6 de enero de 2012

Juan sin miedo


LILYMETH MENA -.

Todos tenemos algún miedo que, cuando se lo permitimos, nos impide incluso dormir, comer, respirar, vaya…vivir. Es dependiendo de nuestras prioridades o personalidad, el tipo de miedo que nos domina. Para algunos podría ser por ejemplo, no poder pagar la vencida hipoteca doble de la casa, para algunas mujeres será si el marido llega o no llega a dormir esta noche. Si ya son demasiado notables las arrugas debajo de los ojos. Si ya no pueden tener más de dos erecciones en una noche con la amante. Otros tienen miedos muy distintos. Como si el hijo llegará sano y salvo a la universidad que se encuentra en otra provincia. Si el recién nacido no dejará de respirar mientras duerme. Si el abuelo sobrevivirá el invierno.

Comprendo ahora que dentro de nuestra naturaleza humana, vienen incluidos los miedos. Algunas personas pueden vivir conscientes de ellos pero sin hacerles gran caso, otras viven teniéndolos siempre en mente pero sin dejar que crucen ciertos espacios, otros, vivimos (o intentamos), dejando que se apoderen de nosotros, hasta el punto de transformarnos en alguien desconocido incluso para nosotros mismos.

Durante la mitad de mi vida me la pasé imaginando lo que sería mi vida cuando perdiera un ojo o los dos. Y así, a modo de juego como hacen los niños, cerraba los ojos cuando me encontraba sola en casa y torpemente intentaba hacer cosas usuales como servirme un vaso de leche o caminar de la cocina al baño sin tropezarme con los muebles.

Siempre terminé por aceptar mi poco talento para sobrevivir y que la inutilidad es el don de las personas privilegiadas.

En ocasiones entraba en la ya conocida y buena amiga depresión, suponía que sin ver la vida no sería vida y que igual la muerte sería mejor que ser un bulto dependiente. Un estorbo para los otros. Detestaba pensar que la gente pudiera tenerme lástima, como a un animalito atropellado que le quedan sólo tres patas buenas.

No sé si sea asunto de madurez, o que cuanto más viejos somos, más nos aferramos a la vida, pero la verdad es que me importa un rábano si la gente me ve como animalito incompleto.

Ahora que ha sucedido lo que yo siempre temí, y que por un instante, tan solo un instante, me miré en el fondo del abismo. Comprendo que esto que no me dejaba vivir plenamente no está tan mal. Ahora “veo” claramente y agradezco los pros de mi padecimiento. A falta de buena visión siempre he tenido un sentido del oído muy agudo, y un sexto sentido difícil de explicar pero que me ha salvado de muchas desgracias.

Ahora, con toda conciencia del futuro y ya sin miedo.

Sé que inevitablemente habré de perder el otro ojo, e igual, supongo que la vida me está dando la oportunidad de irme adecuando a un mundo distinto. De irme reeducando para vivir.

Recuerdo ahora con terrible tristeza, el momento en que mi padre fue diagnosticado en Oncología. El prosiguió con su vida y su rutina como si nada hubiese cambiado. Pero cuando venían visitas a casa lo escuché decir varias veces “Lo único que pido es vivir hasta los quince años de Grecia” (mi hermana menor). Papá murió a días de que mi hermanita cumpliera diez años.

Todos vivimos la vida creyendo que tenemos suficiente tiempo para graduarnos, casarnos, comprar una casa, pensamos que todos llegaremos a viejos, pero la verdad es que no todos llegamos.

Hoy, con la misma esperanza infantil de mi padre, espero que el ojo que me queda me dure unos cinco años. Tal vez sea pedir mucho y me dure apenas unos meses. Quizá la madre naturaleza sea piadosa y me permita conservarlo más de lo que yo pido. La verdad es que no lo sé y en realidad no me importa.

La razón por la que he escrito todo esto y por lo que vengo aquí a compartirlo, es que a modo de fábula, y suponiendo que yo fuera un animalito parlanchín, he aprendido la lección de mi vida.

Todo el mundo sufre. Todos temen. 

Lo peor que le puede suceder a un ser humano es vivir con temor. Ahora que yo ya no lo tengo, me imagino que viviré el resto de mis días siendo una especie de “Juan sin miedo”. Una criatura que no teme aventurarse a lo desconocido sólo porque es desconocido.

8 comentarios:

  1. Entiendo que no es fácil hacerse de toda esta valentía, de este casi desdén por el miedo, por todos los miedos. ¿Cómo lograrlo? Yo no lo sé. Yo entiendo, leo, comparto, apoyo, siento, pero yo no puedo deshacerme de ellos. Me atacan de noche, de día, me rebanan, me oscurecen la mirada. Siento miedo por los otros, por quienes quiero, no por mí. Mi único miedo personal es a perder la voluntad de guiar mis pasos, a la locura dependiente, a no saber cuándo debo pegarme un tiro.

    Has visto el mundo. Tu mirada estética de lo que te ha rodeado es inigualable y sé que perdurará con todo su colorido y orgullo y rebeldía y amor por siempre.

    Te quiero y admiro mucho, Lilymeth.

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  2. Todos tememos algo. Es así. Es parte de vivir. A través de los miedos nos protegemos, nos mantenemos a buen resguardo de los peligros, aunque muchas veces estos igual nos ataquen y nos coman vivos.
    Una confesión honesta, valerosa.

    Mis respetos.

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  3. Que genialidad conjugar fluidez del relato con profundidad de contenido. Me has dejado sin aliento, Lilymeth,me has hecho enfrentarme con mis propios fantasmas. Ahí donde hay una piedra, recojo un motivo para paralizarme por el miedo.
    Bienaventurados los miedosos porque no se librarán del terror a la vuelta de la esquina.
    Un abrazo.

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  4. Rubén Canetti6/1/12

    Miedo a perder el trabajo y a que nuestra familia se enferme. Creo que esos son mis miedos mayores.
    Hoy nos intentan meter el miedo del fin del mundo. ¿Será nuestro último año?
    Bello ejemplo de vida, señorita Lilymeth. Mucha fuerza.

    Saludos

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  5. A medida que visito nuevos hogares, que conozco a nuevas personas en distintos lugares, percibo que ciertos miedos se repiten, miedos e incertidumbres, como que la inflación y las recurrentes crisis económicas se engullan el poder adquisitivo de las familias más pobres, de los pensionados. Porque todo siempre sube de precio y la vida se vuelve más precaria en todos lados. La poderosa civilización tecnológica no es capaz de brindar paz, suficiente alimento ni esperanza a sus ciudadanos. La poderosa civilización tecnológica sólo empodera a los grandes grupos financieros, a los bancos, a los sectores que siempre fueron ricos.

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  6. Te compartes, nos cuentas de tu vida personal de un modo tan intimista y al vez narrativamente valioso, que aún a miles de kilómetros de distancia parece que estás tan cerca. Se te siente cerca.. se te comprende y se sufre con vos esta situación que te toca sobrellevar. Así cada palabra tuya conmueve y remueve.. revuelve la conciencia. Pensando en los miedos, leyendo los comentarios que anteceden quise hacer una clasificación interna de los propios y reflexionar acá sobre ellos.. pero me dio miedo. Me sorprendo comprendiendo que mi miedo más grande es no poder ponerle un parate a mi necesidad de hacer introspección, pensar demasiado las cosas y limitar mi capacidad de sentir. No soy de grandes razonamientos, no descubriré nada nuevo ni crearé nada espactacular, me refiero a la elucubración innecesaria en lo que respecta a las cosas más simples de la vida. Ese es mi miedo más radical por encima de los más clásicos como ser el bienestar de la gente que amo.

    Un abrazo enorme querida Lily.

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  7. Anónimo6/1/12

    ayyyyy Lilymeth, tanto que sufres y taaaaanto que te amamos....

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  8. Qué triste y conmoverdor lo que cuenta. Realmente lo siento, ánimos y fuerzas es un deseo sincero desde el corazón. Saludines.

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