6 de octubre de 2010

¿Dormida, dolida o podrida?


CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.
Si en ocasiones le pongo atención a las llamadas causas ecologistas es, más que nada, por esa tendencia familiar a buscar motivos por los cuales angustiarse. Las evidencias del desastre natural que se nos viene encima se complementan a la perfección en una mente neurótica con los estragos causados por el libre mercado 2.0 de Bush, las bolsas inestables, las burbujas de codicia y la especulación financiera. Sin embargo, el ecologismo a secas siempre lo he sentido como un traje incómodo, de otra talla, confeccionado con telas que me causan irritación, hecho para sujetos proactivos, nobles de corazón, con cierta formación bienintencionada, dignos especímenes de las fogatas playeras, inmunes a las picadas de zancudo y, por consiguiente, afines al guitarreo de canciones como Los Momentos de Eduardo Gatti. Que mencione este clásico de la música chilena no es gratuito. Aún recuerdo mi presencia por accidente en el alegato de tres muchachones de cursos superiores en la azotea del Instituto Nacional respecto a si esa canción decía en su comienzo “Tú silueta va caminando con el alma triste y dormida” o más bien “alma triste y dolida” y hasta “alma triste y podrida”. Esta discusión sobre el estado de lo más puro que supuestamente poseemos los seres humanos fue la instancia para que estos trogloditas acabaran exigiéndole a gritos a un alfeñique como yo que dirimiera la disputa frente a sus puños amenazantes, imitación de la violencia ambiental de 1984, proveniente de los altos mandos. Tal vez este hecho, del cual no ahondaré mayormente para no retrotraer pasados traumas, incidió en que nunca se me viera en las calles gritando por centrales eléctricas, agarrándome a combos por Greenpeace ni repartiendo volantes en la Alameda por la caza indiscriminada de ballenas. Mi principal temor era (y es) que nuestros buenos propósitos terminaran en una gran fogata que de ecológica no tenía nada y todo por culpa de un error de concepto, ya fuera porque nuestra alma se quedó dormida, dolida o podrida. ¿Cómodo? ¿Censurable? ¿Reprochable? Acepto con humildad el ceño fruncido de usted, amable lector. Pero todo en esta vida se paga, hasta las omisiones. Así que tranquilo aquellos ya que se estén arremangando la camisa y sacando los cinturones de pura rabia. Esta potencial actitud del lector me hace recordar a aquella muchacha que me lanzó un papel a la cara en el pleno paseo Ahumada. Dado que pensé que formaba parte del gremio de los poetuchos que escupen sus textos a inocentes transeúntes para que les suelten unos pesos, intenté rehuirla. No titubeó en encararme con odio: “¡Oye, si las ballenas no muerden! ¡No te hagas el sordo! ¡Por personas como tú estamos como estamos!”. A pesar de sus dolidos y podridos gritos (de dormidos no tenían nada), seguí mi camino sintiéndome cómodamente un troglodita con el sobreconsumo de energía de mi computador, mi adicción a los CDs y DVDs, microondas, hornos eléctricos, calefactores, aire acondicionado y mi apreciación estética del hongo homicida de neutrones. La conclusión salió solita de mi cabeza, sin la ayuda de pensador alguno: lo más natural del mundo, los más acorde con el método científico, las profecías de Nostradamus y las lecciones del Corán y la Biblia es la aniquilación de la especie humana. Señores inversionistas, empresarios y especuladores, adelante, cumplan con la misión en la que tanto se afanan, pero no esperen que les colabore mucho en la causa. Si no estoy deleitándome con mi mujer, estaré con Jorge Muzam bebiendo una cerveza o con el editor de este prestigioso diario intentando descifrar los misterios del comportamiento femenino con la ayuda del vodka y el jugo de naranjas. Ya la aurora no es nada nuevo.

1 comentario:

  1. Recuerdo la desproporcionada cobertura que se le dio en la prensa mundial a los refutadores de Al Gore. Cada vez que un medio incorporaba la noticia del documental del ex-candidato demócrata, se adherían en sus costados columnas muy bien preparadas que le negaban todo mérito al documental y descalificaban al autor.

    Similar comportamiento veo a diario por estos lados. La prensa, mayoritariamente en manos de poderosos ciudadanos Kane, no escatima espacio ni recursos para ridiculizar toda acción de los grupos ecologistas. El conspiracionismo termina siendo finalmente una inconducente estrategia argumental de lado y lado.

    No he participado activamente en ningún grupo ecologista, pues mi postura es bastante más extrema, algo así como un ecologista jacobino, cuyas proporciones de su ira prefiere mantenerlas encubiertas.

    Lo que sé es que me interpondré como escudo humano para salvar el último árbol.

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