11 de junio de 2015

Muerte de un soldado

PABLO CINGOLANI.-

La hora nona. La luna brilla a rabiar, encendida como el ojo de una ñusta, sobre el filo del Wakayani. El cerro, como un gallo, resalta sus ocres, sus arenas bermejas, brilla también pero es una intensidad que no puedo explicar. La belleza de la montaña es como la sangre, simplemente está allí. Si no estuviera, te mueres.

Salgo al viento, al silencio y a la soledad a buscar cigarros. Voy pensando en nada, voy sintiendo todo. El viento exilia todos los pesares, el silencio aplasta cada idea, la soledad te reúne con los que más quieres, van caminando conmigo rumbo a la tienda, y voy así tan leve de mí, agradeciéndole a la diosa tan blanca por estarse allá arriba, seduciendo a la montaña para que me ampare cada vez más, que me olvido del mundo, del resto digo. 

Al principio, creí que eran los sonidos de los elementos: el viento los ejecutaba al compás de mi serenidad. Luego, intuí caracoles: era el eco de otros sitios, de otros tiempos, y en eso, no me equivocaba. Empezó a sonar, a la distancia, diáfano como el pan que más nos gusta y nos agasaja, un bolero de caballería. Empecé a buscar la música como quien busca una biblioteca, un muelle o a dios mismo. 

Hay pocas cosas tan bolivianas, y digo bien: bolivianas, como el bolero de caballería. Es música militar universal pero aquí ha arraigado en el corazón civil y popular de muchas generaciones, porque fue la banda sonora de la terrible Guerra del Chaco, la guerra más odiosa de todas. 

La Guerra del Chaco (1932-1935) es aborrecible porque fue una guerra entre hermanos, y más dolorosa aún porque fue una guerra entre los hermanos más pobres, los de los pies sin botas, los de los pies descalzos, desgarrados por el tuscal y la intriga del petróleo e intereses tan mezquinos como los del propio Saavedra Lamas, un hijo de puta que pocos saben quién es.[1] Las composiciones bolivianas de esos años son únicas, y las hay tan tristes, tan tristes, tan tristes, que uno cae rendido sin remedio a su potencia sensible, a su dolor entrañable, a ese clamor para que nunca peleemos más las guerras de otros. 

Mientras caminaba y me afanaba buscando la música, supuse que algún nostálgico andaría libando un “singanito” –otra maravilla de la bolivianidad- y vibraba a lo Hamelin, gozando del viento y anticipando el hallazgo. Pero no había sido ningún memorioso. Un crespón negro coronaba el parlante a la calle de donde salían los boleros. Era un velorio. Alguien había muerto. 

* * * 

Me acerqué a un portón, sólo para certificar lo que ya presentía. 

A un hombre que comía pasankallas –maíz inflado con un toque azucarado-, le pregunté por el finado. Había otras gentes allá dentro. La música tronaba: como si fuera banda. 

Mi tío es— me dijo. El pasado para hablar de la muerte es siempre difícil de decir. Sólo precisaba saber un solo dato más de aquel que había partido. 

—Sí—me aseguró orgulloso—Había sido combatiente de la Guerra del Chaco. 

Le di mi pésame y me alejé. Me envolvió ese dolor abismal que uno sólo puede sentir frente a las grandes pérdidas, a extrañamientos inmensos como ballenas. Alguien había muerto. Había muerto un soldado. 

* * * 

Todo puede cambiar en un segundo: ese es el milagro de la vida, esa es la maravilla del mundo. Uno va despreocupándose a buscar cigarrillos, y se encuentra con la vida y con el mundo que también estaban allí, esperándote. 

Algunos pueden pensar: ¿y a este pelotudo que le pasa? Todos los días muere la gente, todo el tiempo hay velorios, eso es normal. Eso es cierto pero lo que me conmueve, tan hondo como un fiordo, y por eso lo estoy anotando así estas palabras se pierdan también en el olvido, es que se murió un soldado. Cargaba más de noventa años, quién sabe cómo fueron vividos o sufridos, pero fue un soldado. Un soldado que peleó una guerra. Una guerra de las nuestras, una guerra cuerpo a cuerpo como son las nuestras, una guerra de frente, a la vida y a la muerte, a la guerra misma. 

