5 de marzo de 2012

Tarde mal y nunca

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.

-Por qué no vienes a verme el fin de semana –me propuso Maribel, haciendo caso omiso a las lágrimas, reproches, lagunas y silencios, apostando a un casual encuentro a la salida del mercado, una variación más de sus planes hacia mi persona-. Voy a estar sola y así nos hacemos compañía.

El resto de la semana lo dediqué a repetirme esa frase y la que vino después, como si fuera una canción de moda, sonando en la mañana, al mediodía y en la noche: ella la inspiración y yo el baladista lloroso. También lo hice durante las sobremesas familiares mientras se comentaba el regreso del muchacho retraído, en el horario de colación frente a colegas encorbatados atragantados de fútbol, autos, saunas, topless y antes de dormirme con su medicamento, doctor Schöberg, intentando que Maribel se volviera un sueño y no la pesadilla recurrente.

Pretendía sacarle hasta la última gota de sentido a sus palabras, como lo hiciera antes, hace unos diez años, con su saliva, a veces dulce, en otras salada y hasta amarga, dependiendo de lo que hubiera comido y que yo debía adivinar, siempre con sus juegos y jugos, sentados en una banca de la Alameda cargándonos hacia un lado, con su jumper azul que me hacía temblar y gozar, sus calcetas blancas apretando mis rodillas huesudas y heladas, sentimiento de culpa y don de conquista, sus garras largas arañándome la espalda, huyendo de la revisión matinal del inspector general del Colegio Marta Donoso Espejo, cuando yo aún creía en los sentimientos y todos sus derivados.

-Sales temprano hacia el terminal y tomas el primer bus o colectivo que encuentres –insistió-. Es preferible el bus en todo caso, porque es más barato y los colectivos esperan llenarse de pasajeros antes de partir. Te pueden salir raíces de tanto estar parado. Ahora que repararon el puente es muy fácil llegar hasta mi casa. Ni se te ocurra, eso sí, venirte en el tren del ramal que se demora como tres horas y media en llegar.

Quería reconstituirla en lo que tenía de verdadero, en aquello que no se pudiera cuestionar ni poner en duda desde sus cimientos. Misión absurda si lo pensamos bien, como todo lo que iba quedando de nuestros roces desdibujados, historia que Maribel borraba y recreaba según su capricho, ahora nuevamente a la carga, como tantas veces en estos años en que la seguí encontrando por diferentes rincones de Talca, en el colectivo, en el microbús, en la fila de la luz, el agua, la caja de la multitienda, o como ahora a la salida del mercado, y de ahí al hotel de la 10 Oriente o a la carretera cuando tuvimos automóvil o taxi a la puerta. Me recordé regresando de estas citas con un número celular arrugado en el bolsillo -si antes no decidía arrojarlo en el camino-, con un pedazo menos de ilusión que ya creía perdida, tarascones que demostraban que siempre quedaba algo para el próximo accidente, morir un poco para revivir de nuevo y volver a morir otro poco más, siempre más abajo, reviviendo y muriendo, aquí íbamos de nuevo Maribel y yo, doctor Schöberg.

De ese encuentro a la salida del mercado, recordé su vestido delgado de florcitas -que bien pudo usar su madre o su abuela, aunque mostrando menos piel, según los tiempos de cinismo, todas cortadas con la misma tijera- a pesar del viento y un poco de sol arriba de la cornisa del campanario, del otro lado de la avenida (ese campanario que ella deseaba que su talán sellara el encuentro en el hotelucho de la 10 Oriente, cuando no me atreví a responderle lo que creí era una de sus tantas leseras, su predilección por revolverme el estómago y no la decisión que nos marcaría tarde mal y nunca), su piel blancuzca que siempre asocié al queso de cabra, sus mejillas y hombros pecosos como gotas de dulce de leche, el nuevo peinado con sus rizos rojos ahora mutados en rubio a la plancha, sus dientes parejos sin atisbos del ratón entrometido que me sacara tantas veces de las casillas con su risita y preguntas impertinentes, sus piernas en arco sobre el cemento quebrado -en eso sí que no había mayor cambio- balanceándose como una mecedora sobre la calle ahora convertida en paseo peatonal, signo de nuestro avance a la vejez y de regresión a la infancia. Más adelante me detuve en esas bolsas atestadas de frutas, verduras y comestibles, algunas volcadas en el suelo, limones, peras y manzanas rodando, pensando si repasar mentalmente ese entorno explicaba sus verdaderas intenciones o más bien demostraba que yo no había aprendido nada de tanto cometer el mismo error, doctor Schöberg, llevado por ella a un precipicio sin fin.

