9 de marzo de 2012

Patricio Piedad

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.

Con cada nuevo fracaso literario, siento que la sombra del gordo Patricio Piedad me cubre con su manto protector. Como si su voz ronca y afectada me instara a seguir en camino, fracasando una y otra vez, pero sin miedos ni culpas. Lo conocí en 1998, en un taller de guiones de cine y televisión de Providencia. Supuestamente los organizadores nos habían seleccionado dentro de un grupo de quinientos aspirantes a escritor. El barbudo Piedad asistía a todas las sesiones, pero jamás leyó algo de su autoría. Las excusas siempre le sobraban –que el trabajo, el stress, el fútbol, el taco en la rotonda Kennedy, el computador-, como también sus anécdotas sobre cómo obtener financiamiento para fallidos programas pilotos en algún canal de televisión, ganar un concurso literario de prestigio y lograr una publicación de calidad en alguna editorial de España. Piedad hacía aspavientos que la temática de sus manuscritos era de lo más variada: autoayuda, ciencia ficción, infantil, policial, cuentos costumbristas, terror, cine de autor y series de televisión, todo avalado sólo por su verborrea, nunca por hojas impresas.

Hace unos meses lo vi subirse a una máquina del Transantiago para recitar poesía. Estaba mucho más delgado y sin barba. Su rostro se asemejaba al de un lactante, pero el tono de voz era el mismo de hacía una década. Esto último hizo que me distrajera del contenido de sus versos. Sin embargo, el sonido metálico de las monedas cayendo en su gorro de playa me indicaba que Patricio Piedad tenía su público a las cuatro de la tarde en Santiago de Chile y con más de treinta grados a la sombra.

9 comentarios:

  1. Los aspavientos de lo que no se muestra son un habitual indicio de que algo no encaja en su sitio, amigo Claudio.

    Aunque de alguna u otra forma, muchos ostentamos, nos adornamos, nos floreamos y hacemos aspavientos de lo que quisiéramos llegar a ser. Un aspiracionismo cultural es quizás algo más aceptable que un simple aspiracionismo de clase o de raza.

    La ostentación puede ser hasta más honesta y divertida que la falsa modestia.

    Probablemente Patricio Piedad llegue algún día a plasmar su propia miseria en un extraordinario guión.

    Muy buen escrito, amigo.

    ResponderEliminar
  2. Por cierto, tenía un nombre bastante ridículo, como de Papa del año 1.000.

    ResponderEliminar
  3. Conozco unas cuantas historias así. Me producen una mezcla de tristeza y bronca. Cuánta gente que deja sus proyectos esbozados en un papel y por deficiencias del sistema o propias no llega a pasar en limpio nunca.

    Recuerdo en este momento a una muy querida compañera de la facultad que tenía uno de los currículos más impresionantes de la región como periodista, acreditación oficial para ser locutora y una mente brillante pero no conseguía empleo porque por una serie de excusas inentendibles no se organizaba para hacerse de un buen puesto.

    Lo último que supe de ella era que vendía las mermeladas que su ancianita madre hacía... Y qué ricas que eran pero ella estaba para mucho más... Para darle una paliza al idiota que oigo en radio todas las mañanas elogiar los pechos de su compañera... Ahhh.

    Pero así es la vida... Injusta! Hay que amañarse y calzarse los de box para enfrentarla todas las mañanas.

    Saludos Claudio, me gustó mucho!

    ResponderEliminar
  4. Me gusta la vereda del fracaso se aprende que es necesario mucho coraje para subir a una micro a recitar poemas, o vender mermeladas...

    Saludos Claudio

    AOC.

    ResponderEliminar
  5. Plasmar la miseria, amañarse y calzarse los de box, verda del fracaso y coraje... la musicalidad de sus reflexiones, Lorena, Antonia y Muzam, hacen revivir una y otra vez el heroísmo de cuneta de Piedad...

    ResponderEliminar
  6. Durante mis excesivos años de vagancia intelectualera por Santiago, me topé con varios personajes muy similares a Piedad. Diría que la mayoría correspondían a este prototipo. No eran en general malas personas, pero hablaban mucho, pedanteaban bastante, bebían como camellos, se alimentaban de hot-dogs, bolseaban cigarros, no producían casi nada y eran sexualmente inactivos. Tanto hombres como mujeres. Personas con muchísimas trancas personales, resentidos, y sin embargo ansiosos de avizorarse una ventanita personal hacia el estrellato de la creación artística. En cada foro, seminario, lanzamiento de libro o inauguración de importantes muestras fotográficas y pictóricas, estaban ellos, juntitos o separados, pero casi siempre eran los mismos. Daba la impresión, por su expresiva voracidad, de que bebían y se alimentaban casi exclusivamente gracias a esos eventos. Las mismas cien caras deambulando cada día por la inmensidad de la asfixiante metrópoli.

    A uno de ellos, Juanito, le pretendí fabricar un guión para que interpretara a Bernardo O'Higgins en el estilo de Boris Grushenko. Era de esos tipos "igualitos a". Medía un metro cincuenta y dos, igual que el generalote, era rechonchito, grueso tronco, ínfimo cuello de almeja, patitas cortas, manos de empanada, ensortijados y colorines crines, patillas abundantes y cara de querer conquistar el mundo.

    Estuvo muy de acuerdo con mi propuesta, pese o gracias a su permanente borrachera. Algo le alcancé a construir, pero luego la vida me arrojó hacia la costa y dejé de ver a esos chicos Piedad.

    ResponderEliminar
  7. No pensé que fuéramos tantos Patricios Piedad. Habrá que cambiar de oficio.

    ResponderEliminar
  8. O formar un sindicato para llorar nuestras penas...

    ResponderEliminar
  9. ¿Qué fue de Piedad, amigo Rodríguez?

    ResponderEliminar

*