Lo primero que me vino al corazón fue el propio Chaco, donde se libraron los combates. Lo recorrí por tierra y por aire y es tan estremecedor –pienso en los lados del Kaa-Iya, las lagunas Suarez Arana, Fortín Ravelo, donde están arrinconando a los ayoreos aislados-, tan hostil, que tampoco puedo describirlo. Por algo, no escribo novelas. Sentí la sed de los soldados. 

Sentí luego la hondura de El Pozo, uno de los cuentos más bellos y más terribles jamás escritos, y escrito por otro soldado: el “Chueco” Céspedes, y lo sentido por las tantas veces leído se me mezcló con lo que sentía porque seguía escuchando otro bolero, y otro, y otro, y uno, a veces, se convence que la vida puede congelarse en un momento de sentimientos tan hondos, y que eso, mal que bien, puede ser también algo de lo que llamamos felicidad. Uno se siente bien con los muertos, con los muertos dignos. 

Será por eso que después me transporté y me fui a las Malvinas, a las islas y abracé uno a uno a mis hermanos, mis amigos, los ex combatientes de Rosario, y sentí el dolor lacerante de todas nuestras guerras pero a la vez sentí que ese dolor, si no lo olvidamos, si lo honramos, tampoco es en vano. 

Es nuestro dolor, y así, si lo sentimos así, se vuelve glorioso, como las notas de un bolero de caballería boliviano. Son tan tristes, tan tristes, tan tristes, que alcanzan para abrazar y amparar a todos los soldados de todas nuestras guerras. Y con tanta tristeza radiante, con tanto honor vuelto música, hay que ser muy necio o no querer nada a la patria, para no hallar la belleza en el rostro de cada combatiente que murió en cada una de nuestras guerras, justas o no, la belleza de cada soldado que entregó su vida en el campo de batalla. ¡Eran soldados, fuimos soldados nosotros también, carajo! 

* * * 

El ex combatiente de la Guerra del Chaco, Efraín Calisaya Ortuño, 93 años, murió hoy que escribo en el pueblo de Jupapina, donde vivo. Fui a comprar cigarros, me envolvió el silencio, la soledad y el destino y me encontré con su muerte. 

Río Abajo, 18 de diciembre de 2010 


Nota más que inevitable: este escrito está dedicado a Rada, a Julito, a Casco, a Vanasco, al “Tierno”, a Yoel, a mi hermano que me regaló su insignia del R-12 de Infantería que no me acuerdo el nombre (¿Para qué voy a mentir?), a los correntinos que también defendían el Iberá, a Ciotta y a los tobas que vinieron con ellos desde Rosario y a todos, a conmemorar los 25 años de Malvinas en Bolivia. Y al soldado Calisaya Ortuño (Q.E.P.D.), desde ya y desde el vamos. 

[1] Fue Premio Nobel de la Paz por su “mediación” entre Bolivia y Paraguay para acabar con la guerra. Pero el tipo tenía intereses económicos en el Paraguay que tras la infame Guerra de la Triple Alianza, había sido invadida por las oligarquías de Argentina y de Brasil para aprovecharse y saquear sus recursos naturales. Luego, en 1980, le concedieron el mismo galardón a Adolfo Pérez Esquivel. Quiero pensar que no sólo se reconocía la defensa de los derechos humanos en un país avasallado como nunca por la infamia genocida de una dictadura militar si no que, a la vez, se buscó limpiar esta ocasión de un premio no merecido.

10 comentarios:

  1. Qué gran recuerdo para nuestros siempre olvidados. Hablo de olvido en un sentido diferente al del recuerdo como evocación. Cierto es que de ellos se acuerda la historia, su pueblo que les vio partir y sobre todo sus familias, pero los olvidan aquellos que tienen el poder de darles una mano a los que sobreviviron. Cuando escribo esto pienso sobre todo en los que volvieron de Malvinas porque desde que vivo acá los siento más cerca. Si no me falla la memoria deben ser unos 60 correntinos los que murieron en combate y unos 100 que se llevó la posguerra del olvido.

    Cada sábado que salgo de paseo por el centro de la ciudad paso frente a la casa de gobierno y recuerdo haberlos visto acampando en señal de protesta por un subsidio o porque se les reconozca su participación. Cuando llega el día en que les rinden honores los veo en los desfiles mutilados y un poco ausentes sumidos en la locura. No falta ocasión en que me cruce con una persona que me diga que un familiar suyo estuvo allá. Me sucede también que al pasar por la esquina de la iglesia catedral me encuentro con uno que no se vocifera insultos a todos los que pasan confundiéndolos con sus jefes al mando... Y pienso en el calor que acostumbramos padecer lo que vivimos en Corrientes en contraste con el frío del sur.

