10 de abril de 2012

Estadía

LORENA LEDESMA -.

Llevaba más de un mes desempleada. Mi último trabajo en Buenos Aires había sido en una casa de ropas en la que demostré ser un completo desastre. Solía olvidar los precios y confundir los géneros constantemente por lo que renuncié a la semana. ¿Qué haría de mi vida? No lo sabía. Hasta ese momento me conformaba con ayudar a mi cuñada embarazada en sus labores de costura, a cambio de casa y un poco de arroz con huevo para comer. En esos días había dejado mi currículum en muchos lugares pero sin la más mínima esperanza. No esperaba que me llamasen y sin embargo el milagro se produjo una tarde en que estaba cebando mates y cortando puños. 

Mi primera entrevista sería en un hotel de medio pelo en el microcentro porteño, en plena Capital Federal. Ante mi mirada siempre poco optimista, trabajar ahí no parecía muy prometedor, aunque la persona que me recomendó me había augurado un futuro prometedor. Me conformaba pensando que al menos en aquel lugar servirían de algo mis estudios en turismo. Lo que más me emocionaba era la posibilidad de tener contacto con gente del exterior y hacerme de gratísimos recuerdos en diferido.

Al llegar al hotel me pasaron a una habitación cerrada. Ahí esperé en el silencio más horrible. Pocos minutos después entró una mujer pequeña y rubia, con ropas ajustadas y actitud provocativa. Me miró rápidamente y se sentó frente a mí. Me hizo unas preguntas que no recuerdo pero que contesté en forma automática y que al parecer la complacían porque asentía efusivamente. Cuando salí de ahí mi trabajo estaba seguro. Rosa y yo nos habíamos entendido a la perfección. Un beso al final de la entrevista me dejó con la certeza que no sería tan mal empleo.

Los primeros días fueron tranquilos. El trabajo era sencillo y relajante y no tardé en acostumbrarme al paisaje cotidiano y a la compañía. Cuatro muchachas que hacían de mucamas iban y venían cada diez minutos. Dos hombres de mantenimiento me hacían preguntas y bromas cuando pasaban frente a mí. Mis dos jefes me visitaban seguido para pasar revista y llevarse el dinero de los que pagaban en efectivo. El más viejo era de ascendencia italiana y solía deambular en horarios increíbles canturreando con acento tano y cogeando sincronizadamente. Me saludaba animadamente y seguía su camino. El otro, con apellido también italiano, tenía todas las mañas de un criollo, sin vergüenzas pasaba y me lanzaba miradas acosadoras que jamás respondí de modo que comprendiese que conmigo no podría hacer lo mismo que con otras.

Como mi actitud taciturna no cambiaba aún en una situación laboral como aquella, no pude hacer que nadie se quedara a mi lado para darme charla o establecer amistad. Recuerdo que mi madre solía decirme que mi estado de solitud se acabaría cuando tuviese un empleo pero no fue así. Estaba y rendía según lo previsto y nadie tenía nada que reclamarme ni razones para aferrarse a mí de un modo más fraternal. Regalaba sonrisas y me daba a la charla pero ahí terminaba todo. Cuando el silencio regresaba me metía en un libro o llenaba planillas para aligerar el trabajo a los que me seguían. 

En el hotel era como una huesped más. Nunca pude integrarme a los grupos que se formaban a mi alrededor, incluso con gente que entró después de mí. A menudo sentía que mi estadía se renovaba día a día y la gente me tratada con esa cordialidad y desapego. Esa sensación recurrente en mis relaciones y en mi andar por ahí me generaba una triste frustración pues para ese momento yo ya tenía a muchos como parte de mis recuerdos y había anotado detalles muy personales de cada uno. 

Qué odio sentir eso, pero son cosas que me pasaban y me las esperaba. Tal vez necesitaba cambiar algo en mí. Es mi culpa, eso decía mi madre. No te das, no te entregás, o bien, cambiá para que te acepten. No quiero, no  quise y no querré. Tampoco dejaré de protestar pues creo que debiera haber alguien que me quiera así como soy.

6 comentarios:

  1. Una mirada múltiple. La de los ojos candorosos que se sorprenden ante los aspectos novedosos del mundo, que disfruta las experiencias en diferido de otros, que escruta, que cuestiona, que ve pasar, sin poder subirse a ningún tranvía. Una mirada que se vuelca finalmente sobre sí misma, y cuya decepción frente a la vida termina predominando sobre el resto.

    Excelente narración.

    Un fuerte abrazo mi querida Lorena.

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  2. En estado de trance siempre. Ud está muy loca querida amiga. Siempre es entretenido leer sus historias. Besos!

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  3. El estado de tu corazón en un momento determinado de tu vida. Muy personal, me gustó. Saludos

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  4. Un pasar por la vida, observante y original. la tolerancia parte por aceptar y ser aceptados mientras no hagamos ningún daño a los demás no debería existir problema alguno, pero hoy en día las hormonas están a flor de piel y el sistema a establecido patrones en el comportamiento humano que cuando uno es diferente por muy feliz que sea y aunque no les hagas daño alguno los sacas de casilla y simplemente o te sientes extraño o te lo hacen sentir. muchos cariños un buen texto.

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  5. Las personas van y vienen, como abejas irresolutas, escuchando campanadas de misas que no les incumben.

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  6. Estoy de paso, de visita.. ya me voy. Tiendo a creer que sólo soy un ser en tránsito para todos los que me han conocido. Ya sé, todos somos absolutamente prescindibles.

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