10 de agosto de 2011

Fellatius (Historias de la Vida Irreal. Trilogía. III y última Parte)

JUAN PABLO JIMÉNEZ -.

“¿Cómo se inició el fuego?
No sé… Ya estaba en llamas 
cuando me acosté”

Robert Fulghum

Todo era una gran cagada. ¿Se imaginan a un tipo tocando batería en plena plazoleta al medio del barrio? Un día cualquiera, en la noche. Se encendían luces. Paraban ciclistas.

Otros tocaban la bocina.

Era viernes. Sí. Lo recuerdo. Era viernes. En medio de la población. Una batería. Un iluso que se creía Willy Iturri. Un amigo con guitarra de palo. Mis padres en casa. Mi hermana chica haciendo alguna travesura para destruir el mundo. Mi hermano inventando una nueva máquina del tiempo.

En la esquina, los chicos fumando. Una cerveza en el suelo. En la plazuela yo tocando batería. La llevamos entre varios. Los amigos del barrio. Una locura. Una locura más.

Aún había dictadura. El hijo de puta de Pinochet aún mataba gente o la torturaba. Nosotros pasábamos la pena en medio del frío haciendo música, rock and roll. Con la batería que me prestaron. Esa que tocaba mi hermana cuando solo la separaban del suelo unos cuarenta y tantos centímetros.

Tocando batería para romper con todo. Para escupirle al mundo que yo era el dueño.

Que mis amigos del barrio podían desaparecer, pero haciendo música.

Bastó que una vieja de mierda llamara a los pacos, una de las máscaras de la represión de aquel tiempo, para que la juerga se terminara. Ya habíamos transgredido las reglas.

Eran tiempos lindos. Los enamoramientos hasta las patas. Las masturbaciones maratónicas. Espectadores de la dictadura para recién años después tomarle el real peso al asunto. Al lado de mi casa vivía un retornado.

Yo me encerraba en un cuartucho de madera donde vivían las arañas de poto rojo y donde mi papá guardaba los cachureos que de cierta forma tendrían vida a pesar del desuso. Como un amor por costumbre.

Allá me llevaba unos tarros y unos potes vacíos de margarina. Los “afinaba” para que sonaran como batería. En un canasto hacía el hi-hat porque salía un sonido parecido. El bombo era mi pie en una tabla bajo la mesa. Los platillos… imaginarios.

En mi radio cassette seguía las canciones que arrancaban orgasmos a mis muñecas. Mi tía Silvana, la menor de todas las hermanas de mi mamá –el hermano de ellas se murió hace poco–, se pasó una tarde bajo el parrón escuchando mis conciertos.

Amaba a Willy Iturri. Me decían “GIT” en el barrio. “GITménez” en algunos círculos de perdedores como yo en aquel tiempo.

No olvido la anécdota de primero medio. 1988. Era la celebración del aniversario de mi colegio franquista, de curas y cuicos de mierda. Los de cuarto medio pasaron a nuestra sala para inscribir a las bandas que tocarían en el festival marista de aquel año.

¿Quién se inscribe para la “canción copia”? Siempre soñé con tocar en ese festival de señoritas vírgenes y huevones hijitos de papá. Pero éramos muy chicos hasta ese entonces. “¡Mi grupo!”, dije yo levantando la mano. Un silencio cayó sobre la sala como el yunque de los dibujos animados. “¿Quién toca contigo?”. “Eeeeeeh… El Claudio Gutiérrez… El Chamblas… El Villar en el teclado… Y el Naranjo”, dije yo apuntando a cada uno. Cuál de todos con más cara de pavor. “¿Tienen algo ensayado?”,

“Sí, por supuesto”, dije yo.

Lo que no sabían esos fachitos de cuarto medio era que nunca había habido banda.

Nunca habíamos ensayado. Claudio cantaba bien; Villar –que viviendo a la vuelta del colegio siempre llegaba atrasado– era un hijo de puta en las teclas y el violín; Chamblas improvisaba medio desafinado en la guitarra y Marco Naranjo jamás en su puta vida había tocado una sola nota.

Era la fascinación del riesgo. Ensayamos dos semanas una canción de GIT.

“Crucigramas”, del GIT III. Yo por primera vez en mi existencia tocaba una batería de verdad –la de la plazuela vino después– y menos en vivo. Salimos segundos tocando dos noches, creyéndonos estrellas de rock mundiales. “No quería dejar de tocar”, dijo el Naranjo días después.

Me creía él. Amaba a Willy Iturri. Por años había sido elegido el mejor baterista del rock argentino después de Banana, Raúl Porchetto, Charly y por supuesto: GIT –que el año pasado reventó de vuelta en el Luna Park–.

Amaba a Willy Iturri. Decían que tocaba la batería como él. Y para mí, eso era un halago sin precedentes.

En 1989 mis padres no me habían dejado ir a ver a GIT a Santiago como regalo de cumpleaños.

No les hablé en un mes.

Entonces, cuando supe que una década más tarde Iturri tocaría con su banda en Iloca, a unos cuantos kilómetros de mi ciudad-pueblo, yo iba a prestar el culo si hubiese sido necesario para estar con él, hablar con él y mostrarle mis cuadernos de calcetinera repletos de fotos de su banda.

Haría lo que fuera. Y cuando me propongo algo. Siempre lo cumplo.

Ya saben.

Contactos por aquí. Contactos chantas por allá. Preparar el viaje con Fonola. Mi primera esposa estaba al tanto, así que, como todas mis mujeres, dejaría que fuera feliz con mis pendejadas.

Turnos de mentira en el trabajo. Fotógrafo borracho para hacer como que trabajábamos.

Conferencia de prensa en el casi desaparecido Club de la Unión. El bajista de la banda de Iturri era chileno, de Hualañé, comuna ubicada a una hora y media de mi ciudad-pueblo. Habíamos estado bebiendo ponche con él y Fonola. Al momento de las grabadoras habló como argentino.

Nada que hacer.

Ya ni me acuerdo cómo mierda llegamos a Iloca, la playa del pueblo y de algunos cuicos que no se atreven a gastar su plata en otras coordenadas.

Playa. Dar la hora. Botellas. Dar la hora. Frío. Cansancio. Yerba a metros del mar. Dar y hacer la hora. Cagarse un poco de la risa. Escuela de Iloca. A unas lucas la entrada.

Dos horas de retraso. Esperaba a mi referente. Más calcetinera que nunca. Más puta que nunca. Más imbécil que con Spinetta o cuando le robé la billetera al dientes grises del Parra.

Parece que solo algunos sabíamos porque muchos pifiaron cuando vieron que Iturri no venía con Toth y Guyot, que venía solo con unos suches que lo rodeaban.

Silencio mío. Piratear la tocata en una vieja grabadora. Bromas pesadas de Fonola. Recién estaban apareciendo los celulares.

Iturri duro. Canciones de antes. Baterías militantes. Fresa tocaba la batería. Si eres hombre no puedes llamarte Fresa. Lo conocimos en la conferencia de prensa. Ana, Es por Amor, Aire de Todos, Más Bien Menos Mal, El Juego Comienza.

Fotogramas de los días en el cuartucho rodeado de las arañas que escuchaban “mi” música.

Termina el concierto. Iturri se sube a un auto como Elvis: rápido para que no lo toquen. Comienza mi comienzo de mi fin.

“Yo, me voy conchatumadre”, sentenció Fonola y estaba en su derecho. Quedé abandonado a eso de las 2 de la mañana de un día de semana en Iloca. Nadie en la playa. Solo un viento frío.

Había que improvisar. No sabía de qué forma, pero Iturri vería mis cuadernos.

Caminé. Caminé en dirección… no sabía. Caminé. Tenía frío, sueño, hambre, ganas de mear, ganas de hablar con mi primera esposa pero no estaba en uno en ese tiempo el ejercicio de recargar celulares.

De pronto una van me hace señales de luces. Se asoma por la ventanilla el loco del bajo.

“¡Sube!”, me dijo. Se acordó de mí. Subí y me senté justo al lado de Iturri, que me extendió su mano larga de baterista. “Quiero un faso”, me repetía a cms. de mi cara y hablando con la lengua peor que un trapo. “Él es el chico de quien te hablamos”. “Ah… sos vos… Quiero un faso”. Me tocaba, me abrazaba.

Era Iturri. Un monstruo. No solo para mí. Muchos lo dijeron. Mal que mal, se encerraba a tocar con Charly. Jaló con Fito. Le vio las tetas a la preciosísima Fabiana Cantilo, a quien disfruté en Montevideo el año pasado.

Era Iturri. El de Viña. El del Estadio Chile. El que mi papá decía que era un “gallo choro”. El de las fotos.

Era yo.

Llegamos al hotel. Éramos una veintena de gente. Yo y mis cuadernos. Mi mochila. Mi frío. Fresa me miraba con rabia. O como mina enojada. Carajo. Qué sé yo. El papá del bajista, concejal de Hualañé de ese tiempo, me ofrecía su hospitalidad.

Iturri bajó por inercia de la van. Tantas veces me vi y me he visto en esas circunstancias. Un sobreviviente en medio de mares de alcohol y la esperanza esa de que todo cambiará.

Iturri subió a su habitación.

Bajó.

Con ropa nueva.

A los 10 minutos.

Era otro. Fresco como un durazno robado de la rama. Mis ojos brillaban. Todavía no se me quitaba lo imbécil.

El tipo que una vez borracho tiró 200 mil dólares en el sillón de su living frente a su esposa Judith, una musa que se cansó de él como se cansó de mí mi segunda esposa, se acercó a un grupo donde estábamos algunos de quienes ya ni recuerdo los rostros.

Iturri hablaba y hablaba y hablaba y cada ciertos momentos un tipo le tiraba la manga y le decía “él es el de quien te hablamos… viene de lejos a verte y trae cuadernos con fotos de ustedes”, “Uds.” eran los GIT. Y yo como un pájaro flaco moribundo con las alas hechas mierda. Una y otra vez. Una y otra vez la manga de Iturri y mis cuadernos bajo el brazo.

Fue mucho al parecer porque el inventor del sonido de tarro con el cual ganó millones, salió de su cuadro. Miró al que le tiraba la manga. Me miró a mí. Miró al mundo. Miró sus manos eléctricas. Se sacudió el pelo. Se le encendieron los ojos y dijo: “¡¡Y qué querés??!!... ¡¿Qué le chupe el pico?!”.

No hubo tiempos para silencios porque en su electricidad siguió hablando de otras cosas.

Yo comenzaba a re-entender el comienzo del fin.

Esa noche cené con Iturri a mi lado. Bebí con Iturri. Le mostré mis cuadernos. No recordaba muchas fotos que les habían tomado a los GIT. Fresa siempre miró desde un sillón lejano como queriendo asesinarme. Al menos eso entendí. Sobre todo después que se levantó del sillón, dejó su copa y desapareció para nunca más saber nadie más de él.

Esa noche entendí que ya era mucho.

No recuerdo qué hora era. Iturri se vio obligado a darme un abrazo. Mal que mal, siempre fui un caballero, aunque todos esos cuadernos después se los llevara también el puto terremoto del 2010.

El papá del bajista, muy borracho, me ofreció llevarme hasta Hualañé. Me fui solo como un saco en la parte trasera de una camioneta. A medida que veía empequeñecerse la luz del hotel de Iturri, sentía que iba dejando una parte definitiva atrás de mi pasado.

No más calcetineo. De ahora en adelante los autógrafos los daría yo. Como ya lo he hecho. Como cuando en la calle la gente me para decirme que con su texto se sintió un poco más humano.

Esa noche dormí en el suelo. Sí, en el suelo; en las tablas tapado con una frazada delgada, en la pieza del bajista de Iturri que ni siquiera se vino conmigo.

A la mañana siguiente me desperté con el amargor en la boca y la conciencia. Salí de esa casa como un ladrón. Como un violador silencioso: nadie notó mi ausencia ni que abriera la puerta principal y tomara un micro para Curicó.

