25 de abril de 2012

Gualleco o la maldición del perro verde

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.

Cada fin de semana dentro de la sala de prensa, la sensación se repetía: rabia contenida que amenazaba con hacerme explotar las sienes. La impotencia por la forma en que el dueño del diario abusaba a sus anchas se volvía insoportable. El acertado amedrentamiento de él y sus cortesanos nos hacía abortar, desde la partida, cualquier intento de conformar un sindicato. Si bien no era la solución definitiva, nos habría permitido cobrar por domingos y festivos trabajados, más las horas extras y así mejorar los escuálidos sueldos. 

Los periodistas ideaban su propio sistema para hacer más llevaderas esas ocho horas y más a la fuerza. El mío era guardar material durante la semana y llegar muy temprano el domingo o festivo para rellenar las páginas a toda velocidad. Sólo de esa manera podía desocuparme temprano y aprovechar las horas que quedaran de ese descanso usurpado. Cuando el Hueso le tocaba turno de editor, dada su mínima sensibilidad social, este plan me podía resultar. Sin embargo, con el Lolito y el Perro Verde, cualquier intento se volvía una quimera. Este par de sabuesos fieles de la empresa se esmeraban en mantenernos ligados al diario las 24 horas del día, repitiendo la monserga: “El periodismo es un apostolado”.

Recuerdo que ese domingo en particular, lluvioso y frío, Pilar me había prometido un pollo mariscal y sopaipillas a mi regreso del trabajo. Además, había arrendado una comedia romántica de su gusto para que la viéramos recostados. Más motivo para querer largarme cuanto antes de ese antro lleno de computadores, escritorios, humo, goteras y frustraciones. Pero había un problema: en esa oportunidad el Hueso descansaba como editor de turno -si se puede llamar descanso quedarse en casa con dos críos sobre la cabeza- y su reemplazo le correspondía al director del diario, el Perro Verde.

FIERRO CALIENTE 

-Hay un muerto en Gualleco. Parece que está enterrado –me interceptó el Perro Verde a la salida del baño, cerca de la diez de la mañana-. No sé nada más, pero tienes que ir allá y ver qué pasa. Lo tengo como nota uno, principal, así que tienes que traer algo bueno. Avísale a Romualdo que vaya contigo

Esta clase de órdenes en prensa las llamamos “fierros calientes”: temas a reportear nacidos de la ocurrencia de algún colega –en general, periodistas y editores en día libre, ansiosos de congraciarse con el Perro Verde-, pero dónde no había ninguna fuente a la cual recurrir, sino sólo frases sueltas como “parece”, “escuché por ahí”, “andan diciendo” y “se comenta”. Esta pobreza referencial obligaba al periodista “quemado” a dar rienda suelta a la imaginación para salir del paso. El Perro Verde amaba los “fierros calientes” más que a su esposa, hijos y amante.

Después del papeleo de rigor en la oficina de personal, Romualdo y yo abordamos la camioneta conducida por Anabalón. Apenas salimos de la ciudad, entre los dos comenzaron a bombardearme con preguntas sobre la noticia a cubrir. Mis balbuceos se mezclaban con las gotas de lluvia sobre la carrocería de la camioneta.

-A estos periodistas les falta calle, no saben dónde están parados –comentó Anabalón, negando con la cabeza, apretando con seguridad el manubrio, después de intentar vanamente comprender mis explicaciones.

-Deje tranquilo al profesor –salió Romualdo en mi defensa, mientras limpiaba con la manga del polerón el lente de su cámara-. No ve que tiene muchas cosas en la cabeza. Si él es más escritor que periodista.

Ante semejante explicación –que no supe si se trataba de un cumplido o de una crítica-, Anabalón se dedicó el resto del viaje a tararear las canciones del compact disc de Lucho Barrios puestos en la radio del vehículo. Sólo así no perdería el tiempo con un periodista a regañadientes y un gráfico con arranques de bipolaridad.

Tras dos horas de viaje por una carretera resbalosa, llegamos al inicio del camino por el cual se accedía a los Altos de Gualleco. En medio de la neblina, apenas se divisaba un sendero de tierra que se empinaba por el cerro en dirección hacia un cielo plagado de nubes negras.

-Hasta aquí los puedo dejar –dijo Anabalón-. No me da pa’ subir con el cacharro. Los espero.

Caminamos cerca de una hora cerro arriba, cubriéndonos como podíamos de la lluvia -Romualdo con su parca y yo con mi chaqueta de cuero-, pero sin poder evitar hundirnos en el fango.

-Si Anabalón dice que no puede subir con la camioneta, es cierto –comentó Romualdo-. Él no es como los otros choferes que nos dejan botados donde sea. Acuérdese nomás cuando quedamos tirados a la salida de la empresa sanitaria y casi nos ahogamos con los residuos tóxicos.

Después de una media hora de avanzar a tientas bajo la lluvia, una silueta verde se dibujaba en la distancia. La imagen de un carabinero protegiéndose del temporal me reestableció la confianza y me animó a preguntarle por el supuesto cadáver.

-No sé, parece que es mucho más allá –contestó con un rostro que no pudo disimular la risa y apuntando a la quebrada del cerro. Siguió caminando en dirección contraria hasta desviarse en una casa de adobe pintada con los colores de las Comisarías.

-No le creo mucho al paco mentiroso –dijo Romualdo-. Mejor sigámoslo, profesor. Se metió a ese cuartel. Ahí no nos pueden negar información.

Nunca me sentí un reportero avezado, por lo que decidí confiar en la sabiduría callejera de Romualdo. Hice bien: la casa no correspondía a la Comisaría como creíamos en un principio. Una camioneta de la Policía de Investigaciones estacionada en el frontis nos instó a quedarnos ahí y esperar.

-Se da cuenta, profesor- comentó Romualdo-. El paco quiso desviarnos para otro lado para que no le diéramos crédito a la policía civil. Somos importantes para ellos. Mañana usted con su texto se los caga por mala leche.

Decidimos con Romualdo pasar al otro lado de una cerca de madera. Corrimos a campo traviesa intentando no ser visto por un grupo de detectives que conversaban alrededor de una fogata. El ladrido de unos quiltros jugó en nuestra contra. No sé si logramos el objetivo de discreción, pero al menos no nos corrieron del lugar. Nos refugiamos en una pieza abandonada para intervenir lo menos posible en las diligencias. La lluvia no se detenía. Trozos enormes de adobe caían sobre nuestras cabezas. Hubo un momento en que sólo quedaban erguidas unas cuantas paredes, mientras el cielo descargaba su lluvia furiosa sobre nosotros.

-Todo esto por darle a nuestros hijos un futuro –comentó Romualdo cubriendo la cámara con su parca y con la cabeza empapada.

-El problema es que con todo este esfuerzo ni siquiera hay garantía de futuro, amigo –contesté, sin preocuparme de cómo se mojaban la croquera y la grabadora que traía conmigo.

-Profesor, no sea negativo. Va a salir el muertito de la tierra y nosotros nos vamos con la media exclusiva para Talca –al verme impávido, cambió de tono-: Y no me lleve la contra mire que puedo agregar un fiambre más a los ratis.

Tal como Romualdo lo pronosticó (aunque bajo amenaza), no uno sino dos cadáveres fueron desenterrados del patio de la casa. Mientras él apretaba el botón de su cámara, yo tomaban nota de lo sucedido. Hacía esfuerzos porque la tinta del lápiz no se escurriera por el papel de la croquera a causa de la lluvia:

“Temporal, viento ruidoso, un paraje solitario, una casona de adobe disfrazada de Comisaría cayéndose a pedazos. El escenario perfecto para una espeluznante historia de terror que comenzó a conocerse en el domingo 22 de junio, cuando personal de la Policía de Investigaciones encontró las osamentas de un hombre y una mujer en el patio de un predio particular ubicado en el sector Altos de Gualleco".


EL REGRESO

Con varios litros de agua distribuidos entremedio de la ropa y los zapatos, emprendimos con Romualdo el regreso cerro abajo. En algunos pasajes nos deslizábamos sentados sobre el barro para avanzar más rápido. Al divisar la silueta de Anabalón y la camioneta del diario al final del camino, apuramos más el tranco. Al llegar junto a él nos enteramos de su pequeña epopeya: la lluvia acumuló tanto barro que dejó atrapada la camioneta en una suerte de pantano.

-Fui un espectáculo para esta gente que nunca ve nada interesante –comentó Anabalón-. Un gallo forzudo, todo mojado, sin camisa, moviendo una camioneta con palos y fierros es todo un show. Me van a creer que ninguno de estos guasos de porquería movió un dedo por ayudarme. 

De regreso a Talca, decidimos pasar primero por nuestros hogares para recuperar fuerzas, si aún las teníamos. Todos vivíamos en la misma población de casas pareadas que enriquecían a las constructoras. 

