19 de febrero de 2012

De hombre a rata

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.


Cada vez que recibía un golpe de suerte como entrenador de la selección de fútbol argentino, Diego Armando Maradona ocupaba las pocas neuronas útiles para ajustar cuentas con aquellos que no le rendían pleitesía. Rodeado de sus pupilos, avisos publicitarios y de modelos de silicona y bisturí, el Pibe de Oro desorbitaba los ojos ante las cámaras, y escupía hacia los micrófonos la siguiente frase intimidatoria: “Yo tengo memoria”.

Pues bien, este narrador cuenta con la misma virtud que el cocainómano pelotero, pero en soledad y frente al teclado del computador, mientras experimenta una metamorfosis de burócrata bípedo a roedor de cola pelada.

Durante mi gestión como dirigente gremial intenté hasta el cansancio inculcarles a todos mis colegas lo poco conveniente que resultaba abanderizarse públicamente con el gobierno de la Presidenta Michelle Bachelet, representado dentro del servicio por la inquisidora socialista Maritza Castellanos, por más que hubiesen obtenidos sus cargos mediante algún contacto de ocasión, vínculo permanente e incluso por un pacto de sangre con el oficialismo. Aunque todo el mundo tiene derecho a tener su preferencia política, siempre consideré lo más aconsejable para todos perfilarnos como funcionarios públicos neutrales, al servicio del Estado de Chile y no del gobierno del momento, de manera de enfrentar en buen pie el intento de desalojo que venía planificando desde hacía años la oposición conservadora en la eventualidad de llegar el poder. “¡No, la derecha jamás va gobernar, no puede gobernar!”, respondieron en coro a mi provocación Matías Albatros y Miguelito Herreros, en los tiempos en que compartíamos una tabla de queso, aceitunas y arrollado, junto a una jarra de ponche de frutillas en una de las mesas del Club Social de Talca, un crudo invierno de 2009.

Basaba mi punto de vista en el sinfín de tareas que pueden realizar dentro de las oficinas públicas limítrofes funcionarios como nosotros, desde informes, cometidos, memos, consolidados, cartas, oficios e inclusive la producción de eventos y fiestas. Todo este universo se puede regenerar con un poco de aplicación, ya sea si el Jefe de la Nación es una socialista simpática, un empresario demagogo o un genocida racista y eficiente. Es cuestión de cambiar la insignia del puño y la rosa por la moneda del libre mercado o por una suástica insana. Todos los regímenes recurren al pan y al circo y nuestro servicio nació para estos efectos.

El tiempo me ha enseñado que tal razonamiento no puede ser considerado más que una tremenda falacia y una grosera ingenuidad. Estamos en un país en que nadie va a una guerra para después desperdiciar el botín alcanzado. La derecha llegó al gobierno esta vez jugando limpio y no debiera extrañar que tarde o temprano aplique el cedazo con los viudos de la ex Presidenta Michelle Bachelet.

No podemos pedirles a ellos una grandeza moral que ni siquiera sus antecesores tuvieron.

Pero ni éste ni ningún universo se han acabado en un segundo. Durante los primeros meses en el poder, los dirigentes de derecha daban la impresión que sólo se hubiese preparado en estos años para ocupar los asientos gerenciales –algo así como continuar mandoneando pero con dineros públicos-, sin considerar que también se necesita grasa para mover la máquina del Estado, más aún si se trata de un ente en el que desconfían y desean reducir a su mínima expresión.

En vista del mar de dificultades con que me topaba asamblea tras asamblea, opté por renunciar a mi cargo de dirigente y así dejar de hacerme mala sangre por sujetos porfiados y, peor aún, desleales. A partir de ese momento, Grethel Schnnaider, con su oportunismo sin límites, se creyó con el derecho de reemplazarme por haber sido la candidata con quien disputé la reñida elección del año pasado. Más que vocación de dirigente, su deseo era apoderarse del fuero sindical, abanicarse por un par de años sin hacer nada, aparte de jugar solitario en su computador, dormir siesta en su escritorio o escaparse del servicio para solucionar los líos provocados por sus vástagos. Cuando se dio cuenta que eso sólo sería posible si alcanzaba una mayoría en una elección, intentó por todos los medios desentenderse del asunto y lavarse las manos, dejando la asociación a merced de una sarta de oportunistas.  

