30 de enero de 2014

Mi pueblo natal: sombra y fresco


ROBERTO ÁLVAREZ QUIÑONES -.

Mi pueblo natal se caracteriza por una arquitectura de una hibridez que resulta estupenda. Tanto, que con orgullo llamamos a nuestra villa la “Reina del fresco y la sombra”, ya verán por qué.

En la medianía de este siglo XX los rasgos arquitectónicos esenciales de Ciego de Ávila —a 460 kilómetros de La Habana— son peninsulares, con cierta atmósfera colonial, pero “aplatanados” (adaptados con ventaja) a las sofocantes y pluviosas condiciones climáticas del Caribe sin dejar de mostrar su aire andaluz-morisco, sobre todo en las terrazas, celosías, zaguanes, cenefas y mosaicos.

El sello distintivo que le confiere su atractiva originalidad, el plato fuerte avileño, son los portales corridos que se empatan unos con otros. Son verdaderos corredores de sombra generosa, que los arquitectos llaman soportales, y que cubren de frescura toda la villa mostrando sus columnas de capiteles griegos (jónicos, dóricos y corintios), con frisas y cornisas decorados con molduras algunas muy bellas, y todas muy bien concebidas.


Tan tempranamente como en 1907, al levantarse el edificio de La Cruz Verde, llegó aquí el eclecticismo, con una fuerte influencia barroca, que es ostensible en la ornamentación de las fachadas principales, como el Teatro Iriondo (1910), el Ayuntamiento (1911, construido por mi tío abuelo, el alcalde Don Adolfo Morgado), la Colonia Española (1911), o The Royal Bank of Canada (1917, soberbio edificio clasicista que fue estrenado por mi padre, pues ese mismo año allí comenzó a trabajar al regresar de Texas).

Como un cabo suelto, en 1909, fue construida la farmacia La Fe, una edificación auténticamente morisca considerada la más hermosa en su estilo de todo el interior de Cuba.

En los años 20, el arte ecléctico se expandió por Ciego a ritmo de charleston, jazz y danzón, los labios color carmín en forma de corazón —moda mundial que impusieron Hollywood y Clara Bow— las “atrevidas” faldas cortas ajustadas a las caderas que por primera vez permitieron aquilatar los cuerpazos de las sensuales avileñas; los sombreros de pajilla y el ruido de los “fotingos” (automóviles de la época).

Con tal glamour de fondo fueron erigidos el Hotel Rueda (1920), el Hotel Ariete (1922), el Banco Núñez (1925), la Logia Masónica (1922); el Hotel Sevilla (1929), el soberbio Centro Asturiano (1930), y la obra cumbre del patrimonio arquitectónico avileño: el Teatro Principal (1927), ecléctico pero con fuerte influencia neoclásica, con más de 700 asientos en sus cuatro niveles en “herradura”, sus salones, pasillos, balcones y elegantes palcos; sus esculturas y decoraciones en mármoles italianos, en fin, uno de los tres teatros más fastuosos del interior de la isla, en cuyo escenario han sido aplaudidos artistas de dimensión mundial.

De la mano de los años 30 y los 40 vino el furor del art déco, y poco después, en 1951, vi erguirse la nueva Iglesia San Eugenio de la Palma, que aunque con un toque de art déco es un excelente exponente del racionalismo, esa nueva corriente arquitectónica despojada de ornamentos que rechaza los excesos decorativos, y que dio a luz también al Hotel Santiago-Habana, cuya construcción seguí paso a paso hasta el sexto y último piso, el hotel más moderno del interior del país.

Las casas aquí tienen un puntal altísimo ¿Desperdicio de espacio, materiales y costos? Nada de eso. El puntal alto permite que el aire caliente suba y que por debajo corra el fresco. Me siento en deuda con los arquitectos gallegos, catalanes, asturianos, andaluces, o de cualquier punto de la geografía española, que tuvieron tan brillante idea.

Las celosías arabescas, sobre todo en las terrazas, son filigranas tejidas en madera que dejan entrar la brisa cuando nos quiere dar una caricia furtiva.

Me gustan los zaguanes con sus cenefas —de azulejos o pintadas— decoradas con sabor andaluz como el que hay en mi casa. Hablo de una especie de corredor separado de la sala por una pared que incluye una reja española hasta el techo, que conduce a la saleta (el family-room de los americanos) que no a la sala, en la que se recibe a los invitados ya con más protocolo, a conversar, tomarse un café, una cerveza, limonada con hielo, o a escuchar un poco de Chopin, Mozart, Beethoven o Lecuona, que mi hermana interpreta al piano de maravillas, aunque a ella no le gusta que lo diga.