Acabé recriminándome por no haberla acompañado hasta el paradero o incluso hasta el terminal, ayudarla después a dejar las bolsas en el portamaletas del autobús o en la parrilla sobre el asiento, pese a su estado con el cual parecía exagerar el dolor de espalda, arqueándose como buscando el poco de sol que le quitaba la sombra del mercado y que transparentaría aún más su piel, y así haber escrito yo un episodio un poco más largo, aunque incierto de este reencuentro. En cambio, opté por dejarla sola, paradita, riéndose como una tonta, hasta que desparecí en la esquina con algo de dicha en el corazón que mutó en miedo unos metros más allá, entre el semáforo, los colectivos y el Museo de O’higgins, y con la sensación que peras, manzanas y limones rodaban por la 2 Oriente en mi persecución. ¿Será normal, doctor Schöberg? No lo hice por maldad, solo para no sufrir más de la cuenta, no enredarme ni cometer errores. Y ella lo sabía, lo entendía y, quién podía decir lo contrario, lo complicaría aún más.

Dibuje en mi cabeza dos posibilidades, una para mi mayor conveniencia y otra para el padecimiento, un juego con el que sólo logré torturarme y esperar inquieto la llegada del fin de semana. Podría convertirse en una invitación al desorden, haciéndome cargo de su sobrepeso sobre la cama ajena y aún así gozándola o bien unas palabras de puro compromiso, los dos sentados frente a frente en el living tomando té y hablándonos de cómo nos había tratado la vida en esos años de tantas distracciones. No tenía nada que perder, salvo confirmar que todo era incierto: lo poco o mucho que quedaba de esa liceana que interrumpió mi lectura en la Alameda y que de plano me cayó mal y que quise ahuyentar tal como se hace con las moscas y zancudos, aunque en su caso un ratón no precisamente de biblioteca.

-¿Qué está leyendo, oiga? –mostrándome los fierros de los dientes con una obscenidad encantadora sobre mi banca, cubriéndome con su sombra, lanzándome chorros de saliva a la cara por una apuesta con sus otras amigas y ellas riéndose detrás de los árboles, a ver quién se atrevía a hablar con el loquito del asiento-. No debe ser muy bueno ese libro, porque siempre está en la misma página.

-Es una colección de poesía –contesté sintiendo las risas burlonas de sus amigas y yo a punto de perder la paciencia en una ciudad ajena, donde nadie me protegería de esos bichos con uniforme.

-Pero no avanza nada. Como yo cuando leo un libro –opinó sin certeza, en su estilo-. Me carga leer. ¿Usted es profesor?

-No, no –aclaré-. Estudio en la universidad como tú en el colegio.

-Pero a mí me queda poco, estoy en cuarto medio.

-¡Mentira, está en tercero! –gritó una de sus amigas, pendiente de nuestra conversación.

-¡Cállate, qué te metís voh, huevona! –la increpó lanzando su chorro de saliva hacia los árboles. Cambiando de tono hacia mí con amable cursilería-: ¿Y qué cosa estudia en la universidad, caballero?

-Derecho.

-¿Y qué es eso?

-Una carrera para titularse de abogado.

-¿Y ahora está leyendo sobre abogados?

-No –dije-. Ahora estoy leyendo poesía, no estoy estudiando.

-¡Ah!, entonces no le debe ir muy bien, si en vez de estudiar anda leyendo otras leseras en la Alameda.

