2 de julio de 2012

El arte de Ángel Fortunato

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.

El alcalde y el encargado del departamento de cultura y turismo persistían en comentarle al director del Centro Extensión de la Universidad, Antonio Segundo Delgado Manríquez, que entre sus hijos ilustres se encontraba un artista promisorio que, con un pequeño empujoncito de algún mecenas privado o estatal, daría que hablar en Chile y el resto del mundo. A sus conocidas dotes de pintor y dibujante, se agregaban las de fotógrafo, escultor, músico, poeta, cuentista, novelista, audiovisualista y cuanta especialidad más se le haya ocurrido cultivar, inspirado en la brisa marina mezclada con el petróleo quemado que se almacena en los pulmones de los habitantes del Puerto.

Delgado Manríquez, consciente de su condición de representante de una casa de estudios superiores, deslizó un amable comentario que el alcalde y el encargado de cultura interpretaron como un asentimiento para conocer al mencionado personaje. De lo contrario, cómo se explica que al aprontarse a cruzar las tiritas del restaurante Papá Mono para disfrutar de un suculento plato de pejerreyes fritos con ensalada chilena, lo detuviera un muchacho de edad indefinida, pelo frondoso y descuidado, ropa gastada, pero sobre todo muy erguido, como si se empeñara en contrarrestar con ello su baja estatura.

-Soy Ángel Fortunato, artista -dijo con seguridad.

Durante quince minutos, Delgado Manríquez debió escuchar largos y poco hilvanados comentarios sobre su supuesto trabajo creativo y del escaso apoyo recibido por las autoridades y otros artistas, pese a todo el talento desplegado desde su más tierna infancia. De manera muy diplomática, Delgado Manríquez le invitó a visitar la Universidad cuando anduviera por la metrópoli con tal de quitárselo de su camino hacia la buena mesa.

Cuando esta anécdota ya había pasado al olvido, la secretaria de la Universidad le informó a Delgado Manríquez por citófono que un joven lo esperaba “afuera”. Ignorando que “afuera” correspondía a la acepción más literal del término, el director del Centro de Extensión le indicó que lo hiciera pasar. La secretaria le respondió que esto era imposible por cuanto el joven insistía en permanecer en la calle.

-Quiere que usted salga, don Antonio -le precisó con voz cantarina.

Lleno de curiosidad, pensando en que tal vez se trataba de algunos de sus hijos o de un conocido en apuros, Delgado Manríquez se encontró nuevamente con el joven artista que conoció en su último viaje al Puerto y se percató de cómo el tiempo se había ensañado aún más con él en materia de cuidado personal.

-Aquí me tiene, don Antonio –dijo con aplomo-. Me vengo para la Ciudad.

Junto a él había tres maletas antiguas amarradas con cordeles, además de decenas de bolsas plásticas repartidas por toda la acera.

-Parecía un verdadero mendigo. Sucio, sin afeitar y el pelo crecido como guaipe. Andaba con un cuaderno universitario debajo del brazo que no soltaba por nada -recordó Delgado Manríquez años más tarde, mientras compartíamos un desayuno de té y tortillas con arroyado, haciendo un alto en nuestro trabajo en el Instituto Nacional de las Bellas Artes.

Como primera medida, Delgado Manríquez instruyó al junior para que hiciera ingreso de todas las pertenencias de Ángel al hall de la Universidad y las amontonara en un rincón lejos de la mirada pública, mientras planeaba cómo despacharlo de manera, ahora sí, definitiva. Sin embargo, el muchacho se mostró reticente.

-Oiga, don Antonio, pero esto me lo pueden robar –dijo.

-Nadie te va a robar nada, hombre –le aseguró Delgado Manríquez-. Paolita te las va a cuidar. ¿No es cierto, Paolita?”.

-Encantada, don Antonio. Yo me preocupo de las cosas del caballero -respondió la secretaria desde el mesón, con una sonrisa que no dejó indiferente al visitante.

