19 de mayo de 2011

Cazuela y amor infinito

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.
El gran Daniel sostenía que un diario demora alrededor de cinco años en ser reconocido por la gente; es decir, que se pueda identificar una noticia con sus páginas, redactores, secciones y hasta con el nombre de la empresa periodística. “A partir de ese momento, las personas pueden discutir y, en el mejor de los casos, agarrarse de las mechas por lo que nosotros publicamos”, acostumbraba a comentar el gran Daniel a su equipo periodístico durante las reuniones de pauta.
Y se necesitan otros cinco años más, continuaba el periodista, para que sus hojas acaben en la calle siguiendo una particular visión meteorológica de su existencia: en el otoño, yendo de una esquina a otra por la acción caprichosa del viento; en el verano, tiesas y amarillas por efecto del sol; y en el invierno, convertidas en una masa amorfa y cremosa bajo la lluvia, como volviendo a sus orígenes. “Ya cuando las hojas se ocupan para envolver carne molida o huesos de cazuela, el proceso de consolidación del diario ha concluido con éxito”, remataba el gran Daniel con los brazos extendidos.
Yo no puedo dejar de relacionar esto último con la suculenta cazuela que nos servimos a la hora de colación junto a Manolito Herrera y Paolo Rodríguez Vianco, mientras me cuentan la serie de anécdotas protagonizadas por uno de los más legendarios directores de diario que han pasado por Talca.

APERTURA
Para vivir ese proceso de evolución mencionado más arriba, el gran Daniel decidió poner en práctica un plan de posicionamiento del diario en la región con medidas audaces. Y los tiempos lo acompañarían: fin de la dictadura, democracia incipiente, ausencia de un competidor de peso. “Manos a la obra y traseros levantados”, fue la máxima dirigida a sus periodistas.
A partir de ese momento, el gran Daniel hizo una serie de cambios en el contenido y el enfoque de las noticias y abrió espacios a los columnistas de diferente índole: religioso, político, cultural, empresarial, sindical, entre otros. Los fines de semana, las corrientes de opinión aprovechaban sus tribunas para dar a conocer sus punto de vista sobre la realidad de la región y del país, y los periodistas se colgaban de sus repercusiones para continuar publicando noticias durante el resto de la semana.
“El gran Daniel fue el primero en publicar la opinión de un comunista cuando nadie más los pescaba”, comenta Rodríguez Vianco, entre medio de una cucharada de cazuela, después de regresar el plato en dos oportunidades al mozo porque no la consideraba demasiado hirviente.
La comunidad Evangélica fue la primera en agradecer esta apertura informativa. Con motivo de su aniversario del diario, organizó una ceremonia en la Catedral de la ciudad, donde hermanos, periodistas, gráficos, diagramadores, vendedores y empleados de las rotativas estuvieron invitados junto a sus respectivas familias.
“Como era fin de semana, la noche anterior nos juntamos varios del diario y estuvimos de parranda hasta las cinco o seis de la mañana. Yo quedé bien mareadito, así que preferí ir a mi casa a dormir, pero el gran Daniel se pasó directo a la Catedral”, comenta Rodríguez Vianco ya finalizando su cazuela para darle paso al postre de leche asada.
No era posible esperar otra decisión del gran Daniel. En esos tiempos era –y no tenemos por qué pensar que ahora haya cambiado- un hombre de compromisos. Ocupó un espacio relativamente anónimo del templo, creyendo mantener a buen resguardo por la distancia, el abrigo y los lentes oscuros las evidencias del trasnoche.
“La ceremonia se dio inicio con un lleno total y en un momento el Pastor le pidió al gran Daniel, en su condición de director del diario, que dirigiera unas palabras a los presentes”, cuenta el periodista Milton Saavedra, testigo de los hechos y evocándolos una madrugada de abril, frente a un suculento pollo mariscal preparado por su colega Rodríguez Vianco.
El gran Daniel, asumiendo su rol protagónico en el encuentro, no manifestó reticencia alguna ante la invitación del Pastor. Se puso de pie, avanzó desde el fondo de la Catedral a lo largo del pasillo esquivando bancas y público, subió al estrado y acomodó el micrófono delante de su cara (lo que se divisaba de ella). Durante unos segundos mantuvo el suspenso antes de decir aquella frase que lo convertirían en un clásico del periodismo maulino:
-Amo a todos los hombres.
Silencio y la perplejidad en casa de Dios.
**
Mis agradecimientos a los periodistas Paolo Rodríguez Vianco, Manuel Herrera y Milton Saavedra, cuyos testimonios han sido piedra angular del rescate de éste como de otros legendarios personajes maulinos.