Y hablando de rejas, los avileños disfrutamos de espléndidos enrejados de inspiración castiza y hasta gitana, y las ventanas del portal van desde el piso hasta el techo para que por arriba salga el aire caliente y por debajo entre la brisa. De paso permiten que algunos improvisados fans transeúntes aplaudan cuando canto “Granada” o “Lamento Gitano” acompañado al piano por mi hermana, o cuando ella y mi padre al violín ejecutan el vals de “Coppelia”.

Los pisos de mosaicos, de una policromía impresionante, tienen hermosos dibujos y diseños de inspiración española. Hechos en las tres fábricas de mosaicos de la ciudad, los pisos, junto a celosías y cenefas, expresan claramente la influencia del arte islámico ocho veces centenario en España.

Quien sube a los “elevados” —construidos por el ingeniero Manzanilla en los años 20 y hoy profesor mío de Matemática— un paso superior por el que la Carretera Central del país cruza por encima del ferrocarril Júcaro-Morón, se da gusto contemplando el mar color ladrillo que conforman los cientos de techos de tejas españolas, que refractan el calor y hacen la vida más llevadera debajo de ellos. Y lanzando la mirada unos siete kilómetros al sur, se dibuja a lo lejos un enorme palmar que identifica a Carolina, la finca que mi padre y mis tíos heredaron de mi abuela.

Los portales humanizan

Volviendo a los portales corridos, yo camino de un extremo a otro de la ciudad todo el tiempo bajo techo, excepto cuando cruzo las calles o encuentro alguna edificación que no tiene su portal como Dios manda. Evito así el implacable sol que cocina hasta el esqueleto, y cuando llueve voy a mis clases de bachillerato, o al cine, sin capa ni paraguas, que es cosa de viejos o mujeres. ¿No es esto un privilegio?

Conozco casi todas las ciudades importantes de Cuba, desde Guantánamo hasta Guane y en todas me he achicharrado, o me he empapado cuando me sorprende un aguacero. En ninguna he podido ir de un extremo a otro “sano y salvo”. Sólo he visto portales corridos en el centro, pero no en los barrios.

En La Habana, digamos, hay portales corridos en Infanta, Galiano, Reina, Monserrate, Belascoaín, Ayestarán, Carlos III, Monte, Calzada del Cerro, etc. Pero en el Vedado, la Habana Vieja, Miramar, la Víbora, Santos Suárez, Marianao, reparto Bahía, Fontanar y demás barrios, los portales tienen barandas o muritos y están metidos hacia adentro.

En Ciego, los soportales son compasivos, llevan la sombra a toda la ciudad. Porque incluso la modernidad ha llegado con mano suave a estos lares. Los nuevos “chalets”, grandes y espléndidos como los de la familia Tamargo, Lluch, o Cuní, a lo largo de “mi calle” Joaquín de Agüero, aunque están algo metidos hacia adentro solo salpican, saltean el delicioso corredor y no rompen del todo el encanto del fresco perenne.

Además, los portales “desestresan”, humanizan. Es costumbre aquí que las familias se sienten por las noches en el portal a conversar, entre ellos o con los vecinos, sobre la última novedad local o nacional, a filosofar, o a arreglar el mundo, que francamente va de mal en peor.

¡Qué contraste!, me cuentan que en Estados Unidos son pocos quienes saben el nombre del vecino de al lado.

Estas tertulias “portaleñas” son matizadas por el “Adiós, Cecilio y Amalia”, seguido por el “Buenas noches, familia… ¿cogiendo fresco?”, de quienes pasan sosegadamente por la acera hacia el parque, al cine, a cenar en el Ritz, o a deleitarse visualmente con las vidrieras deslumbrantes de la calle Independencia.

¿No es eso fenomenal? ¡Honor y gloria a los portales avileños!

6 comentarios:

  1. Hermoso lugar, sus palabras describen un sitio sumamente agradable para pasar gratos momentos. Se agradece su referencia tan interesante. Saludos.

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  2. Me gustaría poder recordar mi ciudada de esa forma, fantástica la imagen que nos devuelven sus palabras. Ojalá pudiese viajar mucho y lejos pero la vida no es tan generosas y hay otras prioridades. de todas formas se disfruta el turismo virtual. Genial!

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  3. Susana Robles8/3/12

    Cada pueblo debiera tener un pintor de palabras como usted.

    Definitivamente hermoso.

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  4. Cada loco llega con su sueño a levantar ladrillos a su manera y a dar forma a un vitral del diseño y la arquitectura mundial.

    Notable, amigo Roberto.

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  5. Mariana Desimone9/3/12

    Magnífico, se siente como si se pudiera transitar por esas calles a medida que se te lee. Muy descriptivo y ameno, para distenderse y charlar en la sombrita.

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  6. Susana Robles10/3/12

    Dan ganas de caminar por esas calles y disfrutar toda esa belleza arquitectónica.
    Gracias por compartirlo.

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