10 de agosto de 2012

Las cosas que hacía cuando niño

JUAN PABLO JIMÉNEZ -.


“Chicos del Espacio 
Están jugando en mi Jardín” 

Gustavo Cerