15 de julio de 2014

Mala de adentro

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.

Si existe alguien con la capacidad de mantener vigente mis deseos de abandonar mi trabajo de la noche a la mañana, sin despedirme de nadie, sin recibir un puto peso como indemnización por años de servicios, horas extras, vacaciones ni días administrativos, con la cola entre las piernas como un miserable perro callejero, es la Víbora (respeto los derechos de autor, el apodo le pertenece a la colega Gretel Schneider). Actualmente, todo mi trabajo se encuentra condicionado a su podrido arbitrio, mala voluntad y visión castigadora de la vida. Lo que en principio fue visto -al parecer sólo por un iluso como yo- como una medida para agilizar el trabajo del departamento Capital Semilla a través de la revisión de los informes financieros por alguien con habilidad para los números, acabó convertido en una verdadera caza de brujas por parte de esta mujer histérica, desequilibrada, heredera por antonomasia de las enseñanzas de la ex Directora, Maritza Castellanos, ahora convertida en un recuerdo permanente de nuestro colon irritable.

El clima de tensión de los últimos años aún continúa, pese a que llevamos dos meses con una nueva jefa, cuyas verdaderas intenciones son, hasta ahora, un misterio, como todo lo que se trae entre manos el nuevo gobierno que ella representa y por el cual muchos de nosotros no tenemos la menor simpatía. Como dijo Miguelito cuando lo encararon por trabajar para los ex viudos de la dictadura: “Necesito comer y alimentar a mi familia”.

Sin embargo, el cedazo con el cual la Víbora filetea mi sistema nervioso ha mantenido su continuidad más allá a los avatares políticos; viene operando desde hace un par de años con una tortuosidad sistemática y exacta: cada informe que no le satisface, cada boleta con un monto dudoso, cada cuenta que no calce, da por concluida la revisión, cierra la carpeta con un estruendoso golpe y la regresa hacia nuestras repisas con pedazos de papel amarillo adheridos en su lomo con su caligrafía endemoniada (hasta en ese detalle se visibiliza la herencia Castellanos), donde es posible leer la palabra “rechazado”, más el timbre correspondiente de su departamento.

Si llega a sorprenderme en la oficina con mi cara de quiltro apaleado, lanza los papeles encima de mi escritorio, me arranca una mosca de recibido conforme, da media vuelta y regresa con su taconeo por los pasillos del servicio hasta su oficina del segundo piso (tras el terremoto y con el cambio de sede, el segundo piso es más bien un lugar simbólico, una representación psicológica, un marco de referencia para saber dónde nos ubicamos en el campo de batalla, pues todos estamos arrellanados en una de las pocas casas que aún no han sido convertidas en escombros en el barrio norte de Talca). Esto ha significado que como departamento Capital Semilla –donde además de mí incluyo a Vittorio, porque Gretel y René tienen la utilidad de los gomeros, más que adornar, estorban- demos un triste espectáculo de burócratas incompetentes, retrasando pagos a personas que, precisamente, los recursos no le sobran. Llevamos un par de años con la misma cantinela: deudas acumuladas, malas caras y usuarios desesperados; en definitiva, la prestación de un mal servicio, sin que la Víbora se dé por aludida salvo para esquivar el bulto o hacerlo más pesado para nuestras espaldas.

Mendigando un poco de compasión por el terrorismo laboral ejercido sobre nuestro humilde departamento, Teclita nos entregó a Vittorio y a mí un indiscreto relato de un lunes por la mañana en pleno invierno. Sus protagonistas eran un ojo en tinta, un pucho consumiéndose en un cenicero y varios parches cubriendo dos brazos delgados. Con un poco más de atención, Teclita descubrió a la Víbora tarjando unos informes financieros mientras reclamaba en voz alta: “A estos huevones de Capital Semilla no les voy a dejar pasar ni una, que se vayan a la cresta, nomás, pa’ que les vengan a reclamar y los jodan todos los días –decía en voz alta, ignorando que Teclita registraba todo en detalle, cual grabadora, aunque en su caso sea más adecuado una victrola-. Total tengo el apoyo de la señora Maritza”.

Todo esto tiene su sentido. Maritza es un personaje que, como decía al principio, no está de cuerpo presente en la institución, pero sí en el alma de varios funcionarios, al punto que se le teme más que a la nueva Directora. Unos más otros menos, vivimos con el miedo permanente que tras la pasividad, filosofía de té canasta y don de gentes de Inés, su sucesora, resurja de improviso la locura de la Castellanos dentro de ella, sobre todo con aquellos cuyo corazón político se encuentra cargado hacia la izquierda. No existe explicación racional para esperar la reencarnación del Diablo dentro de una dama que, hasta ahora, no tiene dentro de sus prioridades abrumar la vida de sus subalternos: “Yo no voy a decirle a nadie el trabajo que tiene que hacer”, ha sido hasta ahora la máxima de Inés y que ha despertado todo tipo de interpretaciones, desde las apocalípticas del segundo piso y de Vittorio hasta la pasividad oriental de René y la indiferencia de Gretel y Teclita.

Para ahondar aún más en el calvario a que nos somete la Víbora, es cuestión de abrir las carpetas de proyectos revisadas por ella. Sus observaciones siempre tienden a dejar al descubierto la negligencia del departamento Capital Semilla, más aún si esa negligencia viene de mi parte, con frases lapidarias del tipo “este informe fue despachado con tantos días de retraso…”, “a este informe le falta tal documentación, necesaria para este trabajo, lo cual perjudica en…”, “el encargado (es decir yo) omitió informar sobre… lo que se tradujo en grave error de…”, y todo un muestrario de cómo una suche puede socavar los endebles cimientos de una parte del Estado con la amenaza latente de acabar con su responsable sumariado y lanzado lejos de su cuchitril.

La Víbora llegó al servicio en 2006 contratada como técnico de un engorroso sistema computacional que mantiene en orden los dineros enviados a los servicios públicos desde el Ministerio de Hacienda. En un comienzo, ella era el blanco de críticas de parte de colegas del segundo piso por sus ausencias reiteradas, atrasos permanentes, desapariciones inexplicables. Mi debilidad por los seres apaleados me generó un sentimiento de simpatía hacia ella, por lo que cometí la estupidez de darle la bienvenida al servicio cuando nos topamos en la cocina preparándonos un café, combustible necesario para el resto del día. Ella apenas se limitó a responderme con un ladrido lanzándome su hálito de tabaco.

A meses de su contratación en el servicio –con toda la pompa de un supuesto concurso público abierto y transparente-, Bárbara, su jefe directa, me dio a conocer la pobre opinión que tenía sobre su subalterna mientras viajábamos en tren hacia una capacitación en Santiago: “Yo no sé cómo la escogió Maritza –dijo-. No es ingeniera comercial, no es contadora, no es administradora pública, sólo era secretaria del hospital buena para sacar cuentas. Y más encima es fallera”.

En lo que respecta a mi restringido metro cuadrado, mientras me desempeñé como encargado de Oficios y Parte, la Víbora fue para mí un personaje inofensivo, más bien insignificante, un reptil colateral que se escurre por la orilla del camino hasta mimetizarse con la maleza. Muy de vez en cuando, eso sí, intentaba buscarme el rostro para celebrar conmigo sus bromas inaudibles o cuando corría por los pasillos empujándose con el chofer en una suerte de recreación, armando un bullicio propio de una quinta de recreo.

René, confesor de la Víbora y su puntal financiero de ocasión, ha justificado el extraño comportamiento de su colega con datos de su biografía: hija de un uniformado (lo que explica su carácter y palabras secas) y de una enfermera, padeció por varios años violencia intrafamiliar de parte de su marido. Tras una separación de varios años, el sujeto regresó para seguir golpeándola y viviendo a sus expensas. Un excelente ejemplo para sus dos hijos adolescentes aficionados a perder el tiempo con sus amigotes en plazas y calles de Talca, además de consumir alcohol y drogas como parte de su dieta calórica. Cansados de los retos e intromisiones en sus útiles vidas, estos muchachones decidieron cierto día no abrirle la puerta a su madre a su regreso del trabajo, obligándola a pasar la noche a la intemperie, bajo las estrellas del Maule. Tengo la pesadilla recurrente de visibilizar la silueta de la Víbora tiritando de frío en un banco de la Alameda, con un pucho en la boca, esperando el amanecer, temerosa de ser abordada por lanzas y atorrantes, no tan diferentes de esos hijos que le negaron el derecho a reponer sus huesos sobre un colchón, para soportar otra jornada de trabajo idéntica o peor que la anterior.

Pero las cosas cambiarían radicalmente por un miserable cargo a contrata grado 13 y unos pesos más a mi presupuesto familiar. Ya en plenas funciones como encargado de Capital Semilla tuve la pésima idea de solicitarle a Maritza un refuerzo en la revisión de informes contables –tal como lo establece la Contraloría General de la República como me lo comentara mi colega de Coyhaique, Luchito Quilodrán- para que todo se volviera en mi contra. En la medida que nuestros proyectos (digo “nuestros” con la sensación de un padre que sufre por la suerte de su hijo) eran lanzados al foso de esta dragona, caían en un letargo interminable en sus estantes, mientras yo acumulaba cartas, correos electrónicos, visitas de artesanos, comerciantes y microempresarios reclamando por la demora en la entrega de los recursos para ejecutar sus proyectos. Primero intenté abordar el tema directamente con la Víbora para evitarme problemas y comentarios de pasillo, pero sólo conseguí lo contrario. Ella recurrió a toda suerte de evasivas, mezcla de problemas personales, disposiciones del estatuto administrativo y manuales confeccionados a la rápida, además de aprovechar de desprestigiarme cada vez que le daban oportunidad en el segundo piso. Cuando el asunto estalló con una protesta en el frontis de nuestra casona, intenté explicarle a Maritza el problema entremedio de todo el griterío, argumentando el excesivo atraso en la revisión de informes así como el desproporcionado celo fiscalizador de mi colega, pero reconociendo su sobrecarga de trabajo para no parecer demasiado canalla: “Tú eres el encargado, tú tienes que solucionarlo. Ella tiene mucha pega y todavía así se da tiempo para hacerte la tuya. Más encima te quejas. No seas patudo”, sentenció Maritza, en coherencia con su política hacia los empleados caídos en desgracia.

Mientras se desencadenaba todo este desastre, la Víbora me pidió, sin ningún empacho, por un correo electrónico que fuese su aval para un préstamo del Servicio de Bienestar. Pese a desconocer su solvencia económica, el dinero se descontaba por planilla y Vittorio también era el segundo aval, no tuve problemas en acceder. No quería ganarme fama de poco solidario. Esa misma semana, en una acalorada reunión de la asociación de funcionarios siendo yo dirigente regional, la Víbora tuvo una actitud beligerante y gratuita hacia mí, acusándome de cuánto estuvo a su alcance (esconder información, proteger a los flojos –algo de cierto había en eso, lo reconozco, pero nadie se merecía los maltratos de Maritza- y no representar a la mayoría), sin importarle mi gentileza de apoyarla en su gestión financiera. La enfrenté con las armas que tenía a mi alcance: unos cuantos balbuceos y mucha perplejidad. Finalizada esa reunión, ya sabía que contaba con una nueva enemiga dentro del establo.

Su odio hacia mí fue aún mayor cuando me pidió a través de un segundo correo electrónico que le facilitara cuarenta mil pesos de mi bolsillo. Con el recuerdo del mal rato pasado en la asamblea de funcionarios, le argumenté que me era imposible cumplir con su solicitud ya que acaba de entregarle esa suma a Miguelito, quien se encontraba bastante afligido con los gastos de marzo. “Que bueno que inventaste eso –dijo él al saberlo-. Así sabe que soy pobretón que no tiene ni uno y no me molesta. A Sarita y al chofer ya los ha vacunado con varias lucas sin devolverles ni un peso. Al menos el chofer dijo que se la llevó a un motel –al ver mi cara de molestia y advertirlo que no se metiera en esa clase de temas, Miguelito precisó-: Eso es lo que andan diciendo, yo sólo escucho, nada más”.

Más tarde, cuando se organizó en Olmué una capacitación conjunta para funcionarios de Capital Semilla y Administración, durante varios días consulté verbal y por escrito a Maritza, Bárbara y a la Víbora quién nos acompañaría al encuentro en representación del segundo piso, datos que me requerían con insistencia desde el nivel central. Finalmente, cuando me di por vencido, supe en voz de Víttorio la verdad de lo que ocurría: “No les des más vuelta, Claudio. De principio la Víbora iba a ir a Olmué. El problema es que le dijo a la Maritza que no estaba dispuesta a compartir contigo ningún viaje en bus, tren, estadía en hotel, ni nada. Esa mujer te tiene un odio parido”.

Cuando se tiene un enemigo, lo mejor es conocerlo de memoria, saberle sus puntos débiles y los motivos por los cuales desea atacar. Para el caso de la Víbora, pese a tener estos antecedentes, no he logrado dar con la forma de enfrentarla. Lo que en un principio era un choque relativamente normal entre un burócrata inepto y una mujer prolija con las cuentas, se convirtió en una persecución permanente hacia todo lo que yo haga o deje de hacer. Por ejemplo: si durante una reunión de equipo salgo a contestar el celular, no tardaré en encontrar sus ojos odiosos sobre mí como queriendo triturarme; si tomo la palabra en público, mueve los ojos hacia el cielo, tararea alguna canción o tamborilea los dedos sobre la mesa. Situación más que tensa si se considera que ya no estoy en condiciones de encararla y aparecer como un sujeto conflictivo ante las nuevas autoridades: mi trabajo es directamente proporcional a su estado de ánimo, esencia de ciruelas verdes o de limón chupado.

Cuando hice pública mis intenciones de solicitar la contratación de una persona para la revisión de informes que liberara al departamento de Administración de su sobrecarga laboral, la Víbora sepulto para siempre mis cándidas intenciones: “Yo no dejaré de revisar informes por lo que este gallo diga, salvo que se modifique la ley o se haga una resolución especial”.

