer de la calle Rafael Sotomayor con la deficiente acción de los faroles. Bajo el miserable halo de luz, surgió un personaje de tez morena, bigotes de foca, camisa afuera y de probable sonsonete híbrido. “Mi hija, en su espíritu solidario, organizó un encuentro musical para la colonia peruana en un localcito de la calle Cumming –relató Cifuentes muy serio-. Un sujeto confundió la amabilidad con otra cosa y comenzó a seguirla, a mandarle regalos y cartas mal escritas. Desde que le prohibí cualquier contacto con esta gente, comenzó con los malditos chiflidos para que ella se asome a la ventana. Estoy pensando en unos alumnos nacionalistas para que me ayuden a solucionar este problema. ¿Qué la parece, amigo Claudio?”. Tratándose de Cifuentes, no podía ser tan descortés de guardarme el comentario: “Lo importante es que sea antes que su hija regrese de vacaciones de invierno”.

8 comentarios:

  1. Es siempre el titulo o el principio de un texto. Los que me invitan a leer o cerrar una pagina.
    "Con su saludo amistoso me lanzó unas gotas de lo que siempre he carecido: equilibrio."
    Es maravilloso cuando se nos cruza en el camino una persona fantastica, de esas que transtornan lo que teniamos pensado como vida, le dan vuelta y lo redirigen.
    Afortunados vecinos, no solo Lorena y tu. Tambien Cifuentes y su mujer. Saludos ¡¡

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  2. Un buen relato sin duda. Cuando lo leí, reparé en el final. Cifuentes recurre o tiene la intención de recurrir a una jugada sucia para sacarse un problema molesto de encima que involucra a su hija. A primera vista puede parecer una actitud condenable, ¡mire que lanzarle a los nazis a un peruano enamorado! Y sin embargo, reflexionando en torno a mi propia reacción a tal conducta creo que sería aún más dura. La defensa de nuestro espacio y sobretodo de nuestra familia nos puede tornar unos seres monstruosos, como una versión a escala de lo que se hace en la alta política.

    Desde que tengo una hija, me he convertido además en el más furibundo antimachista y aborrezco los chistes que pretenden idiotizar a las mujeres. Cuando las cosas se sienten en carne propia, otro gallo empieza a cantar.

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  3. Estamos rodeados de interesantes personajes secundarios que le dan sentido y alegría a nuestros días. Interesante y sabroso!

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  4. Raúl de la Puente5/10/12

    Vaya que buena historia. En las medianías suelen estar los mayores peligros.

    Saludos

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  5. Debió estar sabrosa esa tarta. Muy entretenido. Saluditos.

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  6. Creo que no tengo mejor manera de disfrutar esta tarde lluviosa. Mi hogar en la pre cordillera,lectura de este potente relato,un mate y un plato humeante de sopaipillas pasadas.Por cierto Claudio que no las trajo mi vecino, sino que fue una atención de mi suegra.

    Amigo Muzam,¿está justificando el quehacer de la alta política, o no entendí nada de lo que dijo?

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  7. La palabra "alta" fue inapropiada. Debo haber estado pensando en los golpistas, en los azuzadores del golpe, en las posteriores triquiñulas en democracia para garantizarles impunidad.


    Saludos

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  8. Quien no tiene en su alma una pequeña parte nazi. Es cosa de reconocerlo. Muy bueno.

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