30 de julio de 2012

La orientala

ENCARNA MORÍN -.

Montevideo, 1910. Mi abuela y mi bisabuelo.
Mi abuela María Luisa era muy intuitiva. Tenía premoniciones de lo que habría de pasar, o simplemente sabía interpretar las señales. Dormíamos en la misma habitación y hablábamos con la luz apagada, hasta que alguna de las dos caía rendida por el sueño. Me contaba historias del pueblo... algunas me daban miedo y yo me sentía segura bajo las mantas, tapándome hasta la cabeza.

Me hablaba de un libro "bonito" pero triste, que había comprado una vez a un viajante que pasó por allí. Eran dos grandes tomos con letra menuda que guardaba en la parte baja de la mesilla de noche.

La historia de "Genoveva de Brabante" -decía- pero siempre que intentaba leerlo, terminaba llorando. Y razón tenía. Las tres o cuatro veces que sacó uno de aquellos pesados libros, las dos terminamos a moco tendido. Así que dimos tal tarea por imposible. Yo alguna vez intenté hacerlo a escondidas, como si estuviera cometiendo un delito, terminado siempre en un llanto que me nublaba las letras. Nunca llegué a saber el final de aquella princesa abandonada a su suerte, de la que el verdugo se apiadó, dejándola a solas en el bosque son su hijo.

Sin duda mi abuela se identificaba con ella, dejando así escapar su dolor, que de otra forma permanecía anestesiado y reprimido.

Una de aquellas noches se despertó inquieta. Tal era su desasosiego que me despertó también.

-Algo grave ha pasado, los perros de Frasquita están llorando. Nada bueno, seguro que alguna desgracia. ¡Dios mío! ¿Qué habrá pasado?

La respuesta llegó por la mañana. Un vecino se había suicidado. Eligió un aljibe para tirarse dentro. Pasó por delante de la casa de Frasquita, cuando aullaron los perros que olieron a muerto. Siguió andando y pasó detrás de nuestra casa, y por fin se tiró unos cien metros más abajo, en el aljibe más grande del pueblo: en la casa de Marcial el marchante, que no cayó en la cuenta al sacar el agua, por la mañana, de  que había en el muro de piedra cerca del brocal, un sombrero y dos soletas.

El suicida dejó una carta. Cuando en el cafetín del pueblo se supo la noticia, aún no había aparecido el cadáver. Marcial salió corriendo, con la excusa de haber olvidado los cigarrillos en casa, ante la sospecha que era casi una certeza. Cuando abrió la tapa del aljibe allí estaba el ahogado, boca arriba, descalzo y sin sombrero, pero con toda su ropa puesta.

Esta pesadilla tuvo al pueblo sublevado por un tiempo. Los rumores iban y venían. Que si habían tenido que tirar toda el agua -gran desgracia por entonces, ya que el agua era un bien preciado por escaso- que enfermaron todos en la casa, solo de pensarlo pues habían usado el agua sin saberlo, que si tiraron la comida a la basura...y hasta la precisa frase de Marcial cuando lo vio dentro:

-¡Ahí estás, cabrón, ensuciándome el agua!

-Ya sabía yo que había pasado una desgracia, los perros de Frasquita lloraron mucho rato -sentenció la abuela-encontrando por fin respuesta a su pregunta.

Para confirmar su augurio de que el calendario tenía algo que ver con todo el desaguisado de su vida, murió un día trece, noventa y cuatro años más tarde de aquel trece de agosto en el que vino al mundo en una ciudad de prestado: Montevideo.

Mis bisabuelos y sus dos niños varones, emigraron a Uruguay en pleno reclutamiento para la guerra de Cuba. No querían ser carne de cañón en una guerra que en absoluto era la suya. No contaban con las mil quinientas pesetas que compraba una dispensa para mi bisabuelo, ni siquiera con la setecientas cincuenta con las que se conseguía una incapacidad amañada.

En pleno exilio nació la niña, mi abuela María Luisa. Era el año 1904. Siempre estuvo muy orgullosa de decir a quien quisiera escucharla que ella era "orientala".

Fotografía: Casiano Perdomo Bonilla Y María Luisa Perdomo Arráez (mi bisabuelo y mi abuela) en Montevideo, año 1909.

8 comentarios:

  1. Tardé muchos años en caer en la cuenta que el término orientala era referido a la República Oriental del Uruguay...

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  2. Anónimo29/7/12

    Nunca fue bien visto suicidarse. En Chile al menos, era un tipo de muerto de que nadie hubiese querido hacerse cargo, menos los curas. Hoy eso ha cambiado, y parece que hasta hay más suicidas que antes. Y menudo problema debió causar un suicida que ensució el agua del pueblo. Me conmovió leer sobre su abuela lectora que no era capaz de continuar esa historia tann triste.

    Hermosa historia y hermoso titulo.

    Saludos cordiales

    Raúl de la Puente

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  3. Mi abuela, fue doblemente víctima de la emigración. Tenía siete meses de embarazo cuando su marido emigró a Argentina. Jamás volvió, por circunstancias de la vida... aunque ella siempre le esperó.
    La historia del pueblo canario está escrita con muchas idas y venidas de la población. Todos tenemos algún vínculo con Hispanoamérica...
    Pero la vida me ha devuelto a mis dos únicas primas que viven en Bahía Blanca.

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  4. Con qué gusto he leído esta nueva narración tuya, Encarna. Creo que la historia en torno a Genoveva de Brabante es incluso autónoma y muy emotiva. En las historias tristes casi siempre nos encontramos reflejados.

    "La orientala" es un buen título para una novela de nuestro tiempo, para una zeitroman.

    Un texto de alto nivel.

    Un abrazo grande.

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  5. Lo que nos cuentan nuestras abuelitas queda atesorado en el fondo del corazón. Cuando el tiempo pasa incluso las historias más tristes se recuerdan con más alegría que nada, porque nos recuerdan a ese ser especial. Me encantó. Saludos.

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  6. A diferencia de otros textos, este es absolutamente real. Lo cuento tal cual lo recuerdo y lo viví como espectadora de primera línea.
    En una isla agreste y reseca, hace casi cincuenta años, el agua era la supervivencia.
    Y al parecer, el llanto de los perros era un augurio de desgracia...

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  7. Me has dejado pasmada . Yo también tengo un pequeño poder extrasensorial que me permite sentir la presencia de espíritus.
    Kika

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  8. Me encanta, me veo reflejada ya que mis abuelos fueron emigrantes.

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