15 de noviembre de 2014

Mañana de lunes

JESÚS CHAMALI -.

Cada lunes se levantaba igual, siguiendo la misma rutina. De hecho, ahora que se paraba a pensarlo, toda su vida estos últimos años era una pura rutina.

Pero volvamos al lunes.

Aunque había puesto el despertador a las seis -¿para qué demonios? Hacía más de un año y medio que estaba en paro y no tenía ni por qué madrugar ni a dónde ir tan tempano- se levantó quince minutos antes.

Lo que más temía en el mundo era quedarse dormido y no oír el despertador. Y más aún un lunes. Deambuló en silencio por la casa vacía. Todavía había días que le punzaba el dolor al recordar que Elvira ya no estaba y que sólo tenía que hacer desayuno para uno. Pero hoy no era uno de esos días. Sin embargo no había logrado quitarse la costumbre de pasear por toda la casa para revisar si ella había dejado alguna pieza de ropa tirada encima de alguna silla o junto al sofá. Elvira era un poco desordenada para eso y a él aquello le sacaba de quicio. De hecho era la única razón por la que discutían.

Pero ya hacía siete meses que no discutía con nadie.

Ni recogía más ropa que la suya propia.

Elvira se fue. Se hartó de verlo mirando al vacio, callado, mudo a sus preguntas, encerrado en una cárcel de la que si alguna vez hubo una llave, la tiró bien lejos y nadie más la encontró.

¡Pero qué quería que le dijera! ¿Qué le aterrorizaba que con 53 años, al quedarse en paro, nunca más encontrara trabajo? ¿Qué cuando, al principio, acudía a decenas de entrevistas de empleo, los otros candidatos parecían hijos suyos? ¿Qué frente a los Máster y Doctorados en Universidades de nombres impronunciables de los currículos de sus contrincantes, sus 32 años de experiencias y su simple Diplomatura en la Universidad Estatal a Distancia era como un chiste de gangosos?

No, él estaba muerto.

Y entendía perfectamente que sólo los muertos han de estar con los muertos, así que cuando una tarde, una de esas tardes en las que salió a caminar con los puños apretados y los ojos nublados para desahogar su ira y su frustración, no le extrañó nada ver al regresar que Elvira no estaba. Ni sus cosas tampoco. Sólo una nota.

Sólo una nota con nueve palabras: “Lo siento. Te quiero pero no puedo más. Adiós.”

Siempre se preguntó cómo reaccionaría si alguna vez se encontrase ante una situación así. ¿Lloraría? ¿Rompería las cosas desesperado? ¿Saldría corriendo detrás de ella? ¿Iría a un bar a emborracharse?

Ni arrugó el papel, ni se lanzó a buscarla, ni llamó a todos los amigos o familiares para localizarla. Se sentó en silencio en medio de la oscuridad. Ni siquiera se cambió de ropa. Puso la televisión. Era jueves. Ponían Bones; capítulo triple. Tres horas en las que no tenía que pensar en nada. Siempre le gustaron las series de forenses y detectives.

Al día siguiente se levantó del sofá, apagó la tele y empezó a buscar la ropa que Elvira dejaba tirada encima de la silla del salón antes de hacerle el desayuno. Se extraño de no encontrarla. Al ir a la cocina, en la puerta de la nevera, cogida con un imán, vio de nuevo la nota:

“Lo siento. Te quiero pero no puedo más. Adiós.”

Puso una sola tostada en la tostadora, cargó media cazoleta en la cafetera, sacó un solo vaso para el zumo y encendió la tele. Hoy es viernes, pensó, por la mañana reponen Alf. ¡Cómo le hacía reír esa serie de los 80!

¿Por qué echaba tanto de menos encontrarse cosas tiradas encima de las sillas? ¿Cuánto tiempo más iba a soportar ese orden tan absurdo y desquiciante?

Por cierto, ¿qué ponen esta noche en la tele?

4 comentarios:

  1. Qué desolador panorama, considerar que la vida ya no tiene nada para nosotros, y seguir atados a la existencia por la rutina básica y vacía de los días sin sentido...
    Como siempre, Jesús, sus letras me hacen pensar y sentir...Saludos

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  2. Un relato expléndido. Me sorprende siempre. Qué raro extrañar aquella rutina que nos alienó tantos años, transitamos por las horas del día protestando contra eso y cuando nos falta se nos cae el mundo. Pasa tan seguido.

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  3. La maldita rutina, la necesaria cotidianeidad.
    Me dejó impresionado.

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  4. Sólo nuestro amigo Chamali parece ser capaz de describir en un breve relato la inconmensurable soledad que puede agobiar a un hombre. Los vacíos que van quedando simplemente no se pueden llenar y sólo queda sobrevivir de alguna forma, intentando ausentarse de sí mismo, en una especie de limbo espiritual, ni tan vivo ni tan muerto, ni tan aquí ni tan allá, deseando no extrañar tanto los aderezos de una vida compartida.

    Al final, la televisión y sus programas de entretenimiento, ¿quién más?, terminan siendo la únicos compañeros de millones de personas, el murmullo de algo vivo tras la ilusión de unos cátodos.

    La soledad absoluta parece ser el finish de esta civilización por la que bregaron todos nuestros antepasados.

    Magistral mi querido amigo.

    Un fuertísimo abrazo.

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