CAMBIO DE PIEL

En el Instituto Nacional de la Cultura y las Bellas Artes se ha dado un curioso fenómeno. A pesar de contar con pésimos antecedentes y de que se trataba de una suerte de Maritza Castellanos de la otra vereda política, desde el momento en que Inés Alemparte asumió como Jefa Regional las cosas comenzaron a funcionar: la histeria ambiental descendió en varios grados y se recuperó cierta normal mediocridad, ausente del servicio al menos en los últimos cuatro años.

Durante sus seis primeros meses en el cargo, Inés Alemparte no movió ni un solo dedo para despedir a los izquierdozos que pululaban por 5 Oriente. Al contrario, armó con ellos equipos de trabajo, ganándose la animadversión de los funcionarios más antiguos como don Víttorio, derechista de tomo y lomo, que ansiaba un desalojo sin misericordia que volviera las cosas a la época de su añorado general Pinochet. “Todo sigue exactamente igual, este Instituto está perdido, Claudio”, suele reclamarme cada vez que puede.

Siendo sinceros, no deja de tener sentido su molestia: aún recuerdo el período de Martiza Castellanos como la dueña y señora del servicio, mientras Matías Albatros, La Crespa, la Cobra, Galia y Tilín descartaban prestar sus pulmones para un jefe que no fuera esta loca de patio, como si los gobiernos socialistas tuvieran un carácter inmortal (de hecho no lo tenían). Lejos de presentar sus cartas de renuncia, estos personajes han acomodado sus traseros en las sillas por los próximos cuatro años, mostrándose solícitos y serviles con las templadas órdenes de Inés Alemparte. Y ella, cual dama talquina, los deja ser, marginando curiosamente a los derechistas taimados como don Víttorio, los tozudos como Delgado Manríquez  y los flojos de remate como Grethel y René.

Pero sólo hasta nueva orden.



HORA DE LA VERDAD

La Central Unitaria de Trabajadores llamó a un paro nacional los días 8 y 9 de septiembre en protesta hacia el gobierno de Sebastián Piñera. Grethel Schnneider, como dirigenta de facto tras mi renuncia, convocó a una asamblea regional y arengó a todos a sumarse a la convocatoria, en solidaridad por las decenas de compañeros despedidos en el Instituto Nacional de la Cultura y las Bellas Artes en Santiago y Valparaíso por la tijera del nuevo Ministro. Asimismo, se comprometió a leerle una fuerte declaración a Inés para que supiera a quién tenía al frente y que a partir de ese momento la relación entre trabajadores y jefatura sería diferente. No fueron pocos los colegas que vitorearon a la Schnneider, insistieron en que paralizáramos nuestras labores y que nos sumáramos en masa a la marcha de los empleados fiscales por las calles de Talca hasta la Plaza de Armas. Sin embargo, la Schnneider no hizo nada de lo prometido. Al momento de llegar al Instituto la mañana del día 8 de septiembre, Inés se encontró con el frontis de la casona repleto de carteles confeccionados por Delgado Manríquez, llamando a detener los abusos y los despidos en las oficinas públicas, mientras la Schnneider brillaba por su ausencia.

Mientras en los pasillos se comentaba la molestia de Inés por lo sucedido, ella citó de improviso a una reunión al personal la cual tuvo un quórum casi completo (salvo Delgado Manríquez y don Vittorio que decidieron continuar con el paro hasta las últimas consecuencias). Miré al resto de mis colegas asintiendo a las palabras de la Jefa Regional, olvidándose de la huelga y formando una gran estampa de reconvertidos.

-¿Claudio, por qué renunciaste a la presidencia del gremio? –me preguntó Inés, días más tarde, mientras sosteníamos una reunión en su oficina.

Sin ánimo de levantar polvareda, como si me estuviera recogiendo de la orilla del camino después de haber sido arrollado por un camión, le agradecí la oportunidad que me daba de hacer mi trabajo sin humillaciones de por medio, todo lo contrario al proceder de Maritza Castellanos en el lustro precedente.

