13 de abril de 2012

Miiiiaaaú

LILYMETH MENA -.

Es curioso como reprimes recuerdos que después de permanecer letárgicos durante años, quizá décadas enteras, vuelven a uno ante casi ninguna provocación.

Anoche mi hija Samantha y yo nos preparamos para ir a la cama, casi sin ganas y dejando en el reproductor una película a medio ver. Eran las tres de la mañana y cada una en su cama no dormía. Yo escuchaba como ella insistía en dar vueltas como pollo en rosticería intentando acomodarse por fin; yo cambiaba el disco para escuchar en mi celular y con la lucecita hacia visible el insomnio que me atacaba.

Entonces, como si Sam siguiera siendo una niña comenzó a incitarme para contarle cosillas de mi niñez, de esas que no le he contado, ya fuera porque no tuviera oportunidad o la memoria para hacerlo. 

Poco a poco comencé a relatarle lo que yo suponía eran mis peores travesuras y que lentamente fueron viniendo a mi como susurrándome al oído “sigo yo”.

Al principio eran las que tenía más frescas, de los diez, once años. 

Cuando mi hermano Alejandro y yo nos quedábamos solos en casa, nos metíamos a la cocina para fumarnos un cigarrillo mentolado de mi padre, también nos comíamos las nueces y almendras que mamá guardaba celosamente para ir al molino a preparar mole cuando hubiera ocasión de algún festejo. Solía quedarme con el vuelto de los mandados a los que me enviaba mi madre. 

Entonces fui retrocediendo cada vez más hasta llegar a mis recuerdos más tiernos.

“Yo dormía con mis padres cuando era una bebe” le dije a mi Sam sin que ella pudiera creérmelo. Así que seguí contándole. Al principio dormía entre ellos o me echaban a un lado según nos acomodáramos. Como tenía un par de hermanos varoncitos, a mí por ser la primera niña me tenían muy consentida, malcriada pues. Cuando mis padres comenzaron a sentirse incómodos con mi presencia en el lecho matrimonial, quisieron echarme, pero no fue tan fácil. Siempre he sabido dar batalla. Yo lloraba, gritaba y pataleaba tanto que mi padre no tenía corazón para alejarme. Así que decidieron que seguiría durmiendo con ellos pero en la cabecera. Así es que yo dormía a mis anchas y seguramente a mis padres se les salían los pies por el borde inferior de la cama. 

Mi mundo era feliz y simple como el de cualquier bebe, porque uno hasta los tres sigue siendo sólo un bebe.

Cuando mi madre resulta embarazada por cuarta ocasión, entonces si se impusieron a que debían echarme en definitiva. 

Nuestro departamento era pequeño, estancia-comedor, sala, cocina, baño y una sola recámara. Mis hermanitos dormían en una enorme colchoneta que se les preparaba cada noche en el suelo de la sala. Y yo pues como buen parásito sobre la cabeza de mis encogidos padres.

Un día papá llegó con unas maderas y se puso a hacerle al carpintero.

Corrió la cortina del espacio dispuesto para el clóset, hizo subir el tubo para la ropa lo más posible al techo, y por ahí de la mitad hacia abajo, puso unas maderas bien clavadas. Sobre las maderas un colchón de hule espuma justo a la medida al que cubrieron con sabanitas de colores. Me compraron una linda almohada con holanes y una cobijita rosa. ¡Listo! Con esa facilidad me echaron al clóset, aunque, bueno, era un buen espacio para alguien tan diminuta como lo era yo. 

Como mi madre estaba preocupada de que me entraran los celos con el nuevo bebe, y fuera yo a morderlo o a hacerle maldades como todo buen envidioso; quiso utilizar una táctica que aun hoy en día se recomienda mucho. Hacer partícipe al hijo más chico de lo que implica un bebe nuevo en casa. 

Papá me trajo del centro un bebe de juguete, con vestido de marinerito. Ojos azules y cabello rubio. La verdad es que nunca me gustó, era muy pesado para mis bracitos y su rostro me molestaba. En cuanto pude le pinté la cara y los brazos con los plumones de colores de mis hermanos, el resultado fue monstruoso y el bebe desapareció. 

