4 de octubre de 2012

Soles negros que vienen de adentro




Por Pablo Cingolani

El gatito no quería despertar. El ruido de la lluvia y el frío se confabulaban y hasta sentías que las primeras luces se acobardaban. El rostro del gato decía una sola cosa: cúbrete con la manta y sigue durmiendo, que afuera se está cayendo el mundo. Y que nos importa. A él, puede que así sea. Pero yo pensaba en la perra, en Dana, que estaba “en afuera” y sentí un estremecimiento. La imaginaba hielito, tributo al Señor del Qoyllur Rit´i. Me enfundé en seis chamarras y fui a abrirle una puerta para que ingrese a la casa. El rugir del río era temible –ya lo conté. Lo que más te sobrecogía eran los muros blanquísimos de neblina que se alzaban sobre las montañas. Capas superpuestas de niebla y piedra volvían a la mañana, una puesta en escena alucinante. Jinetes asediando catedrales, gigantes masticando toros, mujeres en perpetua danza con la geología y el clima. Me acordé de Henry Michaux, de su poema La cordillera de los Andes, en su libro sobre Ecuador (1929), y parafraseándole exclamé para mis adentros:

Quien no ama las nubes
Que no venga a los Andes.

* * *

Es muy probable que el gatito sea una reencarnación de Michaux. Me rio con ganas mientras lo escribo. Las primeras palabras del belga cuando arribó a Quito, son memorables:

Te saludo, de todas maneras, país maldito de Ecuador.
Pero eres bien salvaje...

¡Qué encanto! Hasta allí lo había traído su amigo Gangotena, un exquisito poeta que había nacido en los Andes, con un padre hacendado y que lo había enviado a París a lo que enviaban a Francia a sus hijos, los millonarios sudamericanos de esos años. Toda su bienvenida a la ciudad del Pichincha, está tan cargada de espanto que promueve piedad:

“Allá, miren, Quito”
¿Por qué me golpeas tan fuerte, o corazón mío?
Vamos donde amigos, nos esperan.
“Quito está tras esta montaña.”
¿Pero que hay tras esta montaña?
Quito está tras esta montaña.
¿Pero qué ver tras esta montaña?
Y siempre estos indios....

Rememoro a alguna gente con la cual intenté compartir el amor por las montañas. Una vez, fui con un guardaparque de origen takana a trajinar los montes que descienden más allá de Pelechuco, un finis terrae en los Andes orientales bolivianos. Fuimos con un equipo citadino de producción de imagen. De este sector que refiero, ya se habían también escrito alusiones espantosas: “montañas cerradas e inmensas, que no se han podido desentrañar de parte alguna de estos distritos”, había anotado en su Relación histórico geográfica de 1789, el subdelegado del partido de Apolobamba Josef de Santa Cruz y Villavicencio, el padre del futuro adalid de la Confederación Peruano-Boliviana. Fawcett, el gran Fawcett que ahora canonizará Brad Pitt con su película, dejó caer como si nada en sus memorias, su impresión de un viaje que efectuó en 1911: “De todos los caminos espeluznantes que yo encontré en los Andes bolivianos, el de Queara a Mojos es el peor”. Bueno, la cosa, es que por ese trayecto íbamos andando. Y era muy duro. Entonces, al tercer o cuarto día de travesía, se escuchó por enésima vez, la pregunta de Michaux: ¿Pero que hay tras esta montaña? El takana, que no conocía la ruta, y que también estaba sufriendo los estragos de la caminata, esta vez le contestó:
—Otra montaña—le dijo con la suavidad de un aleteo de mariposa.
—¿Otra montaña?—el fotógrafo se desesperaba. Tal vez hubiese querido escuchar que tras esa montaña, se hubiese levantado una estación de lanzamiento de cohetes de la NASA, y a lo mejor, a su lado, un bar estilo Nashville para sus trabajadores y algunos astronautas que pudiesen haberse encariñado con la comarca.
—Sí, otra montaña—. El takana, Benito se llamaba -yo lo había bautizado Queequeg, ya que el déjà vu con el arponero era inevitable-, ya volaba como un colibrí en picada rumbo a la flor más bonita de todas— y otra montaña, y otra, así hasta que se acaben…, remarcó para terminar de apaciguar las aguas.
Eso es tener claro el mapa mental. Eso es tener claro el plan divino. El gatito sigue durmiendo a pesar del tumulto del río. Ha dejado de llover y la niebla se ha ido, y el seguirá feliz con los ojos bien cerrados hasta que el hambre lo haga desperezarse y maullarme para que le de comida. Eso también es tener claro el mapa mental. Eso también es tener claro el plan divino. El gatito, en verdad, es parte del plan divino. Es el plan divino, por eso no acepto ninguna crueldad contra ellos.

* * *

Vuelvo a Michaux. Su poema sobre la cordillera es un límite. El no quiere abrirse:

El sol es negro y no tiene acogida.
Un sol venido desde dentro.
No le interesan las plantas.
Es una tierra volcánica.
¡Desnudo! Y las casas negras debajo,
Le dejan toda su desnudez,
La desnudez negra de lo malo.

