11 de abril de 2012

FRAYCASU

JESÚS CHAMALI -.

Corría el año 1986 o 1987. Yo acababa de abrir Piruletas, el que fue mi negocio, mi tienda de calzado, en el nº 7 de la c/ General Bravo. Por aquella época era un tipo estirado que pretendía ser más de lo que era. Venía de ser empleado de mi hermano Juan y ansiaba emularlo, ser un gran empresario, demostrarles a todos que yo era más listo que nadie, así que copiaba todo sus comportamientos como si fuera un monito. Bueno, he de decir que más los malos que los buenos, y así me fue, pero esa es otra historia. Estaba en mi tienda, colocando los zapatos simétricamente, limpiándolos y esperando a las clientas como agüita de mayo y en la puerta de la tienda paró un seat 124 de color celeste con un casete de los Chichos sonando a todo volumen. Cuando me acerqué a ver quién diablos era el hortera, no había nadie dentro. Sólo estaba ese coche y la gitanada de la música a todo volumen.

Todo el que pasaba se quedaba mirando el coche y luego a mi antes de seguir su camino. Yo ya estaba rojo de indignación. ¿Pero es que nadie iba a hacer nada para solucionar esto? Cuando estaba a punto de estallar, se abrió la puerta del edificio de enfrente. Era un edificio unifamiliar y señorial de los de Vegueta-Triana. De hecho, el dueño era un jefe del Banesto. De allí salió un joven con una cesta de plástico llena de bragas y paños de cocina. Luego fue a por otra y luego a por un edredón. En la cintura llevaba una de esas carteras de cuero de los cobradores y en las manos uno de esos libros de tapas también de cuero repletos de fichas de clientes de crédito. Le dio un beso a la hija del dueño de la casa, me saludó, se metió en el coche y se fue con la música -¡nunca mejor dicho!- a otra parte. Yo echaba chispas por los ojos. Aquello me parecía fuera de contexto en esa zona.

Al día siguiente, lo mismo. Y al otro, igual. El cuarto no vino, pero el quinto, el viernes, mientras yo estaba en el almacén, la música -esta vez de Junco- atronó mi tienda. Salí como un tiro dispuesto a comérmelo y, sorprendentemente, me lo encontré dentro de la tienda mirando un modelo de zapato. Entablamos conversación, se dio cuenta de lo alta que estaba la música, la bajó, seguimos hablando y a partir de ese día, hace más de veinte años ya, somos amigo.

Paco Caballero supo hacer lo que yo jamás he sabido. Empezó de la manera más humilde, pidiéndole prestadas 500.000.-ptas (3.000.-€, actuales) al padre de su novia para comprar la primera mercancía. Yo saqué un crédito de 3.000.000.- que dilapidé en reformitas y mariconadas antes aún de abrir y sin comprar prácticamente ni un par de zapatos. Luego, Paco trabajó como un burro, pero siempre sin perder de vista dos horizontes: hacerlo con cabeza y hacerlo divirtiéndose. Yo también trabajé como un animal, pero la cabeza que empleé, me da que fue la una gamba. Además, siempre estaba preocupado, cuando no era por una cosa era por la otra, parecía que el peso del universo descansara en mis hombros, pero de lo que realmente me tenía que preocupar, que era mantener al día los pagos, de eso me olvidaba día sí y día también. No recuerdo a Paco nunca sin una sonrisa, un chiste o una broma por muy duro que fuera el día o muy cansado que estuviera.

Y la cosa fue así, mientras yo fui cayendo poco a poco, el fue subiendo en la misma proporción. No había negocio, idea o empleo en donde Paco no se metiera para ganar unos duros, y esos duros los iba sumando a otros y esos a otros y así hasta el infinito y más allá. Vendedor a domicilio, transportista, pinche de cocina, carpintero, vendedor de cocinas y cochones...

Un día creó su empresa. Le puso un nombre que no le gustaba a nadie. FRAYCASU. A los demás nos recordaba demasiado al verbo fracasar. Nada más lejos de la realidad. Es una de las pequeñas empresas más sólidas y saneadas del panorama canario. La razón es la misma estrategia que siempre ha empleado en todos sus negocios: gastar menos de lo que entra, huir de la financiación externa, férreo control de gastos.

