13 de agosto de 2011

Santiago, invierno y acero

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.
A la salida de tren subterráneo, no esperábamos de Santiago más que su invierno crudo y gris. Apostábamos a que el frío se colaría debajo de tu falda sin que las medias cumplan su cometido y que las temperaturas bajo cero llegarían a cada uno de mis bolsillos y dentro de mis zapatos. No queda otra alternativa más que arroparse por las mañanas como si se tratara de una armadura, aleonarse en el trabajo con dosis de café y sudar durante el reencuentro dentro del vagón del Metro, como si estuviéramos en pleno verano.
Al final de la escalera mecánica, donde acostumbran a ubicarse comerciantes de libros usados, frituras, artesanías, tortillas con chicharrones y seguidores de Khishna, cientos de golpes se vuelven un bullicio único, irregular y caótico. Pienso lo peor: porrazos dados por manifestantes sobre la reja de metal de la estación, imposibilitados de descender a las boleterías para refugiarse de la arremetida policial. En algún momento acabarían destruyendo los barrotes, corriendo escaleras abajo y pasándonos por encima, sin que nosotros pudiéramos levantar siquiera un brazo, consumidos por una marea humana, completamente ahogados. Pero nada de eso ocurre. Sólo se mantiene el ruido ambiente que crece mientras nos acercamos al exterior, sin comprender aún de qué se trata todo ese escándalo.
Atolondrado, busco dentro de mi maletín restos de sal y limón que puse en un pañuelo para protegernos del efecto de las bombas lacrimógenas. Tú haces lo mismo dentro de tu cartera, ese abismo cuyas coordenadas nunca logro descifrar. Todo es inútil. Le habíamos entregado nuestras provisiones de sal y limón a la hija en la mañana, al enterarnos de sus primeros pasos en subversión, participando con sus compañeros en la toma de su colegio, arrumbando sillas y mesas en las ventanas, cerrándoles el paso a profesores, inspectores, carabineros y hasta al alcalde, apostando por el todo o nada. Con preocupación, comentas que es mejor irse con cuidado, ya que ella siempre hará todo lo contrario a lo que nosotros, padres retrógrados y conservadores, le aconsejemos. Yo asiento sin aportar nada más. ¿Cómo llamar a una cordura en la que descreo totalmente? Nos resignamos a una caminata ahogada hacia el departamento y tú, de vez en cuando te refugiarás en mi hombro, desesperada de tanto ardor y lamentándote del barrio que yo te di para vivir, sin saber que todo Santiago es una caldera en esos momentos.
No estábamos preparados para un escenario diferente. Un poco de algarabía, algo de festejo, también de furia e improvisación. Unos con golpes rítmicos, semejando las batucadas de algún candidato al municipio o al parlamento, otros completamente fuera de compás, anárquicos y sin otro propósito más que alborotar la ciudad. Pero todos los golpes dados con fuerza, todos sin pensar en la pausa. Ollas, sartenes y cacerolas vibrando por el choque de cucharas, tenedores y cuchillo. Por lo visto nadie se molesta ni se siente invadido, cada uno hace valer su derecho a ocupar un lugar en esta orquesta dirigida por un director esquizofrénico.
Al medio de la avenida Ricardo Cummings, en el bandejón que separa las dos pistas de vehículos, tres muchachos intentan mantener viva una fogata, animando al resto para hacer un barricada que impida el paso de vehículos. Se ven solitarios, como náufragos en una isla. El entusiasmo está en el bullicio y en la nueva jugada que permitirá sobrevivir, mutarse entre medio de la protesta, no dar pie a la acusación de vandalismo ni pisar el palito del Ministro carcelero y sus perros sabuesos. Piensas en el lumpen, aquel fascismo con infiltrados que se deleita descerrajando cortinas metálicas de negocios, abriendo quioscos, saqueando departamentos, quemando basureros. Ellos saldrán con cualquier pretexto, te explico. Si no es el equipo de fútbol, serán las alzas, los empleados públicos, la educación o el medioambiente, aunque ninguno sepa dominar dos veces la pelota, comparar precios, estudiar el estatuto administrativo ni menos el calentamiento global.
Decenas de alborotadores se multiplican por calle Catedral hacia el oeste. Copan la vereda, el medio de la calle, el frontis y el jardín de la parroquia Capuchinos, la estatua del Padre Pío, la casona del Colegio de Profesores. Se extienden por Manuel Bulnes hacia el norte, en dirección al Mapocho y el ímpetu no decae. Algunos vecinos se asoman a los balcones y otros se congregan en la entrada de los cités, cada uno con sus instrumentos aferrados a sus manos. Nosotros pasamos a su lado, aún sorprendidos de esta puesta en escena tan coordinadamente imperfecta. Nos preguntamos por la convocatoria y la ausencia de las Fuerzas Especiales, cuyos agentes parecen preparados para la guerra y que arrasan con todo a su paso. Andarán correteando insurgentes en la Alameda, pensamos.
