20 de octubre de 2011

Los libros: combustible para las fogatas del futuro.

JORGE MUZAM -.

Mi sueño de tener hijos lectores se está esfumando. Es verdad que ya a sus cortos años han leído con gusto y por su cuenta muchos libros. Pero no sé si atribuirlo a que están arribando a una edad difícil o que simplemente este tiempo que les tocó vivir es muy diferente al que me tocó vivir a mí, pero la situación objetiva es que desde hace tiempo ningún libro sale de las estanterías que les he acomodado. No son muchos libros, porque la gran mayoría sigue dentro de sus cajas de cartón, a la espera de que podamos construirles una biblioteca adecuada.

A veces pienso, (y este pensamiento es cada vez más recurrente) que mis libros no me sobrevivirán. Mis libros son para el resto un montón de escombros que ocupan espacio y acumulan polvo. Temo también que la enorme biblioteca de mi abuelo, con sus varios miles de libros, con sus propios incunables, sus ediciones de lujo, sus colecciones perfectas y multitud de primeras ediciones, terminen    sirviendo para avivar las fogatas de los ignorantes del futuro. O quizás se vayan en la basura, porque a alguna cuñada, sobrina o yerno les molestará su presencia. Quizás los vendan al lote y a precios irrisorios para deshacerse de ellos. Porque parece ser que los libros no los valora nadie más que el propio dueño.

Algo parecido me sucede con mis libros. Deben ser unos mil quinientos, porque por falta de espacio y continuos cambios de domicilio me he tenido que deshacer de un montón. Los que aun quedan conmigo ni siquiera tienen valor monetario, al menos no para lectores comunes, pues la mayoría los compré en ferias callejeras a lo largo de muchos años. Tengo eso sí una edición de lujo del Quijote. Era de Amparo. No alcancé a devolvérselo cuando nos separamos.

Desde pequeño soñaba con tener una biblioteca que llegara hasta el techo y que cubriera todas las paredes. En mi casa campestre no habían más de diez libros viejos que estaban allí quizás desde qué antepasado. Había una biblia del 1800 forrada en terciopelo, un libro de cocina internacional de mi mamá, dos libros de preparatoria de los tiempos de Aguirre Cerda y un sexteto de Selecciones del Readers Digest que eran mi repetitivo manjar de las tardes. Todos me los sabía de memoria.

En casa de mis abuelos, sin embargo, los libros andaban por cientos y miles. Como no podía sacarlos de allí, aprendí a leer y comprender con la velocidad del rayo. Así fue como devoré las biografías de Churchill, de  Napoleón,  de Einstein, de Eugene O'Neill, de Goethe y  de Hitler, entre otras, ya antes de cumplir los ocho años.

No sé qué sucederá más adelante. Mis hijos tienen grandes sueños. Quieren llegar a ser los mejores ingenieros civiles y odontólogos. Pero el noventa por ciento de mis alumnos quería lo mismo. Todos soñaban en grande, pero casi nadie estaba dispuesto a construir la plataforma que los conduciría a ese fin. Sentían flojera hasta de abrir un folletín de historietas.

A ratos pienso que en el futuro sólo existirán olimpiadas de Nintendo y Play Station.

6 comentarios:

  1. Nuestros objetos queridos, esos tesoros cargados de emociones y recuerdos de los que nos cuesta desprendernos.. qué bien lo contás. Se entiende por la forma en que lo expresás.. digamos que se siente. No es mi costumbre, no tengo muchos objetos de mi afecto materiales, sino que por el contrario tiendo a ser desprendida pero cada quien tiene su quere depositado donde el espíritu manda y se respeta!

    Saludos.

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  2. Mejor no incinerar ningún sueño, lo digo por experiencia. Tiempo al tiempo, paciencia! Por ahí los nietos le sorprenden con un desmedido amor por la lectura como el suyo.

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  3. A veces, querido amigo, en las noches de insomnio, que cada vez son más, a solas en mi biblioteca, me pregunto también qué pasará con ella cuando yo no esté. No es sólo que nadie lea ya, Jorge, sino que los pocos que leen algo más que las instrucciones de la X-Box se inclinan hacia el libro electrónico.
    Me siento como un viejo sacerdote ante los antiguos pergaminos manuscritos justo cuando Guttemberg inventó la imprenta.
    ¿El libro como tal ha muerto o resucitará como lo está haciendo ahora de nuevo el vinilo en el mundo de los discos musicales?
    No lo sé. pero por si acaso y antes de que mis libros sean vendidos por cuatro perras, estoy evaluando la posibilidad de que sean donados a la biblioteca de una escuela donde sean más útiles o que sean incinerados conmigo, como si de un viejo faraón se tratara y me llevase mis más preciados tesoros al más allá.
    Un grandísmo abrazo, Jorge.

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  4. Marina22/10/11

    Decia Thomas Hobbes: "Al deseo, acompañado de la idea de satisfacerse, se le denomina esperanza; despojado de tal idea, desesperación." No pierda las esperanzas.

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  5. Este texto que escribí espontánea y directamente en el blog (como lo hago con casi todos los textos últimamente), lo pensé titular simplemente como Desaliento. Es lo que sentimos a ratos cuando nuestros sueños se van cayendo medio borrachos de pena a las zanjas del camino. Pero luego recapacité y llegué a la conclusión de que no tengo por qué involucrar a nadie más en las cosas que valoro. Mis deseos, mis expectativas no son más que arbitrariedades mías. Cada persona es distinta, su tiempo es distinto, sus circunstancias son distintas. El que los quiera los tendrá a su disposición cuando yo me vaya de paseo a la nada.
    Y no es que acumule libros por acumular, pues soy un severo Torquemada de la escritura. Pero hay libros que quiero infantilmente, como si tuviera cuatro años y ellos fuesen mis autitos de madera.

    Un fuerte abrazo mis queridos amigos de siempre.

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  6. Sofía5/11/11

    Así como el árbol se fertiliza con sus hojas secas que caen y crece por sus propios medios, el hombres se engrandece con todas sus esperanzas destruidas y con todos sus cariños deshechos.

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