-Entonces te vienes para la Ciudad. ¿A qué barrio de mudas? - interrogó Delgado Manríquez cuando tenía al artista del Puerto sentado frente a su escritorio.

-Cómo me pregunta eso, don Antonio –contestó-. Usted tiene que decirme. Yo vengo a buscar ayuda de la Universidad, tal como usted me lo prometió.

Cuando se percató que Ángel no bromeaba e intentando controlar su asombro, Delgado Manríquez procedió a explicarle que su invitación no tenía otra finalidad más que conociera, en un eventual viaje a la Ciudad, las instalaciones del Centro de Extensión como la sala de exposiciones, la biblioteca, la sala de proyecciones, entre otros espacios.

-Si, si, muy interesante, pero lo que yo quiero es exponer mis dibujos en la Universidad y para eso tengo que venirme para acá, porque viviendo en el Puerto no va a funcionar -insistía Ángel Fortunato.

Al percatarse de la inutilidad de detallarle los requisitos que debía cumplir todo expositor en la galería, Delgado Manríquez se le ocurrió revisar el contenido del cuaderno que el muchacho sostenía sobre las rodillas.

-No te miento, mijo. Eran unos dibujos a lápiz pasta en unas hojas arrugadas y sucias con aceite. Horrible, realmente un mamarracho. Al final, como se puso insolente, lo mandé a freír monos a otra parte y me amenazó que tendría noticias de él en poco tiempo -me comentó Delgado Manríquez con un renovado pesar, mientras masticaba su sándwich de arrollado, a propósito de su probable reencuentro con Ángel Fortunato luego de cinco años, en la reunión fundacional de la Asociación de Fotógrafos Regionales.

Todo este alboroto se debía al ímpetu de nuestra jefa por seguir, al pie de la letra, las instrucciones del Ministro en cuanto a fortalecer el trabajo colectivo de artistas y gestores culturales.

-Como ves, sé de este personaje de mis tiempos en la Universidad, así que conviene tenerlo de lejitos. Y tú deberías hacer lo mismo - me aconsejó Delgado Manríquez con sus años de experiencia y en su nuevo cargo de coordinador del departamento de fomento de itinerancias y talleres artísticos.


ARTISTAS UNIDOS


Apelando a su capacidad negociadora, Delgado Manríquez elaboró una estrategia para que Sarita, la auxiliar de aseo, fuera nombrada secretaria de la Asociación de Fotógrafos Regionales y así poder delegar en ella cualquier contacto con Ángel u otro espécimen problemático.

Como si necesitara borrar de su mente la culpabilidad generada por esta maquinación descarada, Delgado Manríquez me insistía que Sarita estaba preparaba para cumplir este rol, por cuanto se había desempeñado en Concepción como asistente de estudios fotográficos y le había comentado su afición a tomar fotografías en paseos y fiestas.

Ante las ansias de la jefa y Delgado Manríquez de juntar el máximo de integrantes, la Asociación Regional quedó conformada por dos tipos de fotógrafos: los “artísticos”, en su mayoría jovencitos financiados por sus padres y jubilados de buen pasar; y los “comerciales”, es decir, especialistas en cumpleaños, casamientos y bautizos, herederos del viejito de la plaza con caballo de palo incluido y de la foto carné.

Cuando Sarita me pidió la opinión sobre esta organización, fui lapidariamente sincero:

-No le veo ningún futuro. Con este grupo va a pasar exactamente lo mismo que con otros que se han intentado formar al amparo del Instituto –aventuré-. Primero vendrá mucha gente, después menos y al final nadie. Al no haber plata de por medio, sino sólo el derecho a juntarse para verse las caras, presumir o quejarse según fuese la suerte de cada uno, la gente perderá interés y se olvidarán de todo.

Sarita, en su entusiasmo gremial, se negó a aceptar mis dichos y me aseguró que esta vez, todo sería distinto.