Te hablo de los estudiantes, de Camila y Giorgio, los que tienen desde hace meses al país alborotado, con una nueva forma de manifestarse, de hacerle una nueva finta al gobierno, la cultura subversiva mutándose para sobrevivir y continuar estirando la cuerda. Pero no son sólo ellos. Ahora se suman familias completas. Niños de dos, tres años con sus pailas de cobre y una cucharita de té. Para ellos es un juego, mas no para sus padres. A éstos los veo sombríos, agotados, con una pequeña llama de ira dentro de sus ojos. La culpa es de las deudas, las tarjetas de crédito, los precios de los medicamentos, las eternas esperas del transporte público, malos sueldos, horarios leoninos y, por sobre todo, una educación mediocre y cara para sus críos.
Más adelante, adolescentes con ganas de algarabía y deseos de pasar un momento hedónico, desordenan más el ritmo, como si se tratara de una fiesta al aire libre. Jubilados con sus nietos criados a la fuerza, nacidos sin planificación familiar, por el consejo de la iglesia, entregan otro par de notas a esta partitura improvisada. Algunos avanzan en dirección contraria a la nuestra, otros arman su propio punto estratégico en la antigua biblioteca anarquista Saco y Vanzetti, en la Casa Chilota, en la puerta del consultorio público Ignacio Domeiko. Nos buscan con la mirada para corroborar nuestro asentimiento, yo sonrío, levanto el pulgar y tú contemplas en silencio, preocupada.
Cambiamos el frío por un calor sofocante. Es la caldera social, donde no se hace necesario levantar las palmas de las manos para sentir la llama quemante que aumenta su radio de alcance. Al menos por ese momento, olvidamos nuestros dramas diarios y nos volcamos al pasado. Te comento de cómo hace más de veinte años una explosión de dinamita derribaba una torre eléctrica y se remecían ventanas, paredes y puertas en el vecindario de Puente Alto. Oscuridad total. Más adelante venía el sonido metálico multiplicado en un horizonte imaginario, un clamor bullicioso y contundente en contra de la dictadura de Pinochet. Por orden de mi padre, todos ocultos en el fondo de la casa, manifestando la rabia en contra de ese poder intolerable, junto con cientos, miles de hogares reproduciendo la escena: cucharas golpeando cacerolas. Mientras las calles eran patrulladas por milicos pintarrajeados con corcho quemado, estilo comando, portando fusiles y revólveres cargados, dispuestos a usarlos a quemarropa. Me dices que en tu ciudad eso no se vivió, toda esta protesta es una novedad para ti. Ahora el asunto es contra Piñera, y temes que todo termine mal, mejor llegar a casa y reencontrarnos con la hija. Es contra Piñera y sus socios pinochetistas, te recuerdo y tú levantas los hombros. No eres responsable de aquello, pero aún así todo puede terminar mal.
A medida que avanzamos el concierto caótico continúa. En la esquina de Santo Domingo con Rosas, aceras, casas antiguas, edificios de departamentos, negocios de abarrotes, locales de internet y de llamadas de larga distancia repletos de manifestantes con sus armas de acero inoxidable. Los quiltros no quieren perderse la posibilidad de jolgorio, saltan, corretean y ladran como uno más en la protesta. Los inmigrantes observan con curiosidad, el país los explota pero también los observa. No quieren problemas, ya tienen bastantes en esta ciudad hostil.
La Plaza Yungay vuelta escenario de un carnaval, un sonido multiplicado por todo el resto de Santiago. Coreografías bufonescas alrededor del monumento de piedra en homenaje al Roto Chileno, una danza tribal, el regreso de nuestra sangre Picunche rebelde, si es que alguna vez existió aquello. ¿De qué se trata todo esto? ¿Será la nueva cuestión social, el despertar del pueblo que tanto clama el historiador popular Gabriel Salazar?, me pregunto, intentando buscar respuesta en los libros leídos y que acumulo en el suelo del departamento, porque ya no nos caben en la repisa. Es gente que está harta de que la pasen a llevar, me contestas. ¿Dónde nos ubicamos nosotros?, te pregunto. Sí, ¿dónde nos ubicamos nosotros?, me replicas.
En tus ojos veo el reflejo de una cacerola golpeada por una cuchara.

