25 de junio de 2012

Mi dulce tentación

LILYMETH MENA -.

Papá siempre consideró el pan de caja como alimento de porquería, lo mismo era para cualquier botana de esas que a los niños les encantan, los refrescos y gaseosas; razón por la cual no nos daba dinero para gastar en la escuela. Mis hermanitos y yo solíamos llevar siempre al recreo una torta preparada por mi mamá, y una cantimplora con agua de la fruta de temporada.
Cuando algún compañero o compañera de la escuela me invitaba a su fiesta de cumpleaños, papá nos llevaba en auto a mi hermanita y a mí y pasaba por nosotras a la hora que la madre del festejado le indicara.
No me va a creer usted, pero mi razón principal para no faltar a esas lúdicas festividades no eran los juegos o los premios. Eran los sándwiches y los refrescos. Como podrá adivinar, la mitad de la fiesta me la pasaba en el baño pero el gusto nada ni nadie me lo podía quitar.

Tendría yo unos ocho, quizá nueve años, cuando se me ocurrió iniciar mi propio negocio. Le platiqué a papá mis inquietudes mercantiles y luego de analizarlo hicimos un trato. Papá me compraría la mercancía, cuando yo hubiese vendido lo suficiente, tendría que pagar primeramente mis deudas para luego disponer de las ganancias.
Recuerdo bien aquella tienda enorme a donde papá me llevó, era una tienda de dulces por mayoreo. Ahí estaban delante mío todas esas maravillas que solía admirar de lejos, ahí estaban y podía tenerlas si quería.
Llegando a casa forré una caja de zapatos con un papel brillante lleno de colores y acomodé dentro de ella varios dulces de cada uno de los paquetes que había comprado.
Al día siguiente después de la comida, tomé mi pequeña empresa en las manos y salí a buscar fortuna, detrás de mí como siempre, iba mi hermanita. He de darle obligadamente una breve descripción de nosotras para que sirva de imagen mental.
Yo de ocho o nueve años, mi hermanita cuatro años menor, ambas con vestido tejido y con encajes, par de coletas con listones blancos, y zapatitos de charol, mi hermanita con cabellos dorados y ojitos azules, yo morena y de ojos casi negros.
Edificio por edificio, puerta por puerta, fuimos ofreciendo nuestra alegre carga. Tan solo un par de días después teníamos suficiente dinero como para pagarle a papá y gastar en lo que quisiéramos; así que pagué mi deuda, nos gastamos el resto y mi hermanita y yo nos dimos un atracón de golosinas que nos tuvo enfermas, con diarrea y fiebre por dos semanas.
He querido compartir esta historia que es totalmente verídica, sin ningún afán de darle una moraleja forzada, esperando que sea usted mismo quien la vea sin dificultad.

11 comentarios:

  1. Lucho12/8/11

    Buenísimo. Cuando los mexicans dicen torta me imagino ese masacote dulzote que comemos por estos pagos. gusto leerle señorita.

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  2. Anónimo12/8/11

    Que dulce!!!
    Pero lástima que no todo lo que nos gusta o nos tienta nos conviene a la larga, el gusto es pasajero y luego nos quedamos con el buen recuerdo y con el malo también...

    Saludos

    Caroline

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  3. Ana María12/8/11

    Como decimos por acá.. ¿duelen los pies? pero quién te quita lo bailado. Muy picarezco, me recordó a mis años mozos al describir la vestimenta.

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  4. Ah.. por qué todas las tentaciones son tan sabrosas y vendrán con tan ineludibles consecuencias?? Por momentos creo que lo mejor es mandarse sin pensar y en otros moderarse para conservar la salud.. Inútil encontrar el punto medio para mí, se presenta la ocasión y hago según el estado de ánimos al momento.

    Sabrosa evocación Lily, me puse a recordar todas las golosinas de mi infancia. Recordé con especial afecto unos chocolate que venían con personajes de una serie animada llamada Anteojito y unas obleas con fábulas que me gustaba coleccionar y hoy forman parte de la pequeña biblioteca de mi sobrinita (heredera natural de todas mis chucherías).

    Abrazos :)

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  5. Anónimo13/8/11

    Lo importante es que se dio el gran gusto escritora Lilymeth. Hermoso su nombre.
    Enternecedora historia.
    Besos
    Clara Sandoval

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  6. Ahora que el trabajo no abunda, esto que cuenta acaba siendo una buena idea para un microemprendimiento. Tomo nota.
    Mi golosina favorita era una bolsita amarilla que venía con sorpresas y muchos caramelos, en el frente tenía un topo orejon pero no era el Yiyo.

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  7. Me hizo recordar los tempranos afanes de micro emprendimiento de mi hija cuando tenía cinco años, aunque ella tenía miras a largo plazo: tener una casa propia grande para vivir con su mamá toda la vida. Me enternecía y apenaba que ella estuviera pensando en la forma de resolver las necesidades que los grandes no habían podido solucionar. Ahora todo es distinto, ya puede empezar a preocuparse sólo de sí misma, pero está creciendo y esa mirada ingenua y soñadora se ha ido también difuminando...ya empiezo a extrañar a mi pequeña.

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  8. Una pequeña mercader de sueños dulces.

    Entrañable evocación.

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  9. texto impecable y hermoso viaje en el tiempo.

    Un abrazo.

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  10. La infancia nos define de alguna manera. Creo que siempre, siempre, tras la mujer madura en que me he convertido, se esconde aquella niña de trenzas...
    Buen relato que nos ayuda a conocerte un poquito más.

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  11. La evocación de Lilymeth nos atrastra hasta nuestros propios pasados. Mientras leo su precoz aventura empresarial recuerdo con qué avidez y ansias desenvolvía cada dulce que llegaba hasta mis manos, que no fueron tantos, porque fue época de crisis, de una larga crisis.
    Mis preferidos eran todos, desde calugones, caramelos, paletas, sustancias y chocolates.

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