8 de enero de 2011

Año del conejo

MARÍA EUGENIA SÁEZ

Asomándome por el agujero, con mi unigénita en brazos, de dos años, que sólo hablaba español, rubia ceniza como su padre, sus ojos limpios como ondas azules, salí a buscar con quién dejarla en Los Angeles. Había probado una semana con la gorda Norma, pero su hija amontonaba juguetotes de plástico, amarillo y rosa chillón, y gimoteaba, pegada al batilón de su madre, cuando Teresa llevaba su propia muñequita. El hermano de la Norma, desparramado por un sillón, desempleado, miraba a las mujeres medio encueradas de Sábado Sensacional saltar esos rugidos. El viernes me paré atrás de la casa, sigilosa como un conejo, vi la carita de mi hija pegada a la ventana, y así, los encontré. Arrojando un billete sobre la mesa, despavorida, tomé a Teresa en brazos y escapé de allá con ella y su muñequita. La gorda rugía algo ….


Por eso me propuse buscar una cuidaniños que, fuera de donde fuera y hablara lo que hablara, me inspirara confianza. Descarté primero a una blanca treintona porque la piel se le quebraba cada vez que intentaba sacarle una sonrisa a su cara de mujer de negocios agotada y porque había demasiados niños en aquella casa tan limpia, tan grande, de las que cuestan mucho dinero, dos ingresos fuertes y una hipoteca devastadora. Descarté después a una latina madura porque la casa estaba impecable y eso no pega nada con niños. Ahí había gato encerrado. Era viuda y tenía una sola hija, con lentes, frenillos y senos grandes, una muchacha como de 18 años pero del tamaño de una niña, sin caderas y con una muñequita en brazos. La expresión de la mujer era tan grave como incumbía al caso y, a medida que cruzábamos habitaciones alfombradas y navegábamos por pisos relucientes, la luz amarilla de la electricidad se me mezclaba con el olor a detergente que llegaba de las paredes cubiertas de santos en las que las cortinas cerraban el paso al sol. Salí de la casa como de un deslumbramiento malo, como de una luz negra de las discotecas de los 70s, y me encontré frente a la puerta del garaje, siendo yo la tercera en la procesión encabezada por la mujer grave, su hija sonriente y la muñeca impávida. En ese lugar, a la luz de una bombilla, había ocho cunas y en ellas de pie ocho niñitos silenciosos. La hija tomó a uno de ellos en brazos y balbuceó algo inteligible. “A ella le gusta mucho jugar”, declaró la mujer, “casi todo el día se lo pasan aquí porque no quiero que me estropeen la casa; la acabo de pagar; tengo mi sueldo de jubilación y el de mi difunto, pero esto le sirve a mi hija para entretenerse y es muy buena con los niños como ud. puede ver; a mí me gusta ayudar a tanta mujer de hoy día como están de desesperadas; ¿dónde está su hija, para que la vea”. Y yo: “¿y el gobierno le permite a ud. que les haga esto, esto?”….

Así llegué, ese Año del Conejo, a la casa Moy y a creer en el horóscopo chino. La mamá china de Teresa, jajajayy, me saca todavía sonrisas su recuerdo y huelo el calor de sus manos luminosas que tintinean sobre mí como una bendición estén donde estén. La valla que casi se me quedó en la mano de lo precaria que estaba la cerradura, la grama medio calva en muchas partes de tanto correr tanto piecito incansable, el tobogán barato, los palitos y piedras por todos lados en vez de juguetes, pisaditas polvorientas por los escalones de entrada a la casa, un olor a arroz y a sopa de pollo y col y una abuelita Nanay que salía de la cocina secándose las manos para abrir la reja de la puerta. Al minuto entró un sonriente tropel de chinitos con un conejo en plena carrera y luego, también sonriente en medio del vórtice, su gengis, con la cara llena como una luna o una panqueca dulce de las que se comen en febrero al comienzo del año lunar chino. Teresa desertó de mi bando, se juntó a la tropa china, aunque ni ella hablaba mandarín ni ellos inglés o español, y yo me quedé desarmada frente a Patricia que miraba hacia abajo y no sabía qué decirme. Yo también miré un segundo hacia abajo, mis manos cansadas, mis pies de conejo, y en la bandeja, entre las huellas de deditos, vi las lineas incipientes de mis ojos broncinos. Musité “¿quién es el de la foto?” y ella “mi padre en los 1940s, en Taipei, donde era el único con programa de jazz … y en la otra soy yo vestida de emperatriz”. Me ofreció té, que Nanay trajo rapidito en una bandeja, pero no aparecía el plato de monitos azules que pegara con la taza. Una carcajada cómplice y firmé el contrato.

[Nota: el horóscopo chino se remonta al emperador Huan Ti en el 2.637 A.C.]