Hace unos días ocurrió algo que vi venir desde principios de año. Una carta de reclamo a nuestra jefa de la Asociación de Microempresarios del Mataquito por el retraso de tres meses en la entrega de la segunda cuota del programa de computadores y banda ancha, situación provocada –era que no- por la Víbora, quien una y otra vez devolvió la carpeta alegando la falta de la fuente de la eterna juventud firmada y timbrada por Juan Ponce de León, el Manto Sagrado original o las secretos de Fátima. Inés, aún desconocedora de los vericuetos de la burocracia, se acercó a mi escritorio para preguntarme el motivo de la misiva. Pensar en enfrentar a la Víbora, esa mujer malévola, capaz de detectar todos y cada uno de mis errores administrativos, me secó la garganta, me hizo sudar las manos y tartamudear boberías recordando sus humillaciones cuando se aliaba con Maritza en el segundo piso. Vittorio, cual fiel escudero, salió en mi rescate desde su escritorio: “El lunes tendremos esto solucionado, Inés –dijo-. Aquí hay un atraso que no tiene explicación y no es por culpa nuestra. Me comprometo tramitarlo ahora mismo”.
Al ver el asentimiento, la sonrisa y los ojos transparentes de Inés ante la respuesta de mi colega, sentí como si la mismísima Virgen María levantara su velo protector sobre mí, para alejarme de la maldad del Diablo reencarnado en la piel de la Víbora. Mi estómago, apretado desde hace mucho por todos los malos ratos acumulados dentro de este servicio público ahora lleno de socialistas camuflados, viudos de la socialdemocracia, burócratas angustiados y soplones del nuevo gobierno, por fin se aflojó. Pero volvió a contraerse al recordar como el Ministro estudia el mecanismo adecuado para ponernos a muchos de patitas en la calle, sin que lo cuestione la Contraloría General de la República.

Más temprano que tarde se nos abrirán las grandes alamedas para que saquemos a pasear nuestra cesantía.

11 comentarios:

  1. Qué titulazo amigo Rodríguez. Me hizo recordar a las villanas de las teleseries venezolanas o a una Bette Davis en su más maldadoso papel.

    Aunque más que mala malosa, creo que tú no le caías en gracia, sino más bien retegordo.

    Notable relato.

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  2. La mala más mala, como la de las novelas.
    Muy bueno. Saludos ¡¡¡

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  3. Ah.. Qué bueno Claudio! Qué decir, todos tenemos a una mala demasiado mala en nuestros trabajos que nos hace la vida imposible.. ¿que sea mujer les pesará más a los hombres? Creo que las mujeres somos mejores malas que ustedes, así sucede en las telenovelas..

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  4. Anónimo16/4/11

    Una reverenda bruja. Muy buen relato.

    Martín A.

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  5. Qué temperamentales que somos, señor Rodríguez. Cada lugar de trabajo donde confluyan muchas personas, suelen ser peores que nidos de serpientes.
    Escritura a ras de suelo, perfecta.

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  6. Anónimo6/5/11

    Me imagino lo que es trabajar con una mujer tan amargada...En muchos servicios públicos el sistema ampara a estas Víboras que siempre son herramientas de otros para hacer el " trabajo sucio ".
    Muy bien escrito ( le eché muchos garabatos a la Víbora mientras leía...), una hermosa y afilada pluma amigo Claudio...
    ARTES

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  7. interesantísimo el texto, por su estrategia y sus repercusiones; es tan original el locus desde el cual enuncias, un "lugar" de inversión total, el asientito en el que planta su asustado culito un hombre al que le han arrancado el suelo de la tradición y ahora se halla sentadito frente a la mujer que le ordena y que no tiene el menor interés sexual en él; y aun así la voz narrativa se las arregla para conservar algo de masculinidad, aunque sea una de ratón rabioso dispuesto a morderle los talones a la gata feroz. Muy bien escrito, muy valiente, muy original.

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  8. La maldad humana no está sólo en las oficinas públicas,también y con mucha fuerza en la empresa privada.Sólo hay que entregarle un mínimo de poder al ente amargado para que saque a relucir toda sus frustraciones volcándolas en maldad y odio hacia aquellos que ven como mas débiles.
    Magnifico relato, con mucha fuerza y realismo.

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  9. Y se va hilvanando de tal forma la narración, que nos adentra en la asfixiante rutina laboral, nos hace partícipes y nos lleva a tomar partido y a convertirnos en hienas tan despreciables como las descritas.

    Muy buen escrito, amigo Rodríguez.

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  10. Raúl de la Puente8/1/13

    Un "ratón rabioso dispuesto a morderle los talones a la gata feroz".

    Qué buen comentario de Pirugenia.

    Saludos

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  11. Qué ganas de saber que pensaba y sentía la Víbora. Cómo era su mundo interior. Sus intereses. La maldad tiene muchas caras y razones.

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