7 de julio de 2011

Quisiera recordar su nombre

JORGE MUZAM -.


Hace unos momentos intentaba recordar el nombre de uno de mis más queridos alumnos de enseñanza media, un joven bondadoso y desharrapado, que usaba un largo casacón chino, con capucha enchiporrada, de esos que yo usé de pequeño y que nunca nadie más importó a Chile.

Mi amigo era muy delgado, de mediana estatura, rostro alargado, ojos rasgados y grandes dientes, usaba aretes en la nariz y en las orejas, tenía el cabello largo y lacio muy bien camuflado tras su eterno gorro montañés. Su expresión amable y su perfecta dicción y caballerosidad no podía esconder del todo la profunda tristeza de su mirada. Solía andar solo, llegar tarde, ausentarse mucho, y a veces llegaba con moretones en el rostro por alguna probable paliza nocturna. Yo le preguntaba qué le había pasado y él me respondía sonriendo que eran simples cosas de la vida.

Mi amigo provenía de una familia muy pobre de San Antonio y aparentemente vivía con su madre, un padrastro y algunos hermanos más pequeños, por lo que tenía que salir a ganarse el pan obligadamente todos los días. Pintaba casas y estampaba poleras y cosas parecidas. Tenía una gran habilidad para eso. Había sido criado en la más ruin selva de cemento, en una de esas poblaciones donde ni la policía se atreve a entrar, y sin embargo eso no parecía importarle mucho. Cada vez que hablábamos me decía que su mayor sueño era abrazar a su padre que vivía en Italia. No sabía qué haría exactamente con su vida tras salir de la secundaria. No tenía recursos para pagar una educación superior ni estaba preparado para sacar un alto puntaje en la PSU y conseguir una beca estatal. Más bien, su gran obsesión era graffittear muros y dibujar en pequeñas hojas de cuaderno todo lo que veían sus ojos. También escribía y leía mucho, buenos libros. Hablábamos hasta de Carver, Bukowski y Henry Miller.

Fui con él a unas cuantas clases de kung fú en un gimnasio de Llolleo. Cuando le tocaba enfrentarme nunca me dio un golpe fuerte, más bien los actuaba para no dañarme, tal como esos jugadores incapaces de hacerte zancadillas en un partido de fútbol, y que más bien son santones que van por el mundo intentando hacer el bien a los otros. Su actitud protectora y bienintencionada me ayudó a mejorar mi percepción de los otros, a entender que existen unos cuantos allá afuera que darían la vida por nosotros sin esperar nada a cambio.

Mi buen amigo casi quedó repitiendo en el último año debido a sus largas ausencias, pero entonces moví los hilos administrativos y logré que consiguiera su enseñanza media. El anduvo radiante todos esos días. Más tarde me mostró algunas de sus creaciones, dibujos, collares, graffitis y estampados. Era un artista de peso que no desmerecía ante un Rauschenberg. Se lo dije y él se sintió orgulloso y agradecido. Nunca nadie se lo había dicho. Me dio un fuerte abrazo.

Pasaron los meses y cada vez que me lo encontraba él me saludaba con gran efusión y me decía que pronto se iría a Italia, que sus dibujos iban bien, que ya estaba exponiendo y hasta me mostraba las últimas murallas que había graffitteado. Fueron muchos encuentros. San Antonio es pequeño. Siempre Italia se asomaba en el horizonte, como si mi amigo fuese un personaje de John Voight esperando un amanecer que nunca llegaba.

Un día recibí un correo electrónico de mi amigo. Me dijo que estaba en Italia y muy contento. Me sentí feliz. Debo haberle respondido algo. No recuerdo qué. Luego perdí ese correo, pues el servidor desapareció del sistema. Perdí el correo y olvidé su nombre, aunque no su rostro, ni sus palabras ni menos su sonrisa.

Hoy lo sigo extrañando y quisiera saber de él, conocer sus nuevas creaciones, darle otro gran abrazo, quizás ya tenga esposa e hijos, quisiera tenerlo al frente y simplemente mirarlo para que él entendiera una vez más que su infinita bondad caló profundamente en mi alma. Quisiera tenerlo para preguntarle nuevamente su nombre y porque en realidad la vida posterior me confirmó que las personas como él son definitivamente escasas.

Imagen: Banksy

7 comentarios:

  1. Sofía7/7/11

    Quisiera que lo recordase. Creo sentir a través de sus palabras lo que siente y me inspira desear que recuerde, que su mente recupere subitamente la información sepultada por vaya a saber uno cuánta cantidad de información, debe ser por impotencia.

    Saludos y felicitaciones a todos por sus potentes escritos.

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  2. Lo importante es que no lo olvida en escencia, lo otro es un detalle fastidioso. Seguramente recordará en el momento menos esperado.

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  3. Estoy segura, Jorge, de que tu amiga no se olvidará de ti nunca más. Estoy segura de que dejaste un imborrable recuerdo en su día.
    Estoy segura de que, muy pronto, sabrás de él. Él te buscará.

    Un abrazo.

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  4. Rectifico.Estoy segura de que dejaste un recuerdo imborrable en su vida.
    Besos.

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  5. Excelente pieza narrativa, amigo. Lacónica y nublada como el puerto que le sirve de escenario. En tan pocas líneas dejas completamente dibujado al personaje. La precisión le sienta muy bien a tus letras, amigo. Como Proust pareciera por momentos que escribes capìtulos de una sola gran obra.

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  6. No se recuerda el nombre? Mientras recuerde lo que esa persona le hacía sentir seguramente este le tendrá en la mente y el corazón sin importar que deje de tener presencia real en su vida. Por nuestras existencias pasan muchas personas olvidables y unas pocas perlas que se atesoran para siempre por lo que cuesta sacarlas de lo más profundo del mar.

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  7. Anónimo17/7/11

    La pesada nostalgia que a veces se parece tanto a la alegría. El recuerdo también pesado de alguien que pasó por nuestra vida e hizo un recodo en nuestra alma.
    Precioso relato, amigo Muzam. Hermoso sendero por la memoria y el pasado sereno.
    Abrazos: JP Jiménez

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