5 de marzo de 2011

Mañana será otro día

LILYMETH MENA -.

Era 1984 y para las cinco de la tarde la mayoría de los hogares mexicanos sintonizaban el único canal capaz de entretener al mismo tiempo a chicos y grandes. El canal de las Estrellas inundaba las pantallas con programas que ya fueran grabados o en vivo, hacían las delicias del pueblo; pues en aquellos tiempos la señal satelital era únicamente placer de la gente rica que podía hacerse de una antena parabólica sobre su techo. Los demás nos teníamos que contentar con lo que se transmitía por los escasos canales que existían en televisión abierta.

Para el horario vespertino las telenovelas donde la mayoría de las protagonistas saltaban de la condición más humilde para terminar casadas con un rico empresario, hacían derramar el llanto de las dulces amas de casa sobre sus mandiles con holanes y la camisa limpia del marido extendida sobre el burro de planchar, mientras los niños jugaban desde hacía horas abajo en el patio común. 

Un poco más tarde y para la complacencia de los señores que llegaban cansados de la jornada laboral, Gina Montes se contoneaba con su cintura breve y su generosa cadera envuelta en mallas negras de red y botas altas, alrededor de un César Costa con voz de puberto que nunca llegó a la madurez (y me refiero únicamente a la voz).

En otro segmento del programa, el niño Chabelo se sentaba sobre la pierna derecha del mismo Cesarín, con unas pecas mal pintadas sobre las mejillas sonrosadas y unas líneas que descendían desde las comisuras de los labios hasta la barbilla, simulando al muñeco de madera “Titino”, quien solía distinguirse y hacer a los pequeños doblarse de risa por su ingenio y simpatía siempre más brillantes en comparación a los de su ventrílocuo. 

El show del Loco Valdez era uno de los programas en vivo, con lo cual se podía gozar de la improvisación de los grandes cómicos de antes, que con un humor totalmente blanco le arrebataban al público sonoras carcajadas (aunque lo que todos queríamos era ver a Olga Breeskin tocar su violín), sin tener que hacer mal uso de un excesivo doble sentido que raya en la vulgaridad, como lo hacen ahora las producciones que se transmiten oportunamente a la hora de la comida. 

El último programa en transmitirse antes de que los niños tuviéramos que irnos a la cama era el del señor Chespirito. 

Aquellos que me guardan como amiga saben la opinión dura que tengo para este señor y su programa. Aunque ya aquí entre nos y siendo la hora de las netas. Todo el malestar personal que me causa y me ha causado su programa desde siempre, se refiere estrictamente a lo que se refleja en él de México y su gente. Que a decir verdad era un cuadro por demás realista.

¿Quien de nosotros no conoció a una señora de edad avanzada parecida a Doña Clotilde, mejor conocida por “La bruja del 71"?

Estoy casi segura que en la vida de todos existe el recuerdo de ese vecino moroso que nunca tiene para pagar la renta, y el casero que con su portafolio tocaba para cobrar lo atrasado. La señora con sus eternos cabellos entubados y su mandil de cocina sobre el vestido, el niño malcriado que de modo soberbio llama a todos los demás “chusma”, la niña que ya teniendo nueve años no sabe ponerse bien el suéter y trae una coleta mas arriba que la otra. Pero es quizá el personaje que más me puede, aquel del niño huérfano que vive dentro de un barril de madera en una vecindad, que acostumbrado a su hambruna diaria se conforma con el amor platónico y creciente hacia las tortas de jamón con un poco de queso. 

Un retrato de México bastante deprimente que a comparación de series americanas que podíamos disfrutar por el canal cinco como Magnum, Los duques de Hazzard y Dinastía, nos hacía reír a fuerza de reflejarnos en ese cuadro a colores. Como aquel que se ríe nerviosamente de un chiste que le han contado, porque se ve proyectado de manera cruda en lo que debiera ser una exageración de la realidad. 

Antes de dar las diez, Topo Gigio cantaba embutido en su diminuta pijamita, para despedirnos y enseñarnos desde niños que mañana será otro día. Siempre será otro día. 

5 comentarios:

  1. Anónimo6/3/11

    Vaya repaso por la tv mexicana. Genial, en especial lo que decís del Chavo.

    Saludos
    María de Mendoza (ARG)

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  2. De no haber leído tu escrito nunca me hubiese preguntado por el origen del Topo Gigio. Hasta hace un minuto pensaba que era una fastidiosa invención chilena. Hoy sé que debe haber exasperado a muchos pequeñuelos en el mundo.

    La imagen que representas de millares de familias que organizaban sus vidas en torno a los horarios de los programas de la televisión abierta, no difiere en nada respecto a la forma como organizábamos nuestra propia vida austral. Sólo unos escasos programas, muchos de ellos traídos desde México y Estados Unidos, alimentaban nuestras conversaciones a lo largo de estos 4.000 kilómetros de país.

    En su momento, La Colorina fue más popular que el mismo Papa, y La pequeña casa en la pradera, nos hacía olvidar por unas horas las tropelías de nuestro infame dictador. El Chavo del Ocho, por su parte, ha sido desde hace 35 años una delicia de las tardes de todas las estaciones. Personajes universales los que allí deambulan, sin duda, porque son igualmente populares en Rusia, China o África.

    Una evocación desde la nostalgia, quizá la mejor forma de recuperar la memoria personal y colectiva, la más pura historia. Excelente escrito,querida Lilymeth.

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  3. Como decíamos en México: "Me pegó". Sí, es un retrato deprimente de ese país y ahora, al volver esos programas, siento que antes fuimos ingenuos. Entonces, con carabinas o sin ellas, no podíamos imaginar este horror en el que estamos sumergidos.

    Un abrazo, buen texto, paisana.

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  4. Buen análisis, Lilymetn... me declaro seguidor del Chavo en su época de gloria de los años 70. Con los años me ido enterando de la parte oscura de Chespirito. Acá en Chile, durante muchos años, representó una suerte de gran benefactor de la humanidad y sobre todo de los niños, más aún después de visitarnos y realizar una gran presentación en el Estado Nacional, el mismo lugar donde hacía un par de años Pinochet y sus esbirros torturaron y asesinaron a mansalva.

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  5. Repaso en el diario peruano El Comercio, los diez mejores capítulos del Chavo según una encuesta en ese país. El primer lugar lo ocupa Vacaciones en Acapulco, un capítulo algo freak y deschavetado que ha deleitado por igual a tantas generaciones. Luego le siguen Los espíritus chocarreros, El ratero, y el capítulo donde don Ramón se enamora de su nueva vecina, entre otros.

    Cuando vinieron a Chile en la segunda quinquena de los 70, gran parte de la población del centro del país acudió al aeropuerto a recibirlos y los acompañó en su trayectoria al hotel y al Estadio Nacional. Algo parecido había sucedido décadas atrás con la visita de Jorge Negrete. La mentalidad insular de los chilenos, separados del resto del mundo por grandes barreras geográficas, nos generaba esta actitud embobada y fanática ante las estrellas extranjeras. A Pinochet y sus adláteres se les vio muy complacidos aquellos días. Pero por supuesto, no era la culpa del Chavo y su comitiva.

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