María Eugenia Sáez, Alhambra, cerca de Los Angeles, Epifanía del 2011

2011, año del Conejo (gato o liebre).
Empieza el 03 de febrero de 2011 y termina el 22 de enero 2012
El año del conejo crea la visibilidad de un periodo enérgico y sin preocupaciones. Se puede considerar como un año sencillo, donde todo lo que sucede será claramente visible, accesible y comprensible. Sin embargo, en los primeros meses de 2011, parecerá que nuestros problemas no han desaparecido, y que no hemos sido capaces de deshacernos de los miedos y aprensiones.
Por ejemplo, en el horóscopo oriental, el año 2011 del conejo (gato, la liebre) es el año 28 en el ciclo de sesenta años, cuyo nombre se traduce literalmente como "conejo asomándose por el agujero".
Bajo la máscara de descuido, se oculta un estado de ánimo optimista en el alma de una liebre, esto significa que 2011 será testigo de grandes saltos donde sólo aparecerán algunos días de pánico. 
http://www.espaciotiempo.com/horoscopochino/horoscopochino.jsp

10 comentarios:

  1. Fina auscultación narrativa de los rincones de otras vidas, de aquellos pasadizos no visibles en un contrato. Confiar es difícil, y mucho más cuando de por medio están nuestros hijos, porque entendemos que todos somos complejamente humanos.
    Me gustaron varios pasajes, como el de la gorda Norma y su desparramado hermano vagoneta frente al televisor, mientras al otro lado de la ventana y sigilosa como un conejo comprobabas las razones de tu desconfianza. O como el de las psicópatas de la casa con pisos relucientes. Me hizo asociarlas con una probable precuela de Psicosis.

    O mejor aun, la ternura aromática que irradiaba la casa Moy, plagada de piedrecitas y palitos armables.

    Extraordinario, María Eugenia.

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  2. Yo desconfío de la perfección, de los ambientes impolutos donde todo está en el sitio que debe estar y nada aparece descolocado. No es que me agrade la mugre, por supuesto, pero creo que ese orden extremo, esa extrema pulcritud, son en realidad un reflejo de un desajuste psicológico y emocional que tratan de enmascarar con ese ambiente aséptico y patológico.
    He conocido a personas así. Gente que sus casas parecen fotos de una revista de decoración del hogar, donde nada se mueve, donde el polvo es inexistente, donde -vayas cuando vayas y tantas veces como lo hagas- te encontrarás todo exactamente igual de limpio y ordenado.
    ¡Eso es antinatural! He comprobado como los niños que crecen en ese ambiente, aparte de enfermizos, son niños grises, solitarios y muy callados.
    Jamás dejaría a mi hija en un sitio así.
    Un excelente relato y un gran comienzo en este blog.
    ¡Bienvenida!

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  3. Mi querida Maria Eugenia, te doy mi más calurosa bienvenida y te felicito por tu relato tan sustancioso y ta explícito. Las mujeres con niños y trabajando fuera de casa nos hacen pasar por mil experiencias como las que cuentas. Es tan difícil poder confiar a los hijos a alguien. Te contaría infinidad de experiencias que me sucedieron cuando mi hija era pequeña y debía dejarla a merced de esas asistentas. Algún día os contaré al respecto.
    Sobre lo que dice Jesús, estoy de acuerdo. No hay nada más insoportable que llegar a una casa donde todo está impoluto, los libros milimétricamente ordenados en los estantes, las revistas una encima de otra haciendo montoncitos sobre las mesas de cristal, la señora impecablemente peinada y vestida como si fuera a salir para una recepción. Tengo familiares de esa guisa que, cuando llegas a su casa te colocan, de entrada, unas zapatillas para que no les pises el suelo con los zapatos. En fin, un horror. Y como concluyes, amigo Jesús, todo eso encubre un desequilibrio emocional, una patología no resuelta.
    Abrazos.

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  4. Bienvenida María Eugenia. Qué gusto poder leerte desde acá. Un relato con muchos pasajes más que interesantes que despiertan en mí muchas sensaciones y recuerdos... Me encanta.

    Personalmente no creo en los horóscopos, donde estudiaba solía encargase la redacción del horóscopo a los que peor se habían desempenado en el trimestre. Tamaña desilusión fue esa para muchas de las chicas que frecuentaban ese espacio para alimentar alguna que otra esperanza real.. Nunca les creí y después de eso menos!! Hasta donde sé soy cáncer, me fijaré cual me toca en el chino.. Nunca está de más saber aunque no se crea =)

    Por otra parte, complicado eso de dejar a los niños en mano de otros.. Tiendo a la sobreprotección y eso me parecería terrible si tuviera que hacerlo, pero entiendo que a veces es inevitable. Al caso me caen deliciosas tus observaciones y la delos comentarios. Tomaré nota.

