9 de febrero de 2012

Alejandro Farías

GABRIEL PRACH -.

Alejandro Farías extendió el brazo y haciendo un gesto clásico con su dedo índice detuvo la micro. Con dificultad se subió. Eran tan estrechas las puertas y tan altos los escalones. Parecía que los constructores de estos vehículos todavía no se convencían que había gente gorda en este país. Con serio ademán pagó su pasaje al chofer, el cual ignoró su atención y aceleró de improviso, obligándolo a aferrarse desesperado al travesaño metálico, hasta cruzar por el pasillo e instalarse al lado de una ventana.

Era lo mismo todos los días: los pasajeros y sus miradas porque ocupaba dos asientos. Luego los cuchicheos y las risas ahogadas que surgían a sus espaldas parecían invadirlo todo. Alejandro sacó nerviosamente un pañuelo de su bolsillo y enjugó las gotas de sudor que resbalaban por sus sienes con tendencia a inundar su cuello. Trató de no escuchar, de no sentir y clavó su mirada en la ciudad indiferente que parecía congelarse con el invierno invadiendo sus calles. Allí afuera la gente desaparecía rápidamente, subiéndose el cuello de sus abrigos e internándose en estos desvencijados autobuses o en la hilera interminable de taxis que pasaban a llenarse en una frenética y continua demanda de pasajeros. Miró los árboles deshojados que semejaban cadáveres esperando sepultura y los anuncios de felices amas de casa con sus carritos de supermercado que ya no convencían a nadie. Miró también a un niño escupiendo el suelo mientras el tipo de traje de sastre maldecía con su celular pegado al oído, a una abuela entrando a un consultorio mientras un escolar encendía un cigarrillo recién comprado en el kiosco de la esquina, aledaño a su colegio.

Mientras, el autobús va veloz por la avenida atestada de tráfico. De pronto al llegar a una esquina lo sorprende la luz roja del semáforo y se detiene bruscamente lanzando su cabeza contra el vidrio lo cual provoca una sonora carcajada a su espalda mientras el chofer lo mira burlonamente por el espejo retrovisor. Alejandro Farías no se da vuelta, más bien mira hacia su costado rápidamente, hacia los otros pasajeros. Intenta una sonrisa que más bien parece una mueca. Trata de parecer amigable, pero una mujer de edad madura que está parada frente a él y que tiene el pelo exhausto de tanta manzanilla, lo mira detenida y acusadoramente. Lo hace sentir culpable y no sabe de qué. Entonces la sonrisa de Alejandro se congela. Mira sus zapatos, que hoy parecen más grandes y gastados que ayer. Se frota las manos y aprieta los dientes para ocultar la vergüenza, la humillación constante y se vuelve hacia la ventana nuevamente, intentando quizás, en un esfuerzo sobrenatural, mimetizarse con el vidrio. La micro se pone en marcha con un rugido inaudito y el tubo de escape libera una nube azulada que asciende hacia el techo de los edificios, pero él pareciera no percatarse de aquello. Poco le interesa que unas cuadras más adelante se suba un ex presidiario –al menos es lo que dice-, ofreciendo todo tipo de artefactos y objetos a mil pesos o que el vendedor de golosinas lo mire incrédulo cuando rechaza una bolsa de chocolates que ha puesto en sus rodillas. Absorto en la contemplación de las calles, trata de olvidarse de sí mismo por un momento. A veces lo consigue, pero hoy es tan difícil. Nunca se había sentido tan Alejandro Farías como hoy, y parecía que toda la micro se lo gritaba en la cara. Traga nerviosamente saliva mientras su respiración se hace cada vez más rápida. En un arranque lloraría a gritos o aullaría desesperadamente su frustración, pero eso era inaceptable. Es más, en ese momento creía que todo era inaceptable.