Después de este entrometido acierto, dijo otras majaderías sobre mi ropa, el abrigo manchado, los pantalones desteñidos y los zapatos sucios. Con sus amigas se marchó con empujones y risotadas, volteando cada cierto trecho para lanzar más risotadas, y regresar al otro día y al siguiente para seguir preguntando y opinando sobre todo lo que la rodeaba, cubriéndome con su sombra y después sentándose, tomando posesión de mi banca en la Alameda, cada vez más cerca, haciéndome dejar a un lado el libro de poesía, para qué decir los estudios y a la novia del barrio, a la amiguita decente de la universidad.

Por un momento aposté a olvidarlo todo, dejar que el tiempo pasara rápido, borrar el encuentro a la salida del mercado y mi falta de caballerosidad para evitar esa sensación de vacío por dentro que estaba seguro se repetiría. Aunque de nada sirvió el empeño, si al final igual estuve a las nueve de la mañana del sábado esperando el autobús, pero en el lugar equivocado. Recién a las diez me percaté que la salida era por el otro lado, en los andenes del frente, sus pastillas son muy fuertes, doctor Schöberg, y me hacen andar adormilado; subí a una de las máquinas y deseé a Maribel más que nunca, con sobrepeso y todo, lamentando el tiempo perdido, sólo una parte de todo lo perdido en estos años, reclinando el asiento del bus, ¿puedo recostarme, doctor Schöber?

-¡Viniste! –dijo al abrirme la puerta de su cajita de fósforos con vista a un pedazo de mar, como si de verdad creyera que estaba en condiciones de ignorar una invitación suya, mientras yo intentaba mantener el equilibrio en la escalera (más de dos personas en el mismo lugar y uno se iba guarda abajo, más aún ella y el globo de líquido amniótico y células que cargaba consigo)-. Pasa, pasa. Justo estaba preparando el almuerzo. Es almuerzo de enferma, eso sí. Igual me quiero cuidar –apuntando con el mentón su barriga.

Una vez dentro de la casa, me asumí como una visita educada: avanzar lento por la casa, contemplar el decorado y los adornos, detenerme en las calcomanías de los interruptores, memorizando los imanes de la puerta del refrigerador de puro nervioso -si eso no se me ha quitado, doctor Schöberg-, sentir como la tradición de dueña de casa era reproducida por una niña provinciana (con olor y dolor incluido) con sus primeras arruguitas. Luego tomar asiento con una sonrisa y aceptarle un vaso de jugo de manzana que más que quitarme la sed me heló los huesos, me estrujó las sienes.

-¿Te costó llegar? ¿Te viniste en bus o colectivo? De seguro en colectivo porque llegaste tarde, ya casi van a ser las doce… Te dije que se demoraban en partir… Si hubieras elegido el tren del ramal todavía vendrías de viaje. ¿Cómo estaba el camino? –No había quien la detuviera cuando se largaba como metralleta-. Mira, perdimos casi toda la mañana… Está lindo el puente, ¿no es cierto? Gracias a eso se llega directo a mi casita. 

Maribel seguía comiendo como siempre, sin darse tregua, conversando con la boca llena, sorbiendo la sopa, pellizcando el pan, tomando jugo, levantándose para revisar lo que tenía al fuego en la cocina y volver a sentarse, cucharear y reírse. Pero lo mejor de todo, la certeza que su cuerpo quedaría impregnado a los olores vegetales, carne, condimentos, a humareda que a mí siempre me inspiraba recorrer, degustar y absorber para poder recordarla cuando ya no estuviera, aún cuando me dieran arcadas de tanto atragantarme con ella. Como la primera vez, cuando se puso a cocinar en la pieza del decrepito hotel de la 10 Oriente, insistiendo que, como mujer, debía cocinarle a su marido, ideas que tenía metidas quizá desde siempre, ocupando el brasero cuya humareda nos colmaba la ropa de pobreza. Al menos ahora la comida se veía más prometedora que en esa oportunidad; después de todo, estábamos en un lugar más limpio, los dos bañados, sin comezón de pulgas ni infecciones, menos la Policía Civil haciéndome transpirar, preguntándome por mi actividad, carnet de identidad, “rápido, huevón, no tenemos toda la noche”, por suerte sin pedir la identificación de Maribel, a un año y meses de alcanzar la mayoría de edad y yo librándome por un pelo de la humillación y la cárcel, porque supongo que esto prescribió y estamos bajo secreto profesional, ¿no es cierto, doctor Schöberg? “A veces se esconden aquí los narcos por eso hacen estas redadas. Con Mauricio ya nos había pasado y se puso menos nervioso que tú”, dijo ella risueña, sólo con mi camisa puesta encima, sin calzones ni zapatos, las piernas arqueadas, disfrutando, como siempre, de este nuevo traspié de su (un poco) maduro acompañante, y yo perplejo, sin ganas de mirarle a la cara por mi titubeo ante el agente 

