23 de julio de 2012

Azulejos

ENCARNA MORÍN -.

No hay nada más provisional que aquello que parecía definitivo, me he dicho esta mañana, cuando casi por casualidad he ido a parar a aquella calle donde pasamos algunos años de nuestras vidas. Allí, junto a unos grafiti multicolores, estaba un pedacito de nuestra historia despanzurrado y a la intemperie. Una pared de azulejos de la que fuera nuestra cocina, estaba casi a la altura de la acera, al alcance del ojo de cualquiera que quisiera fisgar.

Aunque lo cierto es que nadie parecía reparar en ellos. Sólo yo lo hice. Permanecían adornando la pared de la calle, junto a otros retazos de habitaciones multicolores, algunas con cenefas caducas y espantosas. Las pintadas y el cemento ocultaban por partes la vergüenza de quien se siente en la más absoluta desnudez. Pero pude identificar ese trocito de cocina, que tantas veces había frotado, pese a que la geografía de toda esa parte de la ciudad se ha transformado. Donde jugaban los niños, está ahora el toldo de una parada de taxis.

El corazón me dio un vuelco en cuanto reparé en aquella pared. No solo porque me sentí de pronto con la intimidad expuesta, casi al desnudo, sino además, porque se me vinieron de golpe todos los recuerdos.

Ese era tu lado de la mesa. Allí te apoyabas, mientras compartíamos cada mañana un café lleno de refunfuños y cansancio. Salíamos a trabajar al alba. Me pregunto ahora apara qué habrá servido tanto trabajar. Total, siempre andábamos justitos a fin de mes. Volvíamos a casa al caer la tarde, y allí conversábamos después de que los niños dormían, hasta que luego el cansancio nos derrumbaba y tomábamos conciencia de que había que irse a la cama a una hora razonable. Hacíamos planes que pocas veces lográbamos concretar. Lo de cambiarnos de casa lo planeamos varias veces, pero nunca nos alcanzó el dinero para pagar algo mejor. Paradojas de la vida, logramos mudarnos de casa cuando dejamos de hacer planes juntos, en el momento en que ya ni siquiera éramos capaces de compartir el café mañanero y cuando en nuestra cama había un abismo.

También en esa cocina tuvimos algunas dolorosas conversaciones de despedida. Amargas despedidas que luego se cargaron de reproches, al tiempo que nos esquivábamos en mitad de aquella tormenta.

Por último, te fuiste tú primero y una parte del armario quedó entonces vacía y desolada. Más tarde empecé a echar en falta tus libros, tus discos, tus zapatos... y no solo eso: dejé de encontrarle sentido a meterme los domingos a cocinar restringiendo el menú que ahora solo compartía con los niños. Te echaba en falta. Salir de la cama a la mañana se convirtió en un esfuerzo sobrehumano, y aquellos cafés en solitario, me parecían los más amargos de mi vida. Las tardes en el parque con los niños, donde otras parejas compartían mocos y caídas, me hacían sentir sola y extraña. Cada salida al parque hacía que un nudo se instalara en la boca de mi estómago. Te extrañaba, al tiempo que tomaba conciencia de que jamás íbamos a hacer de nuevo todas estas cosas juntos. En realidad, me despedía de ti un poco cada día, como si fuera una muerte agonizante, y tú no terminaras de morirte del todo. Nuestra historia yacía, a punto de extinguirse para siempre, y yo aún estaba en pleno duelo.

Lo más grave no era que tú no estuvieras, lo peor era que no sabía qué hacer conmigo. De la misma forma salomónica en que derribaron aquel edificio años más tarde, así rompimos nuestra complicidad y nuestros muchos momentos compartidos. Porque si he de serte sincera, confieso que en esta ocasión no la vi venir. Estaba tan confiada en medio de los quehaceres, los niños, las tareas, el trabajo, que no me di cuenta de lo que nos estaba pasando. Hasta que un buen día sentí que estábamos lejos, que hacía semanas que no nos prodigábamos caricias, caí en la cuenta de que nuestra vida carecía de proyectos y de que incluso, te evitaba con cualquier excusa.

