21 de julio de 2012

Espuma blanca

LILYMETH MENA -.

De cabello totalmente cano, ojos tristes y una piel tan arrugada como la de un elefante, se le veía acudir cada mañana sin falta a esa pequeña glorieta con cuatro escalones; donde yacía una fuente de escaso litraje, con unos pequeños jarrones que simulaban tirarse agua uno dentro del otro hasta desparramarse en la anchura final de la cantera rosa. Cargaba consigo un par de esas bolsas grandes de colores que las señoras llevan al mercado, y a un pequeño perro blanco manchado.

Nunca la vi cruzar palabra con nadie, ni siquiera la mirada. Sin embargo mucha gente la odiaba.

Su puntual cita con el agua corriente de la fuente, coincidía con la entrada de los infantes al jardín de niños.

No había madre, padre, abuelo o abuela, que no la viera con esa mirada peculiar de “ojala simplemente desapareciera”.

Yo llegaba siempre unos minutos antes de que se abriera la puerta de la escuela para dejar a mi niña, estacionaba mi auto generalmente alrededor de la pequeña glorieta y miraba a la gente desde un punto en el que parecía que no les importaba ser observados.

La anciana disponía sus cosas sobre el borde de la fuente al mismo tiempo que se sentaba sobre un costado de su cuerpo. Cargaba amorosamente a su cachorro y con una jícara lo mojaba, lo enjabonaba y tallaba con sus manos. Una vez limpio el animalito lo secaba con una toalla salida de alguna de las bolsas. En seguida era ella quien se enjabonaba parte por parte, sin mostrar nunca algo que pudiese ofender a nadie. Primero un brazo, el otro, un hombro, el otro hombro.

Digamos que se bañaba vestida.

Finalmente echaba un poco de detergente sobre su cabeza y colocándose boca abajo se bañaba desde la nuca en agua fría.

La espuma era casi tan blanca como su cabeza.

Al final cuando los dos estaban bien bañados y arreglados, sobre el mismo borde de la fuente lavaba su ropa sucia y el par de toallas, que después de ser fuertemente exprimidos eran depositados dentro de la otra bolsa.

Casi nadie notaba cuando se levantaba lentamente y se iba rumbo a las calles que dan al centro. Con paso lento y ladeado se le perdía de vista detrás del puesto de periódicos en la esquina de la iglesia.

A mi nunca me molestó, siempre me pareció que para su edad y condición de indigente, era quizá una de las personas mejor aseadas que hubiese visto en mi vida, claro su perro también. Me imaginaba que a cualquiera le puede suceder eso de quedarse solo y sin casa a esa edad, sin embargo no sentía lastima por ella.

Daba la impresión de haber sido una persona fuerte toda su vida.

Una mañana así como si nada, dejé de verla, dejó de acudir a su cita con aquel brote de agua limpia.

Nadie pareció notar su ausencia.

De ahí en adelante la pobre fuente se veía abordada por los enormes traseros de las amas de casa y los brincoteos de los niños esperando el timbre de la hora de entrada.

No puedo decir que la extrañé o que no lo hice para nada.

Eran mis ojos o quizá otros de mis órganos, los que echaban de menos ver caer al suelo esa espuma blanca que se perdía calle abajo por el empedrado.

9 comentarios:

  1. Dentro del infortunio de la mujer del perrito (aunque quizás para ella no era infortunio, sino la forma de sobrellevar su libertad), ocurrió esa afortunada confluencia entre tu mirada y su rito. A través de tus palabras ambas se hermanan y se hacen inmortales.

    Bellísima historia, Lilymeth.

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  2. Una mujer con pinta poco común, cuidaba de unos geranios en la autovía por donde paso cada día para ir al trabajo. Me ha recordado a tu personaje. Ella les limpiaba de maleza, eligiendo el sol del mediodía. A mi en su momento me dio por escribir una historia imaginaria. Ya no está. Seguro que se han encontrado en el más allá.
    Linda historia.

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  3. Qué triste es la vida de los indigentes, qué pena tremenda causa al alma observar esas situaciones. Sin embargo, hay veces en que vemos a través de la triteza una belleza y pureza tan noble que nace un poco de esperanza en la gente. Tu escrito es tan tieno que eso es un rescate emotivo que vale la pena celebrar y arranca una sonrisa.

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  4. Hace algunos días, mientras caminaba por una calle, vi a un antiguo conocido que me llamó. Es poeta y profesor. No sé qué le había sucedido pero estaba sentado sobre el bordillo de un jardin y a su lado había, extendido, un trapo donde se veían algunos céntimos. Le pregunté qué ocurría, me dijo que las cosas le iban muy mal. Le di algo de dinero y me fui extrañada y apurada. Yo iba con prisa y no pude saber qué le ocurría.
    Hace dos días, esta misma persona estaba bajo el puente de piedra por donde paseo a diario. Junto a él, dos policías, gente de la Cruz Roja y de Protección Civil. Intentaban calmarlo porque estaba en un estado de ansiedad y nerviosismo que asustaba. Me dio mucha pena. Se lo llevaron en una camilla, por la fuerza, para que fuera atendido.
    Cada día somos testigos de escenas lamentables que prtagonizan personas normales y extraordinarias. Vivimos tiempos difíciles.
    Tu historia es hermosa y triste a la vez, mi querida amiga. Estamos todos un poco tristes.

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  5. Anónimo21/7/12

    La historia está muy bien contada. Esa dignidad la encontramos en muchas personas de todas las edades.

    Un abrazo

    Raúl de la Puente

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  6. En este blog siempre encuentro conmovedoras historias de vida. Gracias por compartirlas.

    Saludos

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  7. La hermosa historia, ahora ha mejorado con esta imagen...

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  8. La sociedad mira con desdén todo aquello que refleje sus miedos más íntimos. La sociedad niega porque teme y juzga porque así siente que aleja al "mal" de sí. Es triste y hasta patético pero a mi entender así funciona su dinámica. Los pequeños elementos de la sociedad son esas gentes que con su mirada reprochan y con sus bocas despecian.
    Bellamente narrado Lily, un abrazo.

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  9. Me gustó mucho esta historia. Un poco de crítica social y un lado sensible que resalta lo más humano de su mirada. Saludos.

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