-Sírvete más –me sorprendió con la vista perdida-. Hay harta comida. ¿O acaso no te gustó lo que hice?

¿Merecía yo, como visita, todo ese esmero, más voluntad y atención que en el pasado, más encanto en los detalles que me sacaran de la cobardía, a ver si con un buen sabor y condimento me atrevía a ponerme los pantalones, a lanzar la hebilla del cinturón sobre sus nalgas, a sacarla a tirones de allí como no lo hiciera antes en el Hotel de la 10 Oriente? Con un nudo en la garganta, le extendí el plato mientras el humo de la cazuela empañaba su silueta, volviéndola más lejana, a pesar de tenerla a menos de un metro en la cocina, dentro de su cajita de fósforo y de su sobrecarga de varios meses.

-Siempre me pasa que después de la comida me baja un sueño tremendo –se quejó-. Ven, acompáñame a la pieza. Pero te portas bien, ahora no puedo hacer esfuerzos ni pasar rabias.

Pasamos a la pieza, la misma que compartía con el otro sujeto ahora de viaje. Maribel se quitó los zapatos y noté como sus pies pequeños y anchos, como pancitos de Los Gobelinos, degustados en la Alameda y la 10 Oriente, habían cambiado a unas grandes empanadas de fin de semana. Ella se percató de lo mismo sin que yo se lo dijera y comentó: ¿Están más grandes y también hinchados? Hazme masaje con esa crema, ¿quieres?

Me pasó un frasco que sacó del velador, unté un poco entre mis manos, la esparcí por su pie izquierdo y recorrí los cambios de todos estos años, las durezas por el uso de tacones, las fiestas, trasnochadas, las salidas con otros hombres, quizá cuántos más en todos esos años, su caminar por la vida sin que yo estuviera a su lado. Luego hice lo mismo con el pie derecho y memoricé todos esos cambios, el talón, la parte suave, otra más áspera, cueros sueltos y quise quedarme allí para siempre, mis dedos abarcándolo por completo, apretándolo fuerte, buscando el dolor y algo de venganza.

-¡Ay! No tan fuerte –se quejó-. Sigue como al principio, cuando partiste. Igual esto me relaja tanto. Al Mauro no le gusta hacerme masajes, dice que es pérdida de tiempo. Tengo ganas de dormir. Ven, métete en la cama –levantando el cubrecama y la frazada-, pero sin aprovecharse, recuerda que soy una mujer comprometida.