La micro fue ganando velocidad y él clavó las uñas en sus piernas. El sudor, cada vez más abundante, se aposaba en los pliegues de su cuello y semejaba pequeños cristales en el exiguo bigote que coronaba su boca. Una colegiala trata de disimular su “guatón asqueroso” con una mueca y tapándose la boca, pero Alejandro la escucha. Quiere gritar, pero no puede, nunca lo hace en realidad. El autobús se detiene nuevamente y la gente sube y baja cuales autómatas o grises espectros. Los transeúntes cruzan obedeciendo el dictamen luminoso del semáforo y los vehículos, con sus choferes impacientes, esperan su turno para reiniciar la estampida. Alejandro Farías mastica con dificultad su angustia. Suspira y se empaña el vidrio. Con un movimiento brusco limpia la ventana y al hacerlo se percata que debe bajarse. Resoplando se pone de pie. Agarra el pasamanos y se dirige hacia el conductor indicándole que aquélla es su parada. La colegiala se aparta exageradamente para dejarle bajar y no logra evitar una expresión de asco. Alejandro se da cuenta y desvía la mirada esperando por unos segundos que se abra la puerta El chiflido del aire comprimido se vuelve familiar, amigable, casi salvador. Resuenan sus pasos en la escalera de metal, mientras presiente todas las miradas clavadas en su espalda. Pone un pie en la calle con dificultad. Un momento de duda hace que el otro pie empiece con recelo su descenso a la acera, y el precioso segundo perdido hace que su cuerpo vacile y caiga con estrépito hacia la vereda, envuelto en un montón de papeles que se escapan de sus manos, y lápices, y lentes quebrados, dos metros más allá.

Alejandro Farías se queda tendido ahí escuchando la risa de la gente que observa, pero que no ayuda. Entonces llora como un niño, con sus rodillas y manos rasmilladas, y la micro, rugiendo de nuevo, pone rumbo hacia alguna parte.

De "Gente como uno" en Escritura pública, publicado por editorial Economías de Guerra del Taller Buceo Táctico.

9 comentarios:

  1. De gente como uno, vaya! Claro que sí, como uno que sufre la vida desde su infierno personal y a su medida. Eso nos pasa a todos inefablemente, la diferencia son detalles, variantes. Lo narra tan bien que podemos observar en la lectura el detalle del infierno del pobre Alejandro. Muy bueno, saludos!

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  2. Ludmila Alonzo10/2/12

    Triste, terrible!! Eso pasa tan seguido que produce indignación. Indigna lo que le sucede al hombre como la gente que tiene una actitud burlona y hostil con esa persona. Un mundo de M en el que vivimos, no nos respetamos!
    Muy bien narrado, saludos.

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  3. Pobre tipo. Fuero no hay menos de cientos de miles de Frías a los que se les abofetea por nada. Tanto maltrato innecesario, asi de HDP habria que ser con otros que se merecen peor por joder la vida a un conjunto de personas y no a un pobre desgraciado al que la genética no le funciona bien.
    Buen escrito, siempre grato pasar por aca-

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  4. El comportamiento bobo de las multitudes, la mirada que juzg ahí donde es sensillo condenar apresuradamente. Cual es el crimen en reirse de lo diferente, del pobre diablo?! Es la situación y las personas se dejan llevar, no gusta como es y no es facil ocultarlo, además por qué hacerlo?? DA gracia y se rien, se siente mal y llora, sin más.

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  5. Se me ha encogido el corazón con el relato, por lo bien contado, y por la veracidad de los sentimientos; esa frialdad tan real en nuestros días….

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  6. Buen relato, sensible y certero en cuanto a la descripción de ese viaje. Me ha pasado muchas veces ver algo parecido, jamás me he puesto del lado de los que ríen porque nunca encuentro gracia en eso.. me da pena.. Siento lástima y no sé si es mejor o peor pero no estando en sus zapatos no se puede más que estar en uno de esos extremos, descartando la odiosa indiferencia. Es uno de los tantos personajes de la realidad, muy bien descripto.

    Saludos y ojala que sea hasta pronto muy pronto.

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  7. Podría estar ocurriendo en San Petersburgo, Lisboa o Santiago de Chile, hace cien años o ahora mismo. La vida usual reproduce con destreza su vulgaridad en todos lados.
    Y el personaje? un replicante de Chéjov, Tabucchi o Gogol. Como un Akaki Akakievich tropezando en un tranvía ante las miradas burlonas.
    Notable registro de un conjunto de vidas miserables.

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  8. Marcelo Tomassino13/2/12

    Muy buen relato, lo felicito! Paso a paso y hasta en el tropiezo se manifiesta una sensible distancia.

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  9. Notable de principio a fin. Las letras prachianas mejor que nunca. Se lee casi sin aliento.

    Un abrazo.

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