Antes de que nacieran los niños, nuestro amor parecía una fuente inagotable de cariño y ternura mezclados con un intenso deseo lujurioso. Cualquiera de nuestros planes era una aventura, aunque solo fuera dar un paseo por la playa. El primer embarazo lo afrontamos con bastante inconsciencia, pero al poco tiempo, pusimos los pies en suelo de golpe, cuando vimos que nuestro tiempo y nuestras vidas dejaban de pertenecernos por completo. El niño no traía ni manual de instrucciones, ni el pan debajo del brazo, y nuestras ojeras por las mañanas nos obligaron a repartir la vigilia nocturna, por lo que en su primer año de vida, siempre uno de nosotros andaba con sueño y exhausto. Nuestro segundo hijo nos cogió con cierta experiencia, pero los agobios económicos aumentaron y desde entonces preferíamos no salir de noche, a tener que andar con los niños en volandas a casa de los abuelos, para luego estar en planta bien temprano a recogerlos.

Esa rutina creo que fue minando nuestro espacio, que desde entonces se difuminó como la niebla, y nosotros dejamos de encontrarnos. Creo que en cierto modo nos volvimos invisibles el uno para el otro. Desde el momento en que el sexo se tornó monótono y presuroso, siempre más pendientes del sueño de los niños o de si podían oírnos, que de dar rienda suelta a nuestros deseos, estos se llamaron de otra forma. Ese tedio, era el síntoma evidente de que definitivamente aquello hacía aguas por todos lados, mientras permanecíamos ocupados haciendo otras cosas. Creo que fueron las circunstancias las que marcaron nuestro destino. Quizá, con un poco de la experiencia que ahora tenemos, habríamos sabido que el final de la película era más que previsible.

Todo esto que ahora pienso, es buscando una explicación a lo que quizá no la tiene. Es decir, si que la tiene, pero tal vez es mucho más simple. Posiblemente se terminó el amor y nos cansamos de vernos y también de aquello, en lo que se había convertido nuestra vida. “Se terminó el ciclo”, me dijiste aquel domingo en la cocina con los ojos llorosos. Y yo no pude dejar de darte la razón, pero estaba desolada, angustiada, perdida, triste.

Cuando te fuiste, y el fantasma de tu ausencia rondaba por allí, decidí que no quería quedarme. Y volví a remover el dolor despidiéndome ahora de aquella casa en la que solo quedaban sonidos y escenas del pasado que yo quería olvidar a toda costa. Tenerte allí de visita, mientras pasabas a recoger los niños, me resultaba doloroso y triste, era como rememorar tu vuelta. Así que en aquella pared te apoyaste un par de veces más, mientras ellos recogían su mochila y ponían comida a su tortuga o te mostraban sus trabajos del colegio. Pero yo no pude aceptarte como un visitante que viene y va. Te quería conmigo para siempre o por el contrario, fuera por completo de mi vida. En medio de aquellos momentos de flaqueza, incluso estuve tentada de llamarte alguna noche. Las noches sin ti eran una desolación.

Pero no lo hice, y tú tampoco. Así que cuando tuve la certeza de que por esto, yo no iba a morir sin remedio, junté fuerzas para caminar hacia adelante, y decidí irme para siempre de la casa. Cubriéndome de una capa de aparente insensibilidad, arrojé a la basura tus objetos inservibles y mis recuerdos.

Pero... hoy he visto este trozo de nuestra cocina, y de pronto, con todos los recuerdos agolpados, he caído en la cuenta de que ya no existe, jamás volverá a existir más que en mi memoria. Sin embargo, una parte suya permanece desafiante e indestructible, formando parte del paisaje de la calle, quizá por poco tiempo, ¿quién puede saberlo? posiblemente termine difusa, como ocurrió con nuestro amor, o con aquellos sentimientos.

Ahora tomamos café por separado cada mañana, dormimos junto al calor de otros cuerpos cada noche, volvimos a ilusionarnos y nos enamoramos de nuevo. Todo ello, pese a que durante mucho tiempo pensé, llena de desesperanza, que no era posible encontrar a alguien que estuviera a tu altura. Pero, en cuanto dejé de establecer comparaciones, buscando a tu copia con algunos retoques, comprobé que las heridas cicatrizan y que el amor es como un manantial, que rebrota con la llegada de las lluvias.