Me dejé puestos solo la camisa y el chaleco y me metí dentro de la cama. La abracé con fuerza y no disimulé mi erección. ¿Es normal que me ocurra, doctor Schöberg? Leí en una revista que las preñadas son de gusto de los japoneses, que la sexualidad es algo insondable, lleno de aristas. Ella se movió como serpiente para hacerme notar que sabía lo que me pasaba. Se recogió la melena y dejó su cuello a mi alcance y lo probé con la lengua y los labios. Maribel y la cama aún sabían a galletas o queque recién horneados. Lo mismo detrás de las orejas, ese olor rancio a manteca, a leche recalentada con nata, dulce y agrio descuido que yo reconocía desde antes. Los mismos ingredientes de los encuentros en la Alameda, cuando decidió encararme y yo que creía conocerla de memoria: “Ya es hora que hagamos el amor, no podemos seguir tirando en la calle como los atorrantes. Mira, apenas puedes ponerte de pie sin que se te note”, y yo sentado en la banca pensando que tendría el honor de su debut, lleno de dicha fui arrastrado por ella hasta el hotel de la 10 Oriente, propiedad de una tía de confianza que le debía un favor -más bien ella le sabía sus arreglos con el hampa-, así que no diría nada, los dos sentados sobre un estrecho catre, al principio yo escuchándola y contemplando como se consumía el brasero de carbón y más tarde ella dirigiéndolo todo: “Relájate. Si con mi pololo hemos tenido relaciones. Qué te creías, que jugábamos a las muñecas. No te preocupes, yo me cuido”, y todo se vino abajo, mis ilusiones de zopenco, mi aversión a su soltura, mis ganas de botarla, de lanzarla hacia el río con un yunque para que se quedara en el fondo por suelta; también continuar el celo de dos semanas sin estudios, carrera, poesía, sin tregua sobre el colchón pulguiento: “Si quieres seguir conmigo, tienes que sacarme de mi casa y mantenerme como tu mujer –interrumpió con su cabeza entre las sábanas- . Respóndeme mañana. Si no, nos veremos tarde mal y nunca”. Y ahora recorriendo con mis manos su vientre abultado, otro tarde mal y nunca de todos los acumulados desde entonces, primero sobre el vestido, después debajo de él, un ser ajeno que crecía a pesar de mí, y sus ronquidos y gases de embarazada, el cerco que existía más allá de este juego a las visitas, como le dice usted a todo esto, doctor Schöber. 

A la mañana siguiente, mientras le preparaba el desayuno, Maribel apareció en el umbral de la puerta desnuda, luciendo obscena su barriga como antes sus fierros dentales.

-Toma, ese es un correo electrónico secreto al que sólo yo tengo acceso. Allí podrás escribirme –dijo mientras me entregaba un papel-. Puedes quedarte a almorzar, ayer quedó harta comida. Pero después es mejor que te vayas porque el Mauro puede volver en la tarde. 

Al bajar las escaleras de la caja de fósforos me pregunté por el sonido del campanario frente al mercado el día del reencuentro, por el pedazo de ilusión perdido, por las frutas en rodada persiguiéndome en la 2 Oriente y el nuevo tarascón que recibí por dentro en este viaje, doctor Schöberg. Me detuve en la baranda del puente, extraje del bolsillo el papel que me diera Maribel, lo hice una bola y lancé al medio del remolino donde se junta el río y el mar, no sin antes aprendérmelo de memoria para el caso de que continuara vivo. Al abordar el bus de regreso me pellizqué el brazo y me di cuenta que sí lo estaba.

9 comentarios:

  1. Como un buen guión del neorrealismo italiano, pero filmado en el Maule, por nuestro cineasta,pintor y escultor de buenos personajes, Claudio Rodríguez.

    Duro, creíble, humano, muy triste y definitivamente bello.

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  2. Raúl de la Puente25/2/12

    ¿Es una historia real? ¿Es una vivencia suya?
    Está emotivo y muy bien escrito.

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  3. Un narrador burgués y pusilánime, que se debate entre la melancolía, la desazón, el asco y una que otra erección. Buena prosa.

    Saludos señor Rodríguez.

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  4. Anónimo26/2/12

    bellas letras para triste historia. Quedé deprimida por su culpa.

    Besos para ud.

    Daniela

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  5. Carlos28/2/12

    Poco complaciente. Naturalista.
    Buena historia.

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  6. Maravillosa historia, muy tierna y triste a la vez. Me gusta pensar que es real porque asi se siente y habla de una persona muy sensible que no olvida un sentimiento muy grande. Lo felicito. saluditos :)

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  7. LUIS8/3/12

    Bonita historia.Que bien manejas las emociones y sentimientos,logrando que lleguen a mí (como simple lector)con mucha profundidad.
    Me imaginé la continuación de la película Lolita,pero esta vez de la mano de nuestro Aldo Francia.

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  8. Susana Robles8/3/12

    Obsesivo y muy real.

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  9. Me gustó su historia, buena narración , atrapa y fascina

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