15 de noviembre de 2010

El hijo de Cifuentes

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.

A los dos meses de iniciada nuestra amistad, Ariel Cifuentes tuvo la confianza para contarme el gran problema que lo aquejaba. Lo hizo de manera gradual, por partes, dándome tiempo para que yo asumiera el papel secundario que debía desempeñar en su historia.

Hasta ese momento él había omitido la existencia de un hijo menor que llevaba su mismo nombre, lo que no dejó de sorprenderme. Me consta que estos personajes siempre salen a relucir, de una u otra forma, en todos y cada de nuestros pensamientos y acciones, por más que se intente llevar una vida normal, con respiración propia y momentos de relajo. ¿Quién puede asegurar no haber sucumbido a la ilusión de ver cumplidos los anhelos frustrados en esos proyectos humanos de pasitos temblorosos, sonrisas desdentadas, balbuceos salivosos? ¿O negar haber caído en el pozo profundo de la angustia al pensar en su futuro, a causa de ese síndrome que Jorge Muzam tan acertadamente ha llamado "doce de la noche" y que se desencadena con sólo verlos dormir acurrucados y calentitos, sin importarles que el mundo se caiga a pedazos?

Sin embargo, las menciones de mi vecino de departamento sobre su descendencia sólo se habían limitado a su hija concertista de la Universidad de Chile, sin duda, la niña de sus ojos. Pero lo que en su caso fueron elogios y una que otra preocupación razonable, las primeras palabras dedicadas a su hijo menor contenían una buena dosis de incertidumbre que lo hacían perder su habitual autocontrol.

Antes de compartir conmigo los detalles del problema, Cifuentes optó por una curiosa y genérica pregunta. "Amigo Claudio: ¿qué opina del celibato? ¿Es normal que un hombre pueda pasar por la vida sin tener una sola relación sexual?". Aunque la pregunta me sorprendió, pensé que lo mejor era ser honesto con quien a esas alturas consideraba un buen amigo, más aún al ver los ojos llenos de ilusión de Carolina, su mujer. Con todo eso en vista, me esmeré en una respuesta elaborada: "Para mí, más que un error, el celibato es una crueldad. Cada vez estoy más convencido que el hombre vino a este mundo a fornicar. Todo el resto son sucedáneos del fin último de la existencia, tener un buen orgasmo. Pagado, solitario, a la fuerza o gratis, pero el hombre es pleno a medida que disfruta del sexo hasta que se muere".

Cifuentes y Carolina se quedaron con la mirada congelada, sorprendidos quizás de mi sinceridad o por la contradicción de escuchar semejante discurso en un tipo con aire puritano (no acostumbro a mencionar las virtudes de mis genitales en público, porque creo que orinar y tomar sopa se pueden hacer de manera separada). Sólo eso bastó para que Cifuentes me confesara el origen de sus pesares, en relación directa con la pregunta en cuestión: "Temo que nuestro hijo cumplirá veintiún años la próxima semana sin haber estado con una mujer, lo que nos tiene más que alarmados".

De nada sirvieron mis intentos por aligerar el tema con una absurda explicación a lo que les acontecía a él y Carolina como padres: "Yo creo que no tienen de qué preocuparse, los muchachos prefieren guardar reserva de su intimidad. Y, de seguro, Ariel tiene sus cositas, sólo que no se las ha contado". Sin embargo, ellos sabían mejor que nadie que la rutina de su hijo, desde que abandonó la universidad, se encontraba circunscrita al pequeño departamento 217 - B, es decir, de la pieza a la cocina, al comedor o al baño y luego de regreso a la pieza, como para tragarse mis argumentos de psicólogo de pacotilla.

A medida que avanzaba la conversación en su departamento, Cifuentes procedió a confesarme cómo no le quedaba más alternativa que resignarse al fracaso de su proyecto paternal –¿algún padre que se precie de tal podría marginarse de una empresa de este tipo, al ver bajo su mismo techo a una persona desprendida de su interior, que alega autonomía y que tiene por delante una competencia con una alta posibilidad de derrota?-, consistente en formar a un hombre de una sola mujer, jefe de familia abnegado y dedicado a los hijos. "Seamos sinceros –dijo Cifuentes-. En estos tiempos no se encuentran mujeres dispuestas al proyecto de vida para el cual preparé a mi hijo, salvo que se interne en una población marginal y encuentre alguna rotita que quiera salir del barro y que termine robándole todo lo que tiene. Me temo haberlo engañado y por eso tengo la obligación de ayudarlo". Carolina, quien hasta ese momento contenía las lágrimas mordiéndose con fuerza el labio inferior, intentó corroborar su punto de vista conmigo: "Le he dicho tanto que no se torture, que ha sido un excelente padre. Somos una familia y enfrentaremos esto entre todos.

Claro, agradeciéndoles a ustedes la preocupación que nos han demostrado".