    Un fuerte abrazo-

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  5. Fui una pequeña víctima de esas chifladas del orden. El resultado fue desastroso. Ya ven que salí también medio loca. Recomiendo dejar a los niños que jueguen en la tierra, que se revuelquen en el barro y que persigan saltamontes en los bosques. Todo lo demás es un asesinato de la niñez.

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  6. Anónimo9/1/11

    Yo no creo mucho en horóscopos, aunque me echo mi vistacito de Leo todos los días para reírme de que el tipo nunca la pega conmigo: "el 2011 la encuentra hecha una dínamo, el inicio del año significa un empleo en firme y un cheque grande a la vuelta de la esquina, seducirá aun más a su pareja, es ud. irresistible esta semana". Soy altamente resistible, no sólo por una semana sino por una década.
    Pero ese año conejil en que comencé a buscarle babysitter a Teresa hasta terminé creyendo en el horóscopo chino; seguía trabajando part time y terminando mis estudios y necesitaba creer en algo porque había de ausentarme seis horas al día; mi madre me echó una mano en el primer semestre de nacida mi hija pero a los 3 meses se volvió a Venezuela porque ni le gustaba esto ni hablaba inglés. Y como además yo no tenía mi casa muy limpia, mi hermana y mi cuñada me criticaban. Patricia fue la luna saliendo entre nubes. Sólo que al ver que era china y que yo iba a dejarle a mi hija y que pese a todo me sentía más en familia con ella, me dije por un segundo "¡qué locura bendita, cómo siento en mis entrañas que ésta es la otra mamá de Tere!"
    Al día siguiente se la traje y al volver a todo pedal, como una exhalación, hallé a Patricia sentada en los escalones del jardín, con una tetera lista porque sabía como reaccionan las madres primerizas. Con cada sorbo me entraba la vida. Teresa ni caso me hacía, jugando con los otros, vestida de china, hablando en una jerga de señales mezcladas con español, inglés y ¡mandarín!. Había aprendido Ku-e-lai, que significa "ven aquí" y shiae-shiae (gracias). Me dijo "no, mamá, no quero irme, séntate en el suelo con la teacher, shia-shia". Yo le bromeo que su budismo actual procede de Patricia Moy.
    Patricia me contó que Tere desde el primer día había usado el orinal sin problemas y se rió porque a la vez había entrenado en el uso a Timmy (Timothy). Me llevé a mi catirita medio a la fuerza al parque cuando llegaron las otras madres y yo ya me conocía la vida y milagros de los Moy y cómo ella acababa de dejar un exitoso trabajo de ejecutiva a fin de quedarse en casa y criar a sus dos hijas. Conocí al esposo de Patricia, que llegaba al volante de su carro de los 40s, su orgullo, y supe que se hicieron novios cuando eran bailarines del teatro chino local. A la semana siguiente, me contaron entre risas que Teresa sentó a los niños en cojines y, hecha una teacher como su mamá y su niñera, les dio una clase ¡de mandarín! Se lo inventó ella; Patricia le dio una pizarrita y Teresa dibujaba un garabato, lo pronunciaba como le saliera y "repitan 'ChinPún' [los chinitos serios, 'chinpún'], significa 'orinal' [¿uy?, no, que no, meneaban la cabeza, ni hablar, pero nadie decía nada porque Teresa estaba en plan de Confucio]". Luego en casa "hija, ¿qué te dieron, qué comiste hoy?" y respondía: "lúulu". ¡Oh Buda, Virgen Madre de Cristo! ¿lúlu, qué es 'lúlu'? "Lúulu es muy bueno, very good, como gusanitos" [resultó ser noodles o fideos, pero como los chinos comen todo lo que vuele, salvo avión, y todo lo que tenga cuatro patas, salvo mesa, pues...] Fueron dos años benditos y desde entonces celebramos cada febrero el Año Lunar, yendo al desfile, pidiendo ayuda a los dragones danzantes y comiendo Moon Cakes, pasteles de luna. Patricia Moy dejó una estela de personas alegres, salpicadas de su amor y del de Nanay, la diminuta. Teresa y Tim se encontraron en la cancha de tenis de UCLA y se rieron con los recuerdos de la casa Moy, del conejo corredor, del lúlu, el orinal y la clase de mandarín.

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  7. El último comentario es mío propio como autora y me encanta la ilustración que le puso Jorge, de Alicia en el País de las Maravillas, pues adivinó cuál es el libro favorito de mi hija Teresa; pero todavía me lleno de angustia al releer este Año del Conejo, porque yo me sentía como un pobre conejo cuando lo escribí y de vez en cuando me vuelve esa horrible sensación, aunque ya casi nunca

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