5 de octubre de 2010

El tirano y yo

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.

No me voy a disculpar diciendo que todos tienen un pecado de juventud que quisieran esconder. Ni siquiera la palabra juventud sería la más correcta. Hay que retroceder más allá. Pecado de infancia, entonces. Aunque eso es una contradicción en sí misma, porque los infantes siempre llevan consigo el olor del espíritu santo mezclado con leche de teta y el cordón umbilical quién sabe dónde. Y en ese tiempo todavía me nutría de aquel natural néctar, qué le vamos a hacer. Pero basta de rodeos. Mejor sincerarse de una vez por todas. Con tres años cumplidos, al menos por unos días, fui un entusiasta pero inofensivo seguidor del soldado presidente o del presidente soldado, da lo mismo. Transcurría 1976. Decenas de pequeñas sillas dispuestas en los alrededores del muelle Prat para que los niñitos y niñitas del parvulario –aquel que libraba a mi madre por unas horas de pataletas y otras malcrianzas- se mantuvieran muy derechitos y ordenados durante una ceremonia rebosante de armonía cívica militar. A la distancia, un uniforme plomo, una gorra con visera, una mano en alto saludando. Un discurso que pronto se perdió en el aire. También banderas, muchas banderas chilenas agitadas al viento. Así como yo, la platónica Marie Alice debió tener la suya; Yayo, el rucio compañero de combos, y Pepe, el primer matón reconocido, levantándolas con sus bracitos. Y la tía Paulina, con su delantal verde claro confundiéndose con el mar, paradita a un costado de las sillas lidiando con sus propios recuerdos. El viento del litoral se asemejaba a las caricias de un novio revolucionario encerrado dentro de un barco tal vez en el mismo lugar donde ahora eran agarrados los containeres por las grúas del puerto. Desde un parlamente, la voz del finadito Nino Bravo homenajeando, sin siquiera poder reclamar los derechos de autor, la libertad ganada un día de septiembre teñido de rojo, no por el feriado, sino por millones de coágulos a destiempo. Aunque de eso yo no sabía nada, juro por Dios que no sabía nada. Ya de regreso en casa, pedí de regalo una gorra con visera y la tuve. Ignoro el pensamiento de mis padres sobre esa participación en el mitin cívico militar. Bien poco podrían haber hecho, por lo demás, para evitar el colapso cerebral. No hubo psicólogo ni siquiatra capaz de revertir mi nueva patología. Subido arriba de la cama, levantaba los brazos, miraba al espejo, movía la boca, imaginaba el bigote que me comiera el labio superior, ponía rostro severo, arengaba a cientos de amigos imaginarios más pasivos que el país de entonces. Pero pronto aquel juego perdió interés. Vinieron otros más divertidos para suplantar la personalidad. Un poco de agresividad imaginándome uno de los Titanes del Ring o un boxeador nacionalista que le da con todo al rival que le pusieran por delante. También un poco de espíritu santo vistiéndome de curita para quitar los malos espíritus de la casa y del vecindario o ayudando al prójimo a cruzar la calle como superhéroe del imperialismo yanqui. Sin contar ese ruido nocturno que no me dejaba dormir. Nacía en un rincón de la casa cuando ya se habían apagado todas las luces. Sonidos extraños como provenientes del espacio. Después, una voz distante pero real hablando de desesperanza. Añoraba un fin de algo llamando a la resistencia. Hablaba de fantasmas que buscaban su carne y sus huesos. De vez en cuando, la voz se iba y de nuevo los ruidos del espacio exterior. Después me di cuenta que eran las pisadas de mi padre entrando en su dormitorio para que nadie lo sorprendiera en sus afanes radiofónicos. Al día siguiente, él ya no estaba para preguntarle de qué se trataba todo eso. Había partido, como siempre y sin chistar, a ganarse la vida por todos nosotros. Años y años con la misma rutina, sintonizar esa radio al otro lado del planeta llamando a resistir. Pese a sus preocupaciones de jefe familiar, él formaba parte de aquellos que no querían más al soldado presidente –el mismo que traté de imitar frente al espejo- dando órdenes a su antojo. Su paciencia fue recompensada. La justicia cae por goteras sobre el culpable, mientras ahora mi juego predilecto es recuperar esa revolución de trasnoche. Aún estoy muy distante de su paciencia y estoicismo.

3 comentarios:

  1. Dicen los testigos presenciales de mi primer año de vida (que coincidió con el Golpe de Estado que derribó al presidente Allende), que solía repetir como un incansable loro, la monserga "¡Hay que matar a todos los comunistas!"
    Debo haberlo escuchado muchas veces durante esos primeros meses de vida, como para haberlo aprendido y transformado en mi altisonante grito de batalla.

    Sin embargo, a poco andar, ya estaba bien acomodado en la trinchera opuesta, aquella que yo mismo había mandado al paredón.

    Un extraordinario relato, estimado Claudio.

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  2. Muy bienvenido este blog y estos escritos. Ha llegado la hora de Chile, desde Berkeley hasta Salamanca, con Cátedras Chile e institutos latinoamericanos que dan preferencia a los profesores e investigadores chilenos. Quizá esto se deba en gran parte al respeto que inspira Michelle Bachelet con su "socialismo sensato" (que es presentado como alternativa al de Chávez, ahora que Lula va de salida), pero sin quitarle su mérito a las embajadas chilenas que en todas partes promueven los intereses de Chile más allá de la miopía filopartidista. Gracias también a que tanto la Bachelet como los embajadores, sean de izquierda o derecha, todos ayudan a los empresarios vitivinícolas chilenos a colocar sus excelentes productos en el competitivo internacional en estos tiempos de crisis. La misma Bachelet en su paso por Berkeley aseguró un acuerdo sobre el vino chileno. ¡Así se hace chilenos, me quito el sombrero que no tengo! Son tiempos de crisis. Esto es una nación inteligente.
    Mariaeu

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  3. Es curioso comprobar como los niños nacidos en los años donde los dictadores gobiernan son permeables a la retórica y estética militar. Ese ambiente de bandeas desplegadas y ondeantes al viento, el barroquismo de los uniformes de gala, esa fascinación atávica, heredada genéricamente, por las armas -o por decir mejor, por la sensación de poder y fuerza que éstas brindan- esos discursos infamantes llenos de llamadas a defender la Patria como el malvado y traidor enemigo (lo mismo da que éste sea el enemigo interior que el exterior), la intoxicación escolar a través dela descarada manipulación de la verdad y de la historia para que encaje con la historia oficial, única aceptada como verdadera y digna de aprenderse, hace que los niños quedemos absorbidos por todo ello.
    Sin embargo la naturaleza nos da también los recursos necesarios para, a través del pensamiento, discernir y bucear entre tanta mierda hasta encontrar la verdad. Por eso, ustedes, Claudio y Jorge, yo mismo, y afortunadamente ortos muchos como nosotros, al tiempo que aprendimos a razonar, aprendimos a discriminar, a ser críticos con lo que se nos decía machaconamente y a buscar por nosotros mismos nuestras propias ideas, a veces nada gregarias con las oficiales.
    Descubrimos, tal vez, que si bien es cierto que las armas dan una sensación de poder, la mente independiente y el poder del raciocinio son, tal vez las armas más poderosas.

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