2 de noviembre de 2010

Galletas para seguir viviendo

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.


El terminal San Borja se asemeja a un frigorífico a minutos de las nueve de la mañana. Los bostezos de vapor salidos de las gargantas se elevan por el aire y se confunden antes de alcanzar la plomiza cúpula de cristal. Más de alguien reparará temeroso en este detalle: una promiscuidad excesiva para tiempos de pandemia.
La cantidad de buses que entran y salen del recinto provoca un zumbido constante que, poco a poco, se presenta como algo completamente normal para el oído humano. Pero sabemos que se trata de un narcótico del sistema y ante el cual sólo queda resignarse, al menos, con algo de conocimiento de causa. Lo mismo provoca la voz del altoparlante que con dificultad trata de informar los horarios de llegada y salida hacia los diferentes destinos. Pese a todo, el movimiento de personas es lento: predominan hombres y mujeres sentados sobre las bancas, bolsas de género amarradas con cintas, unas vendedoras de ajustados pantalones que al percatarse que no le compraríamos el diario hacen un desprecio y siguen su marcha, más un encargado de informaciones que, entremedio del bostezo, limpia el mesón donde hasta muy poco antes apoyábamos el bolso con los libros traídos a Mabel. A buen entendedor pocas palabras y nos vamos hacia las vitrinas de enfrente. De pronto, la voz de mi padre en el celular me recuerda que es posible ganarse el sustento y a la vez preocuparse de los demás. “Cuídate, cholo”, remata.
Pasan los minutos sin resultados corpóreos. Mabel sólo existe más allá de nuestro alcance. Por su celular nos enteramos que viene en camino. En el trayecto de una hora, desde Melipilla a Santiago, lo ocupa alternando la lectura de “Ser niño huacho en Chile” de Gabriel Salazar y en anotar los encargos que le hiciera su hijo de doce años antes de partir de casa. “Es exigente, machista y cuadrado”, dice de él apenas da un brinco desde las escaleras del bus. No se da tiempo para saludos amistosos ni fraternales reencuentros. Viene a lo suyo. Sale disparada hacia las oficinas del banco ubicadas dentro del mall mientras hurguetea dentro de su bolso. Saca unos papeles arrugados, comprobantes de retiro amontonados, libretas dobladas y unas monedas pegadas con scotch. Su cuerpo diminuto y ágil de bailarina, se moviliza de un cajero automático a otro, aprieta botones, suma, resta, consulta en una caja y, de pronto, nos ordena que debemos seguir nuestro camino. En medio de cinco minutos nos internamos raudos por los recovecos de Meiggs en busca de las galletas perfectas para la fabricación de los dulces de la pequeña microempresa que ella mantiene con su hijo. El miedo a los lanzazos nos revuelve la cabeza con tanto reportaje de televisión sobre bandas criminales organizadas. Para Mabel sólo importa dar con los insumos que repite de memoria mirándonos a la cara o hacia la Cordillera, tal vez al cemento de Santiago, da lo mismo: comprenderlo sería tanto como perderse en la neblina o dejarse llevar por el frío. Si no es en Meiggs será en Estación Central, Matucana, Bascuñán Guerrero, Gorbea, 21 de Mayo. Mabel no se detiene en su búsqueda salvo para comentar algo de la vida o burlarse de nuestras torpezas, del fanatismo por las señales del tránsito o de las frases lateras de un mal cultivado genio. Más que olfato de sabueso, más que intuición de detective privado, Mabel cuenta con la fe del carretonero, aquel que cree que, sí o sí, obtendrá lo que busca y así podrá seguir ganándose el sustento, aunque sea sólo para retroalimentar el negocio. Atrás quedaron sus días como profesora por ser demasiado impulsiva. “La directora nos dijo que lo único que hacíamos los profesores reemplazantes era tratar de caerle bien a los alumnos. Yo le contesté que jamás haría una cochinada para quitarle un puesto a un colega de planta”. Por cierto, no requirieron más los servicios del Mabel en el colegio en cuestión. “Ya vendrán tiempos mejores”, decimos por primera vez sin que le moleste demasiado; más tarde reclamará: “Oye, no sabes decir otra cosa”.