12 comentarios:

  1. Anónimo19/5/11

    Primero: buena besada de pies a los tres periodistas mencionados, que conforman un importante círculo de periodistas de Talca. Segundo: una de las anécdotas más contundentes de todos los tiempos. Tercero: al leer lo mañoso de Vianco con la cazuela, solo puedo decir que se está poniendo viejo.
    Como siempre, la buena pluma de Rodríguez
    JP

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  2. Lo importante es que Daniel ame a los hombres. No puedo dejar de pensar en el rostro perplejo de esos feligreses ante tamaña aseveración, por lo demás muy difícil de refutar incluso en el púlpito.

    Otro punto, Rodríguez Vianco tiene razón al ponerse exigente. No puede servirse una cazuela tibia. Es algo ofensivo para un latino.

    Por último, la alegoría meteorológico-estacional-poética e hiperrealista de Daniel sobre la vida de los diarios, es sencillamente sublime.

    Una pluma muy firme, amigo Rodríguez.

    Felicitaciones.

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  3. Sin dudas una inesperada confesión hasta para él mismo. Ingenioso y divertidísimo, imagino las miles de anécdotas que aún no has trascrito..
    Una alegría leerte :) Abrazos

    (me dieron ganas de cocinar un cazuela, me buscaré la receta)

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  4. Hace falta dominar de una manera magistral el arte de escribir para entremezclar platos culinarios y recetas con anécdotas históricas y que además no sólo no distorsionen la historia sino que la afiancen y sirvan de nexo de unión entre las diferentes partes de ella, como el cemento que une firmemente cada ladrillo uno con otro hasta hacer un sólido muro.
    ¿Qué puedo expresar, Rodríguez, sino mi entregada admiración y mi ya declarado placer al leerte siempre?
    Un abrazo renovado.

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  5. Gracias amigos, Muzam, JP, Lorena, Jesús. Sus aportes vuelven mucho más rica la anécdota periodística culinaria que se relata.

    Desde acá volvemos a insistir como lo hicimos antes: que vuelva Jesús a Plumas, sus lectores lo piden con clamor. ¡Que vuelva!

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  6. Qué divertida confusión-confesión !! Y delante de tanta gente con la cabecita machacada con culpas, penas y castigos. Gusto leerle.

    Saluditos ♥

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  7. Gracias al auspicio de mi amigo Claudio Rodríguez, pude probar la mítica Paila Chonchi en mis correrías por la grisácea ciudad de Talca.
    Imagino que esa sabrosa preparación fue también saboreada por los personajes tan peculiares que sazonan este relato.
    A saber, la Paila Chonchi se sirve muy caliente, casi con fuego en sus bordes, e incluye choritos, almejas, longanizas, chunchules, salmón, congrio, tutos de pollo, vino blanco y una corona de papas fritas.
    Todo ello amenizado por un vino amigable del Maule.
    La conversación que emana entra cada degustación tiene un marcado acento a felicidad.

    Magistral relato, amigo Claudio.

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  8. Qué rico !!!! Quiero probar :)

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  9. Anónimo24/5/11

    Estimado Amigo Claudio, un notable relato has creado a partir de una amena conversación acompañada por "cazuelas algo tibias" que, al margen de los diligentes esfuerzos del mozo, más bien fueron alcanzando su óptima temperatura al calor del diálogo cordial y fraterno. Sólo un pequeño alcance. La célebre frase fue "Amo a todos los hombres", desprovista del pronombre "Yo".Seguramente para su autor discursivo tuvo algún significado restarle al mensaje la "posesión". Vaya uno a saber que pasaba por su cabeza en ese momento. Pero por sobre todo lo anterior, me adhiero absolutamente a las felicitaciones por tu notable pluma. Un abrazo cordial y afectuoso, Amigo. Paolo.

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  10. Anónimo24/5/11

    Los hombres ni las mujeres, salvo contadas excepciones, no ayudan a ser amados, sino más bien se esfuerzan día y noche por amagar toda posibilidad de afecto entre pares.

    Amar a todos los hombres suena tolstoiano, tremendista, totalitario, como una frase de Stalin hacia los oprimidos del mundo.

    Personalmente amo sólo a mi osito de peluche que me acompaña desde mi infancia.

    Un relato bien narrado.

    Ash

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  11. Anónimo24/5/11

    Corregido, amigo Rodríguez Vianco. Gracias por el valioso alcance. Sin duda que esa pequeña palabra hace la diferencia. ¿Y cuándo la otra junta? Hay que seguir matizando comida, risotadas, brindis y anécdotas de Talca y de Bolzano.

    Claudio

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  12. Anónimo27/5/11

    Un relato delicioso.
    Saludos. Arturo

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