¡Oh, yo he padecido con aquellos que he visto padecer! (Shakespeare: La Tempestad). ¡Qué lindo sería que a todos nos ilumine un sol venido desde dentro y que la conciencia mágica de ser totalmente nosotros mismos, de estar totalmente en nosotros mismos, se abra paso frente a toda la oscuridad que nos rodea, que nos va rodeando! ¡Qué bello que a una montaña, le sigue otra, y otra, porque de aquí somos y, en el fondo yo lo sé, no quisiéramos nunca dejar de serlo! Yo también sé que es duro ser de aquí, pero estoy convencido que más duro sería no serlo.
Por una rendija del cielo, acaba de salir el sol… en algunos lugares de los Andes, son días de celebración a la Illa Ispalla, a la diversidad de la naturaleza.


Pablo Cingolani
Río Abajo, 25 de diciembre de 2010

Imagen: Cordillera de Apolobamba, Bolivia.


4 comentarios:

  1. El gatito sintió sobre su pelaje la caricia brusca de Michaux o la delirante tempestad de Shakespeare. Cae la lluvia sobre nuestras cabezas a través de tu relato, Pablo Cingolani, y seguimos evocando y abriendo un sinfín de ventanas.

    Siento tanta admiración por Michaux como por las montañas andinas, pese a que nunca he escalado una. Tan sólo he llegado a los faldeos y a marearme con sus picos puntiagudos que ensombrecen el cielo y nos dejan sin horizontes.

    Leerte es definitivamente una experiencia sensorial deslumbrante, Pablo.

    Dejo como obsequio uno de mis poemas favoritos de Michaux, "Yo remo":


    Maldije tu frente tu vientre tu vida
    maldije las calles que tu andar enfila
    los objetos que tu mano aprehende
    maldije el interior de tus sueños

    Puse una charco en tu ojo que ya no ve
    un insecto en tu oreja que ya no oye
    una esponja en tu cerebro que ya no comprende

    Te enfrié en el alma de tu cuerpo
    te congelé en tu vida profunda

    el aire que respiras te sofoca
    el aire que respiras tiene un olor a sótano
    es un aire ya espirado que fue desechado las hienas
    el estiércol de ese aire ya nadie lo puede respirar

    Tu piel está toda húmeda
    tu piel suda el sudor del gran miedo
    tus axilas exhalan a lo lejos un olor a cripta

    Los animales de detienen cuando pasas
    los perros aúllan por la noche, con la cabeza
    enderezada hacia tu casa
    no puedes huir
    no te llega ni siquiera una fuerza de hormiga a la
    punta del pie
    tu cansancio hace tronco de plomo en tu cuerpo
    tu cansancio es una larga caravana
    tu cansancio llega hasta el país de Nan
    tu cansancio es inexpresable

    Tu boca te muerde
    tus uñas te arañan
    ya no es más tuya tu mujer
    ya no es más tuyo tu hermano
    la planta de tu pie es mordida por una serpiente
    furiosa

    Han babeado sobre tu progenitura
    han babeado sobre la risa de tu hijita
    han babeado frente al rostro de tu morada

    El mundo se aleja de ti

    Yo remo
    remo
    remo contra tu vida
    remo
    me multiplico en remeros innumerables
    para remar más fuertemente contra ti

    Caes en lo vago
    careces de soplo
    te fatigas ante el menor esfuerzo

    Yo remo
    remo
    remo

    Te vas, ebrio, atado a la cola de un mulo
    la ebriedad como un enorme parasol que oscurece
    el cielo
    y junta las moscas
    la ebriedad vertiginosa de los canales semicirculares
    comienzo mal atendido de la hemiplejía
    la ebriedad no te abandona ya
    te tumba a la izquierda
    te tumba a la derecha
    te tumba sobre el suelo pedregoso del camino

    Yo remo
    remo
    remo contra tus días

    En la casa del sufrimiento entras

    Yo remo
    remo
    sobre una faja negra se inscriben tus acciones
    sobre el enorme ojo blanco de un caballo bizco
    rueda tu por venir

    YO REMO

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  2. Lo bueno es que dejaste entrar a Dana.
    La lluvia, la niebla y las ventoleras suelen traer de visita a los poetas. En mi caso, me visitaba Pound y Borges, y los recibía con mate aguardentoso.
    Poderoso relato, amigo Cingolani.

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  3. Me he tardado en dejar un mensaje, me di la oportunidad de releerlo y cada vez me pareció encantador. Me agrada siempre el uso de la intertextualidad, el sabor que deja en la boca cuando se mezclan citas literarias con paisajes tan vívidos. Francamente, una delicia.

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  4. Has desencadenado comentarios que iluminan más tu escrito. Intertextualidad y rica erudición, dice Lylimeth; una experiencia sensorial deslumbrante, dice María Paz; una visita de los dioses seculares de nuestra literatura invocados por el aguardiente y el mate, Muzam dixit. El camino de Queara es vertiginoso y salteado de picos enigmáticos desde los que acechan Michaux, Fawcett, Gangotena o cualquier otro condenado a los Andes del sol interno, volcánico, negro, el sol de William Blake en su alarido del final de los tiempos. Hay una serie de viajeros que pasan por tu relato como ondas de La Tempestad shakesperiana. A nivel más hondo, hay una tempestad y una mirada aymará que se extiende hasta donde alcanza ver, tratando de recordar o adivinar el origen lacustre entre el paisaje que lo niega: "y y otra montaña, y otra, así hasta que se acaben…, remarcó para terminar de apaciguar las aguas".
    Un abrazo que baje por el espinazo de los Andes. Mariaeu

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