9 de mayo de 2013

El antibiótico paterno

LAURA FERNÁNDEZ CAMPILLO -.

Es curioso cómo mi padre ejercía de calmante de mi mente: con un abrazo, con una sonrisa o un chiste, eligiendo según la situación. O más que calmante, incluso en alguna ocasión ejerció de antibiótico, como sucedió el día en que mi primo Gonzalo tomaba la primera comunión. Llevaba meses esperando el gran evento. Mi primo, que era dos años mayor que yo, se convirtió, desde que ambos tuvimos uso de razón, en mi gran aliado, un referente, un modelo a seguir. Todos los chicos del pueblo lo seguían, porque tenía ese carácter de liderazgo que convierte a las personas en poseedoras de un carisma especial, como dándoles una responsabilidad para con aquellos que se sienten simplemente seguidores. Y para mí, su prima pequeña, era, además de protector, ese hermano mayor que siempre quise tener y nunca tuve.

Me defendía más allá, incluso, de las disputas potenciales, de aquellas que se quedaban en un simple comienzo porque Gonzalo no daba lugar a que subieran de nivel. Y cuando algún valiente se atrevía a gritar en alto “ahí va Gonzalo con su novia”, él se paraba en seco, los miraba bien de frente e inquisidoramente, y zanjaba la cuestión con un “¡es mi prima, idiota!” que los dejaba callados durante semanas.

Y fue el primer domingo de mayo de algún año lejano en el que él tenía ocho años, y yo la increíble suma de seis, cuando tomaba la comunión. Para mi desgracia, justamente dos días antes del evento, comencé a sentir unos extraños picores que predecían una inminente varicela, hasta que aparecieron los primeros granos que confirmaron la enfermedad y alejaron la predicción. La fiebre fue subiendo como los artículos de Marilyn Monroe en una subasta, hasta llegar a la temible barrera de los cuarenta grados. Mi madre, agotada ya de subir y bajar las escaleras para enfriar toallas que poner en mi frente y axilas, optó por llamar a don Ramón, el médico de Martínez, que acudió raudo y veloz, como solía hacer en esas ocasiones, más que nada porque no se producían muchas y estaba ansioso de ejercer su profesión, vocacional y disfrutada como pocas conocí. Después de hacerme un reconocimiento intensivo, confirmó lo que todos ya sabíamos: “tiene varicela”, dijo; pero, al parecer, para mis padres fueron unas palabras más que necesarias y tranquilizadoras, puesto que, según dicen, más vale enfermedad infantil conocida que enfermedad infantil por conocer. Y cuando salió de allí don Ramón orgulloso de su hazaña, entró en la habitación mi padre diciendo: “eso no es nada, hija, eso lo tienen todos los niños. Además, mejor que la tengas ahora, que si te viene cuando seas mayor se complica mucho”. Nunca supe si fue don Ramón el que había informado a mi padre de aquel documento médico, o si él mismo tenía este dato previamente, lo que sí es cierto es que me calmó al instante saber que el resto de niños también sufrirían mi suplicio, y a los pocos minutos fue bajando la fiebre. Tanto así, que al llegar el día de la comunión del primo Gonzalo, me encontraba mucho mejor y, al menos, pude asistir al banquete y gritar“¡viva el novio!” con el resto de mis primos, que era casi lo que más ilusión me hacía de todo.

Aquel momento fue el primero de muchos otros que se sucedieron afirmando el efecto analgésico, antibiótico y anestésico de las palabras de mi padre en mi cuerpo. Sin embargo, en mi madre parecía producir el efecto contrario, porque la escuché mil veces decir, como para sí misma: “tu padre me pone mala”.

Ilustración: © Cecilia Varela

11 comentarios:

  1. Una evocación precisa, emotiva, circular. La vida simplemente, que sigue junto a nosotros en un eterno presente.
    Un padre analgésico, protector, cariñoso, incondicional. Es lo que todos queremos o hubiésemos querido tener en su momento.
    Formidable expresión de vida, mi querida Laura.

    Un abrazo

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  2. Ludmila Alonzo23/1/12

    No cabe dudas que para las mujeres la voz protectora del padre juega un rol fundamental en el desarrollo, es autoridad y amor juntos. Todo lo que diga se acoje en el corazón de una forma muy especial. Eso es en la mayoría de los casos.
    Hermoso, saludos desde Uruguay.

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  3. Rocïo23/1/12

    Buena historia. Se siente cada palabra.
    Saludos

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  4. Detrás de este aparente simple relato se esconde, sin duda, una joya literaria. Una evocación suave como el curso de un río de aguas mansas. Ya lo dice la frase: "Cuídate del agua mansa".
    Saludos y felicitaciones.

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  5. Arturo Sanhueza Vega23/1/12

    Bella forma de narrar. He leído tantas historias sobre padres violentos, borrachos, que abandonan a su prole a su suerte, padres indolentes, mujeriegos y perdidos, que leer tu historia me ha emocionado.
    Hay padres, y quiero creer que son la mayoría, que sólo merecen palabras tan nobles como las tuyas, Laura.

    Ha sido muy grato pasar por aquí.

    Bendiciones

    Arturo

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  6. Simple, simplemente bello. Es cierto, para muchas mujeres las palabras de papá calman las ansias y hasta los dolores. Lástima por las que no tienen la dicha de tener a su padre o una relación así. El amor paternal es unico e invaluable.
    Un abrazo y mis felicitaciones.

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  7. Gracias por los comentarios; son sabrosos y llenos de esa cosa que mantiene el mundo: generosidad. Ciertamente el amor paterno es algo que debería poseer todo el mundo; sin embargo, si se carece de él, -yo lo pedí muy pronto-, también su ausencia ejerce de maestro del amor, a su forma...
    Abrazos

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  8. Y a través de tus palabras, abrimos inevitablemente una ventana hacia nuestras propias vidas, mi Laura. Te leemos y sentimos y al mismo tiempo nos vemos y evocamos. Mi ventana evitó mi propia infancia porque del otro lado no había sino un paisaje antártico. Mi ventana abrió más bien hacia mi relación con mi propia hija pequeña, y donde los momentos compartidos se dieron de forma muy similar a la narrada por tí. Espero haber sido un buen antibiótico para ella todo el tiempo que pude estar a su lado.

    Un abrazo grandote mi querida amiga.

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  9. Mi querida amiga, Laura, quê bueno es leerte. Siempre lo haces tan bien que cuando veo algo tuyo, corro a ensimismarme en tus coordenadas mentales, que son de alma, corazón y vida. Este tema de la relación con el padre me toca hondo. Mi padre era de Castropol, Asturias, y vivió en una casa humilde pero muy pintoresca frente a la ría del Eo. Llegó a Cuba a los 14 años, y unos 70 años más tarde yo hice su misma trayectoria en un viaje inverso, y fui a parar a aquella casa y a dormir en el mismo cuarto que hubo de dejar cuando era un adolescente. Me sentaba todos los días frente a la misma ventana que veía en las fotografías que êl me enseñaba siempre, para hablarme con orgullo de su casa y de su ría... Como ves, tu historia me ha tocado fuerte, comparto tus sentimientos y te doy un abrazo así de grande, tu amigo Manuel

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  10. Querida Laura,

    Tengo a Olivia de ya 5 años. Cuando miran tele con su amiga, eligen "ser" una de las chicas del programa, la rubia, la morocha, y así lo ven, identificandose. Sin eso, no se molestan en mirar. Leyendo tu cuento, yo "soy" tu papá, sin duda. Al menos quiero serlo para Olivia. Y en tu efectivo remate, me pregunto "Seré ese para Celina?"...me gustó mucho y espero leer tu libro, no? los adelantos son bienvenidos...besos jose halac

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  11. Cuánta buena gente por acá! Bueno, José, espero que pongas igual de buena a Celina que a Olivia... y seguramente sea así. Un honor tu visita por esta página y te mando un fuerte abrazo para esa familia hermosa.
    Querido Manuel, sabes el cariño que te tengo, y me alegra haberte podido traer algún buen recuerdo a la memoria. Tu vida es de esas que merece la pena ser descritas al detalle, y si es con tu pluma, pues el resultado ya lo conocemos. Te mando un fuerte abrazo.
    Querido Jorge, solo nos conocemos en la distancia, pero permíteme decirte que se te siente de lejos que eres un padre antibiótico, sereno y protector. Este tema a muchos nos toca como algo agridulce: por ausencia, por frialdad, por presencia o por calidez... pero todas ellas no dejan de ser caras de la misma moneda... Un besazo Jorge

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