-Usted comprenderá, señora Inés, que no tengo ni los argumentos ni el deseo de hacerle la vida imposible, aunque no haya votado por su Presidente –contesté.

 -Claudio, me sorprende lo que dices, pero agradezco tus palabras –comentó Inés-. Yo, desde que llegué al Instituto, jamás he querido involucrar la política con el trabajo. Hasta ahora no he despedido a nadie y debemos mirar hacia adelante.

Al salir de su oficina, sentí como me crecían los bigotes, se me asomaban un par de dientes deseosos de masticar queso, me crecían las orejas y una cola larga seguía mis pasos hacia el escritorio. Debo tener cuidado de no pisarla, pensaba. 


PD: Inés acaba de realizar las evaluaciones de desempeño de los funcionarios del servicio. Ha sido una verdadera masacre, pagando justos por pecadores, flojos y esforzados. Curiosamente, los sacadores de vuelta son los que más se empeñan en cumplir con los plazos de la apelación para justificar su inoperancia. Hay una sola excepción a la regla: el caso de Matías Albatros, a quien por lo visto le dio mejor resultado que a mí la estrategia de presentarse como un ratón de cola pelada.

Mi situación es muy complicada: Inés me responsabilizó, tal como ocurría en los tiempos de la Castellanos, del mal funcionamiento del equipo. “Veo que te esfuerzas, trabajas, haces cosas, pero el resultado es deficiente”, me dijo ella con todas sus letras, sin perder la amabilidad y cordialidad que la caracteriza. La misma que tendrá cuando me ponga de patitas en la calle.



9 comentarios:

  1. No vale la pena defender ratas, amigo Rodríguez. Ratas traicioneras que le morderán la cola apenas se de vuelta.

    El ambiente en cuestión no merece posturas enaltecedoras, éticas inquebrantables, pensamientos y acciones altruistas, porque todos están podridos, de capitán a paje.

    Buen texto, de esos que hacen tanta falta para airear esta gran cloaca humana del sur del mundo.

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  2. Genaro Mompou19/2/12

    Quién no se identificaría con sus letras, quién podría decir que las cosas funcionan mejor en alguna parte. Es la comedia humana al fin y al cabo mi amigo escritor. Es el sálvese quien pueda.

    Saludos afectuosos

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  3. Si una cosa puede ir mal, irá mal por triplicado. Asi lo dicen las Leyes absurdamente lógicas de Murphy, lo peor es que así sucede en nuestras vidas y por lo que cuenta acá parece cierto, mas aun si lo contrastamos con lo que le pasa a uno en su trabajo. La vida laboral es un salvese quien pueda.
    muy bueno e interesante como siempre. Salute!

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  4. Todo mal!!! Parece no haber salida para ese horrible circulo vicioso, que no se puede romper la cadena de eventos desgraciados en la vida laboral de una persona. Mientras estuve empleada bajo dependencia lo padecí tanto.. hasta que renuncié y me sentí libre. No es mejor el autoempleo, es el doble de sarificado y tiene muchos riesgos pero al menos no estás bajo el yugo de nadie ni te vez obligado a pisar cabezas.

    Excelente escrito, un gran plus el contexto político del cual no se mucho y por tanto me aporta informándome desde tu perspectiva.

    Te felicito, saludos.

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  5. El camino de las ratas, o el camino de la sobrevivencia. Es casi lo mismo.

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  6. Buena manera de resumir en una línea la suma de paradojas y falta de certezas del relato, amigo Muzam. Gracias y a ti y a todos los amigos que han aportado con sus valiosos comentarios.

    Un abrazo.

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  7. Anónimo21/2/12

    Que la mediocridad sirva al manos para escribir buena literatura. Me pareció estar ahí viendo a los personajes. Esto revisando hacia atrás todos sus cuentos. Tiene un seguidor, señor escritor.

    Raúl

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  8. Esta historia lo enaltece señor Rata.
    Mejor imposible.

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  9. LUIS1/3/12

    Estupendo relato.Me lleva, irremediablemente, a recordar tiempos pretéritos, en que esta gran masa (dentro de la cual evidentemente me incluyo) se metamorfoseaba de ratas, ya no para mantenerse en un puesto de trabajo, sino para algo tan esencial como es mantenerse con vida.

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