Tú también habrás seguido tu proceso, aunque necesitamos tomarnos una distancia para que todo eso ocurriera. Te vi cambiar, tomar impulso, seguir adelante. Creo que eso no me gustaba del todo, te creía tan mío que no aceptaba que fueras feliz si mí. Afortunadamente, hemos crecido un poco en todo este camino. Incluso, hasta hemos tenido otros hijos... ya ves, nada es inamovible, todo se transforma.

Pero hay un tabique indestructible de azulejos decorando para siempre mi memoria, porque no en vano, una parte de mi historia se construyó contigo.

13 comentarios:

  1. ¿Adónde va a parar la felicidad? pensaba mientras leía tu texto, y numerosos episodios propios se intercalaban con los que tú ibas narrando.
    Esta vez no reparé en la forma, porque ya sé que la forma en tí es perfecta. Esta vez me consumió la emoción al leer este recuento de dos vidas compartidas, de miles de sueños, esperanzas, biberones, parques, insomnios y tostadas al amanecer, de rutinas y ritos y tantos momentos compartidos que hacen que dos vidas se conviertan en una sola. Y de todo eso sólo quedan dos azulejos desteñidos en una calleja pública.
    Pero también quedan los hijos que son el más selecto fruto del amor, el relevo de la sangre, y por ellos vale todo lo vivido.

    Un fuerte abrazo mi querida Encarna.

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  2. Hoy estoy castigado en facebook porque algún maldadoso me denunció por subir una foto de Marilyn Monroe, por esto no puedo enlazar más que a Twitter. Pero mañana espero que todo siga como siempre.

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  3. Nunca aprenderemos que nada es para siempre, nunca tomaremos a tiempo las medidas necesarias para cuidar ese amor que tan vital nos parece cuando ya lo perdimos. El amor no es eterno, vaya tontera se nos metió en la cabeza pensando así.
    Triste y a la vez vital, muy buen relato.
    Saludos.

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  4. Conmovedora historia. Gracias por compartirla.

    Saludos

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  5. Me pregunto qué sentía él, porque usted lo siguió amando mucho tiempo más. Cómo distinguir el amor, de la necesidad de tener a esa otra persona a nuestro lado, o es lo mismo.

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  6. Esa pared de azulejos en plena calle, un día, me removió el alma. Aunque no era ni mucho menos mi propia casa.
    Yo toqué aquellos azulejos e imaginé el resto.
    Pero es así... alguien con quien hemos compartido tantas cosas, forma parte para siempre de nuestra vida.

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  7. Un episodio de tu vida narrado maravillosamente. Conmovedor aún para quienes no hemos pasado por una circunstancia siquiera parecida. Gracias por compartirte así. Saludos.

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  8. Lore... me encanta que el relato sea tan creíble, pero no es autobiográfico a pies juntillas. No hablo todo el tiempo de mi. Quizá me ocurrieron cosas similares, como a tanta gente. Los seres humanos somos básicamente iguales. Es un viejo relato, pero al que tengo un espacial cariño.
    Compartirlo en este foro es un honor.

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  9. Un relato emocionante y maravilosamente escrito. Has sabido poner el alma en cada una de las palabras. Muchas felicidades.

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  10. Santiago Gil es un prestigioso escritor canario (para los amigos del otro lado del Atlántico). Gracias por tus palabras, santiago, me dan mucho ánimo.

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  11. Antes de leer los comentarios también creí que era autorreferencial. De todas formas es una historia universal, a todos nos puede pasar!

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  12. MARIA BETANCOR3/1/13

    a QUIEN NO SE LE HA ACABADO ALGUNA VEZ EL AMOR DESPUES DE MUCHOS AÑOS Y PASADO ESE TREMENDO DOLOR DEL DUELO QUE ES LA SEPARACION. Y LA PAREJA DE LADRILLOS QUE QUEDAN SIEMPRE EN NUESTRA MEMORIA, ES INVORRABLE.
    PRECIOSO Y COTIDIANO.

    BESOS ENCANRNARA

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  13. "No preocuparse, no turbarse, no inquietarse ni desasosegarse. Estar tranquilo, todo viene y todo parte..."
    Sivananda.
    Excelente conjugación de emociones para describir con exquisita elocuencia una realidad agridulce.
    Gracias.

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