La solución de Cifuentes ya había sido conversada con Carolina durante un par de noches de desvelo por lo que sólo faltaba compartirla conmigo y con Lorena. Consistía en buscar la ayuda profesional adecuada para que su hijo diera el paso necesario hacia la adultez. Lo que viniera más adelante ya se vería, pero lo prioritario era cumplir con el trámite atrasado, previo a la llegada de los veintiún años. "Yo sé, amigo Claudio, que los tiempos no están dados para salir al mundo así como así, todo confiado, pero hay veces en que se necesita ayuda y nosotros iremos por ella". Para no quedarnos sólo en lamentos, propuse revisar los avisos clasificados del diario de ese domingo. Sin embargo, pese a la contundente información contenida en sus páginas, optamos por no continuar revisándolas ante la imposibilidad de corroborar la exactitud de los servicios prometidos en palabras como "Barbie sensacional", "morena de tus sueños", "madurita apetecible", entre muchas otras, más el correspondiente precio promedio de 40 mil pesos la hora. "Menos de esa tarifa por ningún motivo –dije tajante-. No podemos arriesgarnos a que Ariel acabe con alguna infección o algo más grave", ante los ojos de circunstancia de Ariel y Carolina, más la sorpresa de Lorena al percatarse de mi desconocida capacidad gerencial. No era para menos: en un par de horas acabé convertido en asesor de la familia Cifuentes en materia de comercio sexual santiaguino, con la obligación de elaborar una propuesta satisfactoria.

Asumido ya en mi nuevo rol, procedí a revisar páginas de Internet en mi propio departamento hasta altas horas de la madrugada. En ocasiones, se me sumaba Lorena, un aporte fundamental, debo reconocerlo, aunque no pude evitar distraerme con ciertas reflexiones de su parte: "¿Todo esto les causa excitación a los hombres? Pero si en algunas fotos no se ve nada, sólo pedazos de cuerpo, un poto, una teta, un triángulo de carne… esto es muy extraño". Más adelante, con más información disponible, vino la sabia asesoría femenina que necesitaba: "Fíjate en esos gestos... mírale la cara... se nota manipuladora... mejor un poco más comprensiva... ella ha sido madre, sin duda, y sabrá del asunto..."

Con un poco de paciencia, Internet ofrecía una ventaja notoria sobre el periódico: la posibilidad de corroborar la información prometida a través de fotografías de alta resolución (recordé los comentarios de un amigo experto en computación sobre los milagros del photoshop en una actriz de teleseries que hace rato pasó la cuarentena y que seguía con su eterna juventud como si nada; sin embargo, no venía al caso agregar una preocupación adicional a este complicado casting).

Después de un acucioso trabajo de trasnoche, con la deserción de Lorena pasadas las tres de la madrugada, me armé de confianza para visitar a la mañana siguiente el departamento de los Cifuentes y ofrecerles los resultados de mis investigaciones en las páginas www.sexo.cl, www.prostituyas.cl, www.relaxchile.cl y www.erotikas.cl.

Consideramos oportuno con Lorena liberar a los Cifuentes de nuestras visitas, dado el complejo proceso por el que atravesaban. Sin embargo, transcurrido una semana sin tener noticias de ellos, nuestra curiosidad pudo más que cualquier muestra de pudor y decencia. Los invitamos a departir un sábado por la tarde a nuestro departamento, donde sustituí de adrede el chocolate y el pastel de arándanos con ricota por unas cervezas heladas y una fuente de papas fritas con mostaza y ají. Durante una salida al supermercado de nuestras esposas, interrogué a Cifuentes por el resultado de su "terapia familiar". Se tomó unos minutos antes de responderme, como si necesitara razonar cada una de sus palabras: "Al principio, la mujer se negó a contarme detalles por ética profesional. Por diez mil pesos adicionales, con Carolina nos enteramos haberle financiado a nuestro hijo una masturbación que la mujer no dudó en ofrecernos a nosotros para superar nuestros problemas".

3 comentarios:

  1. Dándoselas de Pantaleón del hijo del vecino. Novedoso por decir lo menos. Destacable es la sorpresa de Lorena ante la desconocida capacidad gerencial del narrador. No cabe duda que demostró una inusitada y sospechosa experticia en el tema.
    Buen relato. Una secuela a la altura del primer Cifuentes, estimado Claudio.

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  2. El tema me toca. Mi hermano mayor no tuvo su primer relación sino después de los 35 años. Y fue un hecho decepcionante para él. Seguramente por que tener sexo con una chica pagada no era el sueño de su vida, tan educado a la antigua.
    Un chico de gustos tan refinados y tan culto. Igual que el hijo de Cifuentes, mi hermano no esta preparado para el mundo como es.
    Ahora el sexo para él no es sino un acto violento, sin ningún atrayente.
    Se ha dedicado a enfocar su energía y sus ímpetus en pasiones más materiales y sencillos que puede realizar solo.
    Como ampliar su biblioteca o su amada colección.
    Su vida social es nula, y su vida amorosa inexistente.
    No se por que pero vislumbro que en unos años mi hermano y yo terminaremos viviendo juntos, cuidando uno del otro. Y se me eriza la piel.
    No por que sea malo terminar nuestras vidas juntos, mas bien por que no habremos sabido compartirnos plenamente con nadie.
    Por esta educacion tan diferente que nos dieron, por este mundo que construyeron para nosotros y que es tan contrario al de alla afuera. Si, se siente uno engañado. Cifuentes tiene motivos para sentirse culpable de ese punto. Pero nadie nace sabiendo como ser padre. Uno hace lo mejor que puede, es curioso, todos lo hacemos.
    Buena historia, Claudios, eres muy prudente, muy natural en tus palabras, eso se agradece.

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  3. Debe ser una persona muy especial tu hermano, Lilymeth. Consagrado a su biblioteca y a su soledad, debe haber llegado a comprender cosas que para el resto de los seres humanos, que vivimos a mil por hora intentando sobrevivir en la autopista de la ratas, nos están vedadas.

    Las almas muy sensibles suelen sufrir este cruel desencuentro con un mundo hecho más bien para el garrote de ida y vuelta.

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