12 comentarios:

  1. Luisa López13/8/11

    Qué momentos los que viven por allá. Algo bueno saldrá? Quién sabe, vale la intención. La están rompiendo!

    ResponderEliminar
  2. Anónimo13/8/11

    Me recuerda el libro que compramos juntos en Valparaíso, en esas vacaciones de cuentos de Onetti. El de Carlos Franz sobre la muralla enterrada.
    El recorrido ahora es el pueblo que se manifiesta, que avanza por la ciudad como avanza la mancha voraz, pidiendo explicaciones, exigiendo cambios al cambio que prometió uno de los hijos de Pinochet: Piñera, a quien ni su nariz de tony le ha servido para salir de ésta.
    Es la ciudad como escenario de la rabia, el dolor, la tristeza comprimida.
    Abrazos, compañero de ruta.
    JP Jiménez

    ResponderEliminar
  3. Anónimo13/8/11

    Dan ganas de irse para Santiago. Acá en Lima la cosa está mucho más tranquila. Gracias por compartir sus experiencias escritor Rodríguez. Hermoso blog, lo voy a recomendar.
    Besos
    Clara Sandoval

    ResponderEliminar
  4. Buena crónica, sr. Rodriguez. Casi parece que hubiera estado ahí. Lamento no estar muy enterado del tema, lamento también que los medios de mi pais se refieran tan escuetamente del tema puesto que es más que interesante.

    ResponderEliminar
  5. Anónimo14/8/11

    La sartén tiene restos de comida?

    ResponderEliminar
  6. Desde que tengo uso de razón me gusta ver con atención toda manifestación social sin importar su causa, ya sea por tv o in situ. Averigüo y pregunto, pero sobre todo veo en detalle el cuadro.. Como lo contás puedo verlo y casi sentirlo, no.. mejor percibir a través de tus pensamientos organizados en estos párrafos.
    Me quedé pensando, tras leerlo varias veces, que si no fuera porque me he dejado sobreproteger me habría encantado meterme en esos asuntos y dar batalla! Habrá sido mi cobardía encubierta? No, pues aún no lo descarto y en cualquier momento me sumo a la primera causa que considere justa sin atender a los que me dicen que nada vale un piedrazo en la cabeza. Me vale a mí y es lo que importa, por eso concuerdo con lo que observás con respecto a los infiltrados, los violentos que actúan de manera irracional en este como en otras situaciones. El obrar indómito de estos personajes no pueden opacar las razones de una protesta, no lo acepto. Este tema me recordó al famoso cacerolazo que hicieramos los argentinos previo a la "huida" de De la Rúa. Como habitante del conurbano bonaerense, natural proveedor de manifestantes pagos, sé que muchos fueron movilizados pero también se puede observar en los rostros que fueron difundidos por los distintos medios que varios no lo eran y por ellos como también por las circunstancias dadas en ese momentos creo que fue aquel un momento que no se debe olvidar.. (uff).. A tantos años de aquello.. sirvió para algo? cambiamos en algo? Algo y espero que a uds también. Ultimo detalle (prometo) los carabineros se ven a lo lejos de temer.. uy!

    Abrazos y cuidate.

    ResponderEliminar
  7. Anónimo14/8/11

    Este país se está volviendo a llenar de comunistas. ¿Cómo se alimentarán los chilenos si están todos haciendo fogatas y gritando como orangutanes?
    Hay que pensar en todos aquellos que no tienen capacidad de presión política y que son la mayoría. Son ellos verdaderamente los que más sufren con el humo, los griteríos, los apagones, las lacrimógenas y la escasez de víveres.
    Atentamente
    Luigi

    ResponderEliminar
  8. Un panorama plagado de entusiasmo es el que se vive hoy en Chile. La revolución de las cacerolas es más festiva que desesperada. Los chilenos no tienen hambre ni sed de libertad, sino que tienen la soga económica al cuello con tanto endeudamiento, con tanta usura y tanto aprovechamiento de los grandes empresarios. Los torpes peleles fascistas que dirigen el gobierno, por su parte, no hacen más que echarle bencina a las hogueras del hastío.
    Una descripción vívida de las callejas santiaguinas, como si acompañáramos a un Céline perplejo ante tantas cosas absurdas.
    Sólido, amigo Rodríguez.

    ResponderEliminar
  9. Gracias Luisa, JP, Clarita, Daniel, Lorena, Luigi y Muzam por su lectura y comentarios. Si esta crónica le permitió conocer una realidad, pensar sobre ella y discutir, me daré por satisfecho.

    Un gran abrazo a nuestros amigos que nos leen más allá de nuestras fronteras. Sigan acompañándonos.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  10. En Chile hay quienes manejan autos que valen más de $70 millones, mientras otros se endeudan hasta las canillas para educar a sus hijos.
    Así, ¿cómo no va a haber descontento? La desigualdad es escandalosa en este país. Por eso, me alegro mucho que haya surgido este movimiento, que espero no deje de crecer. Necesitamos una sociedad más justa, sin presidentes empresarios que encarnan precisamente todo lo que ahora se rechaza.

    ResponderEliminar
  11. Una crónica impecable, disfruto mucho leerlo. Ojalá las cosas mejoren por allá.
    Saludos.

    ResponderEliminar
  12. Anónimo23/8/11

    ¡Comunistas! ¡Han llegado los comunistas!

    Dino

    ResponderEliminar

*