-Vamos a llegar hasta el final -sentenció.

Y en parte tuvo razón: la Asociación de Fotógrafos Regionales logró que su presidente fuera invitado a un encuentro binacional en Punta del Este para la envidia del resto y acusaciones de favoritismo de parte del Instituto hacia él (de hecho, a partir de este incidente, se conformó la Auténtica Asociación de Fotógrafos Regionales, la cual no quiso tener nada que ver con la burocracia estatal por lo que llevaron adelante sus encuentros de manera separada).

Al final, el máximo logro de los fotógrafos regionales fue una exposición a medias, saboteada por integrantes de misma la directiva, en hall de la Corte de Apelaciones. Decir “a medias” ya es mucho, por cuanto la mayoría de los paneles estaba en blanco. Sólo me quedó el recuerdo de las rocas de la costanera retratadas de una manera que semejaban la defecación de un perro, firmadas nada menos que por Ángel Fotunato.

Así, con los disidentes funcionando de manera paralela, la organización se fue desgajando y sólo se quedó con los nombres de Sarita Leiva (secretaria) y Ángel Fortunato (socio número 8 y único vigente). Sin lugar a dudas que contribuyeron a la deserción de muchos de sus integrantes, los eternos monólogos de Ángel sobre su obra, la contaminación del río, sus problemas económicos y sus fracasos amorosos con las niñas de la Ciudad, sobre todo con la secretaria de la Universidad.

-El artista es un ser integral, no se le puede separar -reclamaba cuando le imploraban en las reuniones que, en honor al tiempo y por respeto a los demás, se refiriera a temas de la Asociación y no se fuera por las ramas.

Las reuniones del último tiempo entre Sarita y Ángel consistían en las divagaciones de este último mientras ella intentaba concentrarse en sus labores de aseo porque todos, inclusive los artistas, necesitan ganarse el pan. Algo que Ángel, por lo que me tocó fisgonear, no tenía muy internalizado dentro de su cabeza. Si Sarita barría, allí estaba Ángel parado a su lado absorbiendo el polvo; si Sarita enceraba, Ángel podía caer de trasero en el piso y aún así las palabras seguía saliendo de su boca; si Sarita limpiaba el baño, Ángel se sentaba en la taza del retrete para agotar el tema de toda perspectiva posible haciendo figuritas con el papel higiénico y jugando con la cadena.

-De verdad, don Claudio, harto que me aburre –comentaba Sarita-. Pero me da pena que nadie lo pesque. Y cómo no, si habla tanta lesera.

Sin embargo, cuando ya me había acostumbrado a entretenerme con estas escenas, dejé de divisar a Ángel Fortunato colgado de las faldas de su fiel confidente capitalina. Tampoco era posible oír su zumbido persistente y quejoso por los pasillos del Instituto. Le pregunté a Sarita por nuestro Leonardo Da Vinci, movido más por la morbosa curiosidad que por el interés bienintencionado.

-No me diga nada, don Claudio –contestó Sarita-. El otro día vino muy creído para contarme que iba a participar en el lanzamiento de su libro de fotografías en la Universidad. Mientras le servía almuerzo, me dijo que le gustaría que yo lo acompañara, pero que las invitaciones se dieron muy restringidas, sólo autoridades y personas importantes que tengan la ropa adecuada. Eso hizo que me sintiera mal. Como si él tuviera ropa tan buena. Si anda todo rotoso.

Más que esta petulancia infundada, lo que me sorprendió fue la publicación de un libro de su autoría. De verdad, nunca le vi muchas posibilidades a los dibujos con lápiz pasta, las fotografías desenfocadas y a las poesías con olor a alcantarilla que le hurgueteé a Sarita entre los papeles que le guardaba a su amigo para pasarlos al computador.

-Espérese, si todavía no termino –añadió Sarita-. A los dos o tres días de eso, vino una señora muy enojada que me dijo que todos nosotros éramos unas malas personas que ilusionábamos a Ángel y que lo agarrábamos, con su permiso, para el hueveo. No sé que habrá pasado, pero él hasta me mostró la invitación y salía su nombre.

