30 de octubre de 2011

Ahogado de presente

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.

Hemos visto, a instancias mías y con el asentimiento de Galia, por segunda vez la última película de Woody Allen “Medianoche en París”. Aun a riesgo de que en el futuro este dulce acuerdo se convierta en una acusación de troglodita impositivo, de todos modos mantuve la decisión de repetir la espera en la fila, así como la compra de boletos en la ventanilla y de palomitas de maíz en la tienda oficial del cine. También hice bis yendo al baño antes de ocupar un asiento y dejarme llevar por las imágenes de antología del cineasta de gafas, con la cabeza de Galia posada sobre mi hombro. Sin embargo, ni siquiera esta cercanía me sirvió para conocer lo que de verdad pasaba dentro de ella.

Aunque descreo que un libro, una película o una canción pueda cambiar la vida de alguien, pues el efecto de ensoñación dura apenas un instante -más breve o más largo, pero siempre un instante-, al menos esta cinta me provocó cosquillas debajo del sombrero. La historia de Gil Pender, aspirante a escritor y guionista de profesión, que siente renacer su vocación literaria durante una visita a París ante la incomprensión de su novia, la perplejidad de sus suegros y la intromisión de un pedante intragable, logra tocar las fibras de quienes se dedican a juntar letras, palabras y frases.

Imagino a tanto escribidor elucubrando con lo que dirían de su propia obra los autores clásicos, esos que fueron los inspiradores de su vocación literaria y que ahora son tumulto dentro del panteón. O acceder, en vivo y en directo, aunque sea por sólo un instante, al origen de esos universos creadores y compartir las pellejerías de su tiempo como si fueran propias.

Cuántos, al igual que Pender, se han sentido ajenos a la época que les ha tocado vivir, ahogados de un presente intragable pero, al mismo tiempo, hambrientos de un pasado que al conocerlo sólo de referencias –en su mayoría literarias y, por cierto, distorsionadas- se proyecta como maravilloso.

Claro que la identificación con Gil Pender no impide percatarse de ciertas diferencias, como por ejemplo, que su novia sí tiene interés en leer el borrador de su novela sobre un personaje que posee una tienda de juguetes antiguos. Pender escribe guiones de películas para Hollywood y yo ni siquiera lo hago para los culebrones. Por lo general, escucho con suma atención las opiniones de los pedantes –aquellos que Galia tiende a mirar obnubilada y con su boquita sin cerrar- para acabar torturándome ante el futuro que se avecina.

Tampoco he viajado a París, sino sólo a Buenos Aires, con Galia y un amigo de ella al que sólo le faltó instalarse dentro de nuestra pieza de hotel para planificar el itinerario del día siguiente (si es que no lo hizo durante mis paseos solitarios por la plaza Roberto Arlt y en ese punto vienen las coincidencias con Pender).

Si soy sincero, mucho antes de la película de Woody Allen recibí una poderosa lección respecto de la inutilidad de vivir añorando una época pretérita y desconocida. Fue en voz de un taxista de edad avanzada cuyo automóvil abordamos con Galia en la Alameda. No recuerdo cómo salió el tema del Santiago de Chile de hace décadas, con tranvías, carruajes, trenes y cacharritos circulando por sus angostas calles, además de casas de adobe, negocios de esquinas, aire puro, vida tranquila.

Le comenté a Galia, con la idea de impresionarla, que me habría encantado nacer en esa época y no en ésta, con una ciudad tan sombría y banal. Galia me replicaba con el tema de las comodidades, los amigos y yo pensaba en su plancha de pelo, los happy hour y su facebook.

El taxista nos interrumpió para decirnos que no estaba de acuerdo conmigo. Él había vivido su infancia en esa ciudad en blanco y negro y su recuerdo era distinto a mi ensoñación. “¿Sabe usted a lo que olía Santiago antes de la llegada del smog? A excremento. Sí, amigo, todas las calles estaban pasadas a excremento. Las familias tenían uno o más caballos y los guardaban en las entradas de las casas. Así que imagínese el olorcito en las calles y en los comedores”.

Dejé a Galia en el departamento y salí, al igual que Gil Pender, a caminar por la ciudad. A diferencia de él, pasada la medianoche no me topé con mis autores de cabecera, sino sólo con peatones desconocidos, basureros tumbados, bocinazos y baches en el cemento.

11 comentarios:

  1. Es algo así como ponerse los anteojos de Céline en lugar de los de Coelho o Juan Ramón Jiménez. Y su Galia, su obsesión, su noche, su condena.

    Ya vuelvo, amigo Rodríguez, con un comentario más pertinente.

    Saludos.

    ResponderEliminar
  2. Inevitablemente, tu escrito me retrotrajo a otras historias de escritores disconformes con sí mismos, con sus circunstancias y con su época, y que sienten que su pesada existencia se les hunde poco a poco en las arenas movedizas del tiempo. La certeza de que serán reconocidos no se vislumbra por ningún lado.