Esta semana me encontré con él en su negocio del nº 22 de la misma C/ General Bravo. Le pregunté por la crisis. Quería saber si a él también le estaba afectando. "Como a todos" me contestó. "La diferencia es que yo no tengo que pagar muchos sueldos, el alquiler el razonable y tengo más entradas que salidas".

Le pregunté por sus hijas. Quería saber si alguna iba a seguir el negocio familiar. Esa era mi ilusión cuando tenía mi tienda y lo fue a su vez de mi padre. "No, la grande estudia una carrera en Tenerife, y a la pequeña tampoco le gusta el negocio". No sé si lo decía con pena o con alivio. Hoy en día, cuando los titulados Universitarios se pasan años en el paro antes de conseguir su primer trabajo, y aún así, éste no pasa de ser mileurista, tener un negocio propio es una salida profesional envidiable. Siempre que el negocio sea como el de Paco, claro, no como era el mío.

He de decir que de todos mis amigos y conocidos, a uno de los que más orgulloso me siento de contar entre ellos es a Paco. A pesar de su éxito personal y profesional, su carácter no ha cambiado. Sigue siendo ese chaval que, pase lo que pase, es capaz de sacarle punta cómica a todo. Cuando la muerte venga a por él, le gastará una broma y -estoy seguro- le hará reír tanto que tendrá que volver otro día.

Un abrazo, compañero.

7 comentarios:

  1. Son tantos los factores en juego, que no creo que exista una fórmula apropiada para todos los lugares y tiempos.

    La voz del narrador es excelente, por cuanto va expresando con cierta amargura, desazón e ironía todo el desencanto que nos atenaza en estos tiempos.

    Formidable texto amigo Jesús. Y los personajes, tan diferentes y tan queribles al mismo tiempo.

    Aunque sé que no es ficción, y eso le da un valor muy superior a lo narrado.

    Un abrazo, amigo.

    ResponderEliminar
  2. Siempre fue el sueño de mi papá tener un negocio propio, incluso ahora que está a punto de jubilarse de uno en relación de dependencia después de más de treinta años de duro trabajo, en eso estamos desde hace más de 10 años con resultados dispares. Cuesta mucho, no es nada facil poner un negocio a andar y mantenerlo, la lucha contra los agentes externos no es tan dura como contra uno mismo.. hay que tener unas ganas superlativas para atraer al éxito! Bueno, eso creo yo que hago mi parte obedientemente y sin expectativas como mi papá!

    Muy buen relato, historia.. me encantó!

    ResponderEliminar
  3. FRAYCASU?? ´Sí que suena a fracaso pero si es un exito nada que recriminar. Muy buena narración!

    ResponderEliminar
  4. Cuesta hacer remontar un negocio. Y parece que a algunos les resulta tan fácil. Pero la actitud de tu amigo debe ser la correcta.
    Buen escrito. Saludos.

    ResponderEliminar
  5. No se si comentar algo acerca de la forma de levantar un negocio, como lo hizo su amigo Paco, o del relato que nos entregas relacionado con el mismo tema, lo cierto es que si los negocios Paco los ha hecho muy bien, la narración que usted nos entrega amigo Jesús es magistral.

    ResponderEliminar
  6. Aunque el relato, absolutamente verídico, y parte de un libro que se haya "en cocina", se remonta a los años 80 del Siglo XX, en la España actual, en plena crisis, con una tasa de desempleo del 23% de media y del 50% entre los jóvenes, con una demolición del sistema laboral disfrazado de reforma legislado por la derecha en el poder, la única salida que les queda a los jóvenes y a los mayores de 40 es hacerse sus propios jefes y montarse su propios negocios o emigrar a otros países.
    Y si eres joven, ingeniero y hablas al menos dos idioma y uno de ellos es el alemán, vale, tienes posibilidades en Austria, Alemania, o Suiza. Si en cambio eres de los mayores de 40...o te haces autónomo o estás muerto.
    Gracias por sus comentarios.

    ResponderEliminar
  7. Buena anécdota, con un toque de comedia y tragedia. Desde la perspectiva económica creo que llevar a delante un microemprendimiento es un misterio más de las sagradas escrituras. Nunca se sabe.

    ResponderEliminar

*