1 de febrero de 2011

Vida de perro

LILYMETH MENA -.

A unos días de cumplir mis treinta y cinco años, me descubro arremolinada sobre el sillón con un pequeño espejo en la mano; buscando las inevitables marcas del tiempo sobre mi rostro. Solo atino a distinguir debajo de mis ojos, algunos delicados surcos que se me forman cuando sonrió. Me imagino que en algunos años ya no serán delicadas líneas sino zanjas bien profundas. 

Mi mano sigue el recorrido por el campo de batalla y advierto que tengo mas pecas que antes. Si tuviera un plumón de punto fino podría jugar a “unir los puntos” o tal vez a descubrir alguna constelación sobre mis mejillas. 

Sin darme cuenta como, detengo la mirada sobre el dedo índice de mi mano derecha. Aun queda marca de aquella cicatriz. Busco en los otros dedos inspeccionando los lugares en los que recuerdo haber visto los huesos expuestos, a causa de una mordedura de perro hace ya muchos años. Habré tenido ocho o nueve. Definitivamente las marcas son ahora casi invisibles, pero yo que se bien donde están puedo notarlas aun. Me pregunto ¿Cuántas cicatrices habré olvidado? Me levanto la manga con urgencia y busco aquella herida que no me cerró durante tres años. Ahora es como una línea dibujada a lápiz y borrada con goma de migajón. Esas gomas que me gustaba morder en la escuela, que borraban muy bien pero soltaban mucha basurita sobre el cuaderno.

Si yo fuera un auto, a estas fechas estaría sin duda muy destartalado, me rechinarían las puertas, mis llantas estarían bien lisas y mi maquina necesitaría un reajuste. Ya me habrían enderezado la carrocería de dos tremendos choques, y me habrían repintado unas cuatro veces. Del color que a mi dueño en turno le diera la gana. Y aunque jamás me recuperé de la última desvielada, seguí andando tercamente por la carretera. Buscando algún peregrino con el pulgar levantado.

Treinta y cinco años.

Dichos así, parecen mucho tiempo. Lo mismo que duraría una condena por homicidio, un viaje en bicicleta por todo el continente de ida y vuelta. O dos vidas de perro.

5 comentarios:

  1. Mi querida amiga: Dos vidas de perro, o de gatos. Mi gatita Venus vivió 20 años. Larga vida que me dedicó y le dediqué. Veinte años de amor.
    Te felicito por esos 35 años pletóricos, aunque, dices, apuntan las arrugas. Ni caso. Son señales de expresión, las arrugas ni siquiera son importantes cuando aparecen en la piel, son las arrugas del alma las que nos envejecen. Siéntete feliz y espera, mientras vives y disfrutas, de otros treincinco para que puedas echar un vistazo a tu historia, a esa vida que bulle por ser vivida con tus cinco sentidos. Vívela y deja de indagar tu cuerpo y tus cicatrices. Repito, las cicatrices no se notan en la piel, son siempre las del alma las que nos hacen cosquillas.

    Un beso muy muy fuerte y te envío mi regalo: LA FELICIDAD.

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  2. Estoy muy proxima a esos añitos, despues de leer esto me empezaré a revisar las arruguitas y marcas.. sobre todo las que me dejo mi bebe. Envejeceré feliz por verlo crecer.

    Saludos, muy bueno.

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  3. Qué linda es la víspera!! Estaré atenta para hacerte llegar el pertinente saludo. Me imagino un festejo muy mexicano ¿cómo? Ruidosas y coloridas como en las series o películas.. sé que está mal pero ya me lo representé mentalmente.

    Los cumpleaños son para mí uno de los momentos más críticos del año. Cometo muchos excesos.... de introspección, retrospección e inspección... Resultan un desastre. Me gusta seguir creciendo, siento agrado por tener un año más.

    Como dicen: cada quién con su cada cuál. A vos te deseo LO MEJOR A TU MODO.. QUE TODO SEA COMO TE GUSTE Y LO PASES TODO LO BIEN QUE PUEDAS.

    Saludos australes.

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  4. Cuando leo este relato, a cinco días de tu cumpleaños, evoco el de mis treinta y cinco, hace ya casi catorce.
    Yo coincido con Concha: las arrugas que afean no son las del rostro sino las del alma. La risa franca crea las primeras y alivia las segundas.
    Por lo que juzgo viendo tus fotos, no debes preocuparte ni por unas ni por las otras.
    Es un verdadero placer leerte, amiga.

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  5. Un músico compuso hace muchos años una balada pesimista sobre el paso del tiempo. Años más tarde un cantante de cumbias la convirtió en un éxito que se canta y baila en todas las fiestas de año nuevo en Chile, como si tratara de un himno a la alegría de vivir. La canción sonando una y otra vez delata nuestra costumbre de disfrazar la muerte o su cercanía con maquillaje colorido y optimista. ¿Será un mecanismo de defensa? A veces no nos queda otra más que usarla para evitar las úlceras y el avance de las arrugas.
    A modo de epílogo, querida Lilymeth, te cuento que este compositor vive en la indigencia, sin cobrar un puto peso por los derechos de autor que le correspondería por las infinitas veces que su tema es cantado y coreado por sus compatriotas y, lo que es peor, por sus colegas músicos.
    Los quiltros son hoy su única compañía
    Vida de perro esta que tenemos, eh?

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