    Escasamente los cercanos de un escritor reconocerán su valor como creador ni menos aun la imprescindible ritualidad para llevar a cabo tal creación, a menos que pertenezcan a una familia y a un círculo de intelectuales con larga tradición en la escritura.

    ¿El resto? Estamos condenados a que nos traten de inútiles, vagos, comunistas, amargados, desadaptados, soberbios y esas cosas.

    ¿El pasado? Pues, tuvo sus cosas buenas, y multitud de cosas malas, pero la idealización vuelve todo color de rosas. Fue algo muy similar, pero de otra forma, a como funcionan hoy día las cosas. El gilipollismo de la codicia y la envidia sigue ensuciando todas las convivencias.

    Tu escrito me hizo recordar también la película Deconstructing Harry, del mismo Woody, donde un escritor contaba con lujo de detalles y sin ningún disfraz cada una de las infidencias de sus amigos, los desnudaba y lo que quedaba a la vista era bastante poco grato. De alguna forma, siempre hacemos eso, pero al menos le agregamos maquillaje o le aplicamos cirugía plástica a nuestros involucrados para que no parezcan tan insignificantemente miserables como lo son en la realidad.

    No puedo dejar pasar el recuerdo del decadente y muy fracasado escritor interpretado por Peter Coyote en Bitter Moon, de Roman Polanski. Un tipo que ya había pasado los cuarenta sin haber conseguido publicar nada.

    Las historias son tantas amigo Rodríguez, pero sin duda que esta historia que cuentas es muy particular, porque hieres a varios pájaros de un tiro, y sobretodo porque haces retornar a Galia, que ya se ha transformado en un personaje recurrente en tus escritos, al estilo de una irresistible dalia negra.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  3. La fría y solitaria noche, plagada de basura y excremento, de luces y sonámbulos. Siga así, señor Travis.

    Saludos

    ResponderEliminar
  4. Ni pasado ni presente, que diablos!!, pero en este espacio sí se le reconoce. Excelente Claudio. Saludos.

    ResponderEliminar
  5. Ludmila Alonzo30/10/11

    Todo tiempo pasado fue mejor, así dicen los abuelos y se equivocan groseramente. Nada mejor que el presente para planear un futuro que es el mejor de los tiempos para soñar.

    ResponderEliminar
  6. Brisa de Primavera31/10/11

    Nos ahoga el presente cuando perdemos la esperanza en el futuro. Ud. no debería pensar ni en lo uno ni en lo otro, como amante de lo eterno debería escribir pensando en lo trascendental. Tan solo disfrute del instante. Animos!!!

    ResponderEliminar
  7. Aun recuerdo exactamente el día en que fuiste a verla por primera vez y lo contaste por chat. Más que los detalles argumentales recuerdo la emoción con que te expresabas y cómo te sentiste identificado con el personaje de Owen Wilson, por eso no deja de sorprenderme que en esta ocasión nos cuentes de ella con un dejo de tristeza.. Sin embargo, comprendo a lo lejos y salvando las distancia que hay entre nuestras vidas, que el presente parezca tan agobiante que den ganas de fugarse con el pensamiento a otros lugares que a lo menos ofrecen esperanza en su improbabilidad. Comprendo y me aferro al ensueño pese a que a los gritos los que están a lado me quieran despertar.. Ya, a mí también me tienen cansada con la demanda constante de poner los pies en la tierra.. No quiero!!
    Desde entonces me contagiaste la emoción y busco ese título en las cartelera de mis cines sin éxito pero no lo dejaré de intentar, si no la consigo me la voy piratear!
    Por cierto, Galia.. mira desde esa foto con una expresión tan real.. o es mi imaginación?

    Abrazos!!!

    ResponderEliminar
  8. Muchas gracias queridos amigos Muzam (por partida doble), Qaseen, Gladys, Ludmila, Srta. Primavera y, por cierto, Lorena. Una de las cosas que más me motivan de subir estos gemidos a Plumas son sus interesantes comentarios. Leerlos me genera una curiosidad y placer enorme. Por lo demás, tienen un alto poder terapéutico. Ya que no puedo pagarles, solo que queda decirles que les estoy muy agradecido.

    Un abrazo.

    ResponderEliminar
  9. Puedo hacerme la idea de lo que se siente ese ahogo cuando estoy en el silencio de mi casa y todos duermen. pero no recuerdo lo que es ver una buena película en buena compania, eso ya está tan alejado de mi rutina que ni me lo puedo imaginar. tiene suerte despues de todo, alegrese.

    ResponderEliminar
  10. Anónimo4/11/11

    Todo tiempo pasado fue mejor, solían decir nuestros padres y abuelos. A este la del paraíso siempre hizo más frío que en el otro.

    Saludos Rodríguez.

    ResponderEliminar
  11. Muy buena película, la vi hace poco. Ingeniosa forma de asociarlo a lo personal y particular.

    ResponderEliminar

*