Mañana siguiente: “Juan Pablo, Willy me dijo que te pidiera un favor. Mañana tocamos en Santiago en TVN y debemos doblar el single del último disco de GIT, hace rato fuera de catálogo. Me dijo si se lo puedes prestar y él después te lo envía de vuelta”. “Chuuuuuucha, amigo!. El disco lo tiene mi hermano en Talca. No tengo cómo comunicarme con él”, le dije al saco de huevas mirando mi estante con mis discos donde ese CD, “Distorsión”, lucía radiante aquella mañana cuando yo salía de la ducha.

Ni cagando se lo pasaba a esa tropa de huevones.

10 comentarios:

  1. Envolvente. De inmediata naturalidad. Qué placer leerte, en verdad.
    Cuando vaya a Iloca y camine por esas arenas negras a veces olvidadas, recordaré que Jiménez las recorrió germinando letras.

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  2. Lucía11/8/11

    De veras que da gusto leer tus historias. Fantastico cierre de esta triogía. Saludos y que sigas deleitándonos con más !!

    Besos ♥

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  3. Muy bueno JP! Otro brillante cierre de una de tus series. Qué venga la siguiente que sobran ganas de leerte! Saludos!

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  4. Brisa de Primavera11/8/11

    Suuuuper!!

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  5. Anónimo11/8/11

    ¿Qué detonó ese cambio de mirada en la vida del narrador? Quiero decir, de calcetinera perseguidora de estrellas a autoasumirse como una estrella con derecho propio.

    Tremenda historia.

    Saludos

    Bianca

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  6. Efectivamente, durante algún tiempo, Iturri fue más famoso que el mismo Jesús. Al menos en Chile. Y no eran sólo esos inigualables tarreos secos los que queríamos emular, sino también sus mechas tiesas y sus caritas de hámster risueño.
    Muchos sartenes, tarros de leche y tapas de olla resultaron abolladas con tanto golpe y sandungueo. GIT se bailaba románticamente, apretadito, aunque fueran canciones para bailarlas separados, GIT alcahueteaba nuestros deslices nocturnos, era el celestino que nos empujaba al vacío del placer, de la lujuria, de la promiscua manflinfla. Algunos, los envidiosos, se burlaban de ellos diciendo que eran los más viejos de todos, que habían llegado a deshora al boom del rock latino, que habían tocado en el Arca de Noé. Pero sabíamos que era sólo envidia, pues GIT fue el más popular de cuantos grupos existieron en ese entonces. GIT era transversal y sus tarros se escuchaban desde Las Condes a Cerro Navia, desde Arica hasta la Antártida.
    Entonces tenía una novia, una de tantas, se llamaba Ana, y era la más bella doncella de San Carlos (al menos ella afirmaba ser doncella), y GIT nos susurraba cada noche, como un Cyrano de Bergerac, las formas más apropiadas de decirnos las boludeces más enternecedoras de todos los tiempos.

    Interesante escrito. Como articulado con Morse. A ratos una buena poesía de tintes bukowskianos, a ratos muy chileno o muy argentino, lo que es casi lo mismo pero no es igual. La frase de Iturri es una cumbre en sí misma: “Y qué querés…” Sarcasmo, autosarcasmo, buen pulso, humor, ironía, distancia, resentimiento, nostalgia y desengaño. Un relato que logra traspasar el húmedo frío costero de las madrugadas chilenas, o las tablas duras en la espalda de un alcohólico adolorido y sobretodo, la desconfianza entre los huevones de la noche cuando no se conocen mucho.

    Felicitaciones amigo Jiménez.

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  7. Lucho12/8/11

    Qué barbaras sus historias. Que siga el show y cuente como le fue en las siguientes.

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  8. Anónimo13/8/11

    Qué buena historia!!

    Saludos,
    Lore

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  9. Recuerdo que en la escuela secundaria eramos 4 Lorenas de primero a quinto año que se sucedían en el listado de clases.. por eso papá me dice Romi :)

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  10. Buen relato, me disculparán la ignorancia pero no conozco al jovencito aunque le tengo en estima al saber que compartió con Fito, Charly y Fabiana. Espero leerle más de estas cronicas pronto.

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