A pesar de las respuestas negativas, demasiado costosas, poco rentables que se van sucediendo, Mabel confía en que los adoquines la conducirán hacia sus materiales de trabajo. “Sobrevivir –dice con su vocecita grave mientras cruzamos la Estación Central-, siempre la vida ha sido así, sobrevivir como sea. En eso estoy ahora y estaré en el futuro. Así lo hizo mi abuela, mi madre y ahora lo hago yo”. Cero opción, deducimos, a los hombres “pastelazos” y confiamos en nuestra glicemia. En ese caso, prefiere los pasteles que ella prepara, con dedicación, agilizando sus manitas de niña hacia el horno, dándole una probadita a su hijo, la galleta perfecta con la dosis de manjar justa, todo como en un baile, como si se desplazara sobre los escenarios del gimnasio de Melipilla. “No se puede derrochar material”, recita mirando los adoquines cuando nuestros pasos torpes ya no le son demasiado útiles.
Pero no hay que confundirse. Su ímpetu no es sinónimo de optimismo a ultranza de lo que ha ocurrido hasta ahora y de lo que se viene por delante. “Los historiadores marxistas lo único que han hecho es escribir libros que no sirvieron para nada. Aquí estamos como siempre, dependiendo de un salario. No nos enredemos con conceptos de más, vivimos de un salario”. Atrás quedó su pasado militante, revolucionario. Vivir en una población popular le ha afectado su visión de mundo. “Es terrible estar con mi hijo y tener que encerrarnos temprano, que se corte la luz, que lluevan los peñascazos de la nada y se armen peleas, que se trafique”. Y sigue adelante, considerando pobres nuestras reflexiones sobre la relación narco–mercado, el reformismo social demócrata y las promesas de los candidatos.
Mabel no se deja amedrentar por las vendedoras embusteras, indolentes y desganadas de las confiterías. Busca el precio más bajo y la mejor calidad entremedio de una avalancha de dulces, chocolates, galletas, tortas, pasteles. Una vitrina la inspira para explayarse sobre sus conocimientos sobre la zaga Dragón Ball Z y su particular y feminista interpretación de El Padrino: “Cuando murió la mamá Corleone, todo se fue a la cresta. Michael ya no pudo mantener unida a la familia. Ella era el pilar de todo”. La lógica de macho cabrío nos deja un tanto knock out con su divagación de esta zaga varonil de Francis Ford Coppola.
Mabel logra por fin comprar dos cajas de galletas de cinco kilos cada una. Apenas las sostiene dentro de sus bolsas y sólo se ven sus manitas y sus botas. A regañadientes acepta cambiar el metro por un taxi. Dice que debe acostumbrarse a estos traslados, pero creemos en que la vida de Mabel está para otras cosas, más dulzura y menos tragos amargos. La melosidad de Electric Light Orchestra puede ser un buen comienzo y le entregamos un CD con lo mejor de su música.
En el terminal, la vemos relajarse. Durante el almuerzo, alaba el libro de Salazar, lee trozos, piensa en sus estudios, en las clases del magíster que con dificultad lleva adelante. Luego pone cara de cansancio cuando le menciono los libros que están dentro del bolso para su disertación con el profesor Sergio Grez. La invitamos a entusiasmarse, después de todo, el esfuerzo será en su propio beneficio. “¿O sea quieres que finja un orgasmo?”, pregunta. No todo lo contrario, aclaramos, que se divierta de verdad, que su goce sea auténtico. “Entonces, no tienes ningún problema de que después del sexo me ría en tu cara -insiste en pelusear a costa nuestra-. Discúlpame, tu paciencia despierta el espíritu sádico que hay dentro de mí”. Ahora la vemos feliz de verdad. No importan los motivos. Ha logrado lo que se propuso al salir de casa y ya es hora de volver para reencontrarse con su hijo.
Cuando levanta la mano para decir adiós, lanzar un beso y sonreír desde la ventanilla del bus que sale lento del terminal, nos da una pauta de que existimos (¿para Mabel?) Quién lo sabe.

3 comentarios:

  1. La entrañable Mabel dando saltitos precarios en el embravecido mar de la sobrevivencia. Un relato que habla de la premura del diario vivir, de la autoafirmación femenina, del desencanto ideológico y de las sabrosas galletas que serán adornadas en la continuación imaginaria de esta escritura.

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  2. Te leo pero me parece que en realidad te oigo. Tu relato me permite conocer a Mabel y encontrarla querible y admirable.. y a la vez te admiro a vos también. Ya no sé si me gusta más Mabel recontruida en tu relato o tu mirada hecha relato.

    Ambas!!! Sin dudas.

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  3. Gracias amigos, en mi nombre, pero sobre todo a nombre de Mabel...

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