A cambio, mi madre me regaló un niño de trapo, con el cuerpecito exacto de un bebe y justo del tamaño adecuado para una madrecita de mi tamaño. De inmediato lo adoré.

Al nacer mi hermana y saber su nombre, decidí llamar a mi bebe como ella, pero en masculino. Grecio. Mi niño era de cabello rizado color chocolate, tenía unas mejillas infladitas y rosaditas, manitas de hule, ojos grandes y pestañas largas. Lo llevaba conmigo a todas partes, y claro, a la bebe de verdad nunca le hice el menor caso (aparentemente). Por lo menos nunca la mordí o le hice ningún daño.

Conforme pasó el tiempo, mi Grecio fue perdiendo algunas de las bolitas que lo rellenaban, mamá zurcía solícitamente cada fuga pero era evidente que mi bebe decaía. El niño de mis ojos se venía abajo. Ahora lo traía desnudo, su única protección contra el intemperie era su propio cuerpo de trapo ya descolorido. Sus hermosos rizos achocolatados, se los había yo cortado un día jugando con las tijeras, así que el pobre estaba todo pelón. Un día me di cuenta que de su cuello y hacia adentro de su cuerpecito había un palo de madera, seguramente para asegurar que el juguete no perdiera nunca la cabeza.

Entonces inicio un rito que no detuve hasta mucho tiempo después.

Cada vez que conocía a un niño o niña, señor o señora, yo presentaba a mi bebe.

-Hola, yo me llamo Grecio; y tengo un palito.

Acto seguido, hundía el palito de mi bebe en el estómago de mi interlocutor.

Cosa que en el jardín de niños y en todas partes me ganó regaños y castigos, pero a mi no me importaba. Era mi manera de mostrar entonces que sí estaba celosa del nuevo bebe en casa. Pero mi arma no era emocional, era un arma de a deveras. 

Más o menos por el mismo tiempo me dio por creerme gato (siempre intentando llamar la atención). Era fácil encontrarme de rodillas maullando, escondiéndome debajo de los muebles o echa bolas panza arriba esperando algún mimo. Durante el baño mamá tenía que tallarme duro las rodillas y me reprendía por andar a gatas todo el tiempo, ¿pero que podía yo hacer, era sólo un gato?

Entonces entró en acción la siempre inteligente y vivaz mente de mi madre.

Con sus propias manos tejió para mí un gato relleno de trapo.

El tal Grecio…quien sabe donde diantres quedó.

A partir de ahí, mi gata y yo éramos una, y lo fuimos hasta ya entradas en años.

Ya de adulta cuando me he encontrado con alguna compañera de la primaria, lo primero que me dicen es ¿te acuerdas que ibas para todos lados con tu gata de estambre en su bolsita? Si, mi madre me hizo bolsitas de distintos colores para poder llevar mi prenda adorada adonde fuera.

Hoy en día mi gata se encuentra sentadita y con ojos vigilantes en un rincón de mi cuarto. Lleva puesto un calzoncillo rosa que le robé a una muñeca de mi madre. Digo, la pobre no podía andar por el mundo desnuda.

Yo le devuelvo la mirada a modo de guiño, como si compartiésemos un secreto.

5 comentarios:

  1. Qué relato más encantador. Qué bueno que tenga esa prodigiosa memoria y pueda compartir con su pequeña todas esas anécdotas. La felicito. Saludos.

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  2. Qué divertido y sincero! No siempre nos gusta compartir nuestras ñañas de la niñez, las guardamos como un secreto asi como las fotos de esos tiempos que nuestras madres se obstinan en mostras inoportunamente. Que bueno que tenga esa memoria y lo comparta con su niña como con nosotros. Se agradece y celebra.

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  3. Quién no fue travieso en esos años, Lilymeth. Grecio debió ser muy paciente con su gata ventrílocua.
    Hermosos recuerdos.
    Un gusto leerte.

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  4. Se evidencian entonces los rasgos de una personalidad protagónica.
    Un relato emotivo y pictórico que se desliza entre el humor, la ironía y la nostalgia.
    Cabalgamos en alas de pegaso dentro de la mente de una niña encantadora, tal como una película de Hayao Miyazaki.

    Valioso.

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  5. Un caracter dificil de llevar, sin dudas. Entretenida historia, me gustó mucho! Saludos

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