    En todas esas ocasiones se me vienen a la cabeza todo lo que sé desde los diversos frentes que se aborda el tema y lo reflejo en las caritas de aquellos que se cruzan... Cómo no sufrir.. De ese mismo modo me conmovió haber leído este impecable escrito.

    Mis sinceras felicitaciones y saludos!

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  2. Tal como se lo he expresado a algunos de mis amigos escritores en este y otros sitios, tengo una tendencia casi obsesiva a reparar en la forma de los escritos. Cuando leí "Muerte de un soldado" por primera vez, sentí que no sólo narrabas amparándote en la mirada, en las ideas que guían tus pasos y en la evocación, sino en el conjunto de los sentidos, muy compenetrados con su entorno geográfico y humano, formando una especie de pintura cósmica.

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  3. Que honor recibir la pluma guerrera y telúrica de un hermano de Bolivia... Bievenido, Pablo, a Plumas... cuántanos más de lo que sabes y sientes, tenemos mucho que aprender de tu tierra...

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  4. Desde el punto de vista histórico, y desde cualquier punto de vista, resulta muy sospechoso aquel armisticio de 1935 que se inclinó completamente a favor del Paraguay, estimado Pablo. Tu visión de Saavedra Lamas tiene mucho asidero en los hechos. Poco sentido tuvo haber convocado a tantos países para armar un acuerdo que ya estaba arreglado de antemano en las sombras.
    Pero ya vemos que hasta el día de hoy los premios nobeles de la paz se lo dan al personaje de moda, más que a los verdaderos contribuyentes de la paz.

    Personalmente, he tenido el gusto de leer fragmentos de "Horizontes Incendiados", la novela sobre la Guerra del Chaco (1933), de Gustavo Adolfo Otero, un extraordinario escritor boliviano, hoy olvidado casi por completo. Es algo así como un símil de la soberbia novela de guerra "La Roja insignia del Valor", del estadounidense Stephen Crane. Sin duda, dos cumbres del pacifismo literario americano.

    Excelente historia, amigo Pablo.

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  5. Anónimo24/12/10

    Sigo a Pablo Cingolani hace años por internet; es un expedicionario argentino del Madidi boliviano, "mi Indiana Jones" le digo. Tiene una rara habilidad de trastocar las texturas y hacer de las masas pétreas de los Andes algo tan precario como una cotufa de maíz hinchada de aire, un bolero evanescente musitado por indios, una cáscara de hombre del que se esfuman los recuerdos de otra guerra inútil, una evanescencia que llena a la roca. Pablo se especializa en ecos perdidos, en voces que flotan, ululan, en hombres perdidos, en enigmas deambulantes, como el poeta maya Ak'abal, ese jaguar del amanecer, a quien entrevistó; o como los toromonas a quienes ha buscado; o como el Possuelo del sertao brasileño. Bienvenido a casa Pablo. Mariaeu

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  6. Cuánto amor por los hombres simples, por los que sufren ante la afrenta de la codicia, por los que murieron por tan poco, por los que viven en armonía con su espléndido entorno.
    La poesía y grandeza de tu alma se transfiere con fuerza a cada una de tus palabras.
    Siento un gran gusto de haberte conocido, Pablo.

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  7. ¿Por qué salió mi comentario sobre Pablo como "anónimo" si lo publiqué por Google. María Eugenia Sáez

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  8. Anónimo25/2/11

    Como siempre, cuando pasan muchos años de un hecho historico, la percepcion de los escritores es la mas conocida o leida, pero no siempre coincide con la percepcion que del hecho se tenia en los momentos de desarrollo temporal del mismo hecho. Sobre la guerra del Chaco se ha escrito mucho en Paraguay y en Bolivia. Pero en el momento de la guerra los que murieron alli y los que se sacrificaron durante la guerra o fueron heridos, no se consideraban estafados por las petroleras o los paises capitalistas. Defendieron sus patrias y punto, nada mas ni nada menos.-

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  9. Anónimo5/3/11

    UNA VISION TOTALMENTE PARCIAL, DE ALGUIEN QUE CREE SER EL DUEÑO DE LA VERDAD ABSOLUTA,, NADA MAS,,, UNA PENA

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