Los resguardos de Delgado Manríquez ante Ángel no fueron impedimento para que estuviera al tanto de lo ocurrido. De inmediato intervino en nuestra conversación mientras revolvía con la cuchara su taza de té:

-Lo que pasa, muchachos, es que Ángel participó en el concurso de fotografía de la Universidad, cuyo premio era aparecer en una edición con empaste de lujo. Evidentemente, no sacó ni siquiera una mención honrosa. Como un acto de gentileza, los organizadores decidieron invitar a todos los participantes a la ceremonia de premiación.

El resto de la trama la completé yo mismo: los organizadores no se imaginaron que con ese gesto alimentaban las esperanzas y las distorsiones en la mente de Ángel Fortunato.

A modo de corolario le pregunté a Sarita por la mujer que la increpó de manera tan soez, pensando que nuestro artista al menos contaba con alguien que se preocupara de sus harapos:

-¿Quién era? ¿Su mamá, su novia o su esposa, acaso? Le salió gente al camino, según veo -dije entre sonrisas con cierta dosis de burla.

Sarita bajó la cabeza en señal de pesar y las lágrimas casi brotaron de sus ojos:

-No, nada de eso. Es una señora que le da alojamiento gratis en el Puerto, porque dice que Ángel no tienen donde vivir.

7 comentarios:

  1. María Eugenia27/7/11

    Buen relato. Me enganché con su blog, muy variado y entretenido.

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  2. Suántas profesiones me habrá asignado mi familia cuando era niñas, cuán convencidos están que haré lo que ellos quieren!! Seré otra cosa menos lo que esperan. A muy temprana edad ya sabía que no haría lo que los otros querían que hiciera. Eso es seguro.

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  3. No recuerdo cuántas profesiones me asignaron con injustificado entusiasmo ni cuántas carreras quise cursar hasta la fecha sin definirme por ninguna.. Seguí con mucho interés la carrera artistica de Fortunato desde acá.. buena historia querido Claudio!

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  4. Anónimo29/7/11

    Aparentemente, la mayor proeza de vida de Angel Fortunato será protagonizar con su extravagancia este buen relato. Fortunato (me hubiera gustado saber su nombre real) no es muy diferente a otros miles de artistas increíblemente mediocres que aplanan las calles en nuestro país para conseguir financiamientos de algún lado. Lo particular de Fortunato parece ser su profunda pobreza, su miseria social. Me recordó al pegajoso señor Zaturecky, del relato “Nadie se va a reír” de Milan Kundera.

    Notable relato, amigo Rodríguez. Contiene tantos ingredientes dignos de analizar, que seguramente nuestros comentarios y réplicas se extenderán por largo tiempo.

    Jorge Muzam

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  5. Anónimo2/8/11

    Me pasa en el diario y debo decirlo muy a pesar mío... hay algunos personajes que aburren, que hinchan las bolas y que no son los geniales que dicen ellos o que dicen otros sobre ellos.
    Al paso del tiempo uno, sinceramente, va perdiendo la paciencia.
    Otra acierto de Rodríguez, el fotógrafo de historias que están en el aire.
    JP Jiménez

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  6. Siempre hay alguien que cree en el artista... posiblemente gracias a personas como esa mujer que le daba alojamiento, Angel Fortunato algún día logrará juntar el valor para ser un verdadero arista. Buen relato, buena reflexión...

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  7. LUIS8/7/12

    Como simple curiosidad, o mas bien como un placer morboso, me gustaría saber que suerte le corre hoy a nuestro infortunado Fortunato.
    Se me vino a la memoria la historia de unos mellizos curicanos, artistas, poetas, cineastas,y un largo etc. dedicado a la cultura.
    Una vez mas, agradecido por sus relatos amigo Claudio.

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