Pilar se sorprendió al verme, más aún por no haber tenido noticias mías desde la mañana. Me ayudó, con angustia, a quitarme la ropa empapada. Estuve bajo la ducha por media hora. Otros quince minutos ocupé para beber un poco de caldo del pollo mariscal. Decidí que comería más abundantemente de regreso del diario, aunque fuera pasada la medianoche. Mientras tanto, seguía garrapateando mis apuntes en el comedor para adelantar trabajo: 

“De acuerdo a esta hipótesis, el siniestro plan comenzó a ejecutarse la noche del sábado 8 de febrero, cuando la pareja llegó al lugar con la intención de alojar en la precaria casa de adobe. La apariencia de retén policial de la fachada -suponían- les brindaría privacidad. Sin embargo, no contaba con la presencia de un tercero que los había seguido. Oculto entre los follajes y con una escopeta entre sus manos, JCM esperaba el momento propicio para entrar a la propiedad. Cuando JM salió de la vivienda, JCM apuntó directo a su cabeza y disparó. La muerte fue instantánea.

Con el ruido, AM salió de la casa para saber qué había pasado. Para evitarse más problemas, el homicida acabó con sus gritos y amenazas mediante un segundo escopetazo. Con el cadáver de la mujer aún fresco, le quitó una cadena de oro y una medalla. Luego enterró los cuerpos con una distancia de 36 metros y lanzó el arma a un arrollo. Permaneció en el lugar hasta el 14 de febrero –paradójicamente el día de los enamorados- cuando regresó a su domicilio, ubicado en la zona de Huilquilemu, al oriente de Talca”.

La bocina de la camioneta anunciaba la hora de partir al diario. Me despedí de Pilar prometiéndole regresar cuanto antes.

Sentado en el computador, a minutos de las 9 de la noche, mientras traspasaba de mi croquera al computador los datos de la crónica policial, el Perro Verde se paró junto a mi escritorio. Yo seguí escribiendo con la cabeza casi metida dentro de la pantalla con tal de ignorarlo. Pero seguía ahí, clavado como una estaca. Sentía su presencia que volvía espeso el aire a pesar del frío.

-¿Qué te pasó que te demoraste tanto en ir a tu casa? –lo escuché decir con aliento del día.

Con gusto habría lanzando el “fierro caliente” por el pasillo para que el Perro Verde corriera tras él y se quemara el hocico al intentar atraparlo.

9 comentarios:

  1. Esto de tener que soportar jefes chantas es una de las cosas más ingratas de los trabajos asalariados, pero como sea, una aventurilla reporteril como la vivida adquiere el rango de un peliculón al ser narrado de esta forma. La sumatoria de modismos y alias incluidos contribuyen, además, a enriquecer y particularizar el texto. Muy bueno.
    Felicitaciones, amigo Rodríguez.

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  2. Anónimo18/6/11

    Ingeniosa escritura. Imagino que el periodista debe haber asesinado imaginariamente muchas veces a su jefe.
    Simplemente genial.

    Laurita

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  3. Fantástico relato Claudio, lo que contás y cómo lo contás de principio al final se disfruta a pleno. Gracias por hacer reir, pensar y entretener... siempre!!
    Abrazos argentinos, fraternales y sinceros pese a las cenizas que no dejan de llegar.

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  4. Suprimir comentario de: Plumas Hispanoamericanas

    Jesús Chamali dijo...
    Un relato ingenioso, divertido y magistralmente elaborado amigo Claudio.
    Aquí, en España, los "fierros calientes" se llaman "segunapo" (Según ha podido saber esta redacción...)
    Un abrazo agradecido por esta literatura tan amena.

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  5. Tragicómico relato, muy bien contado, si casi diría que viví todas esas peripecias con los protagonistas.

    Felicitaciones y Saludos

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  6. Entretelones de la rutina laboral que se convierten en relatos entretenidos, no veo mejor modo de capitalizar todas esas horas angustiosas. Genial, lo felicito.

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  7. Entretenidísimo. FEliz de pasar por su blog. Salute-->

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  8. Muchas gracias, amigos y amigas. Sìgannos acompañando con sus lecturas. Este blog es de todos y así le damos vida.

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  9. Saborear las papas calientes de la insidia y el recelo dentro de la labor periodística parece ser cosa de todos los días.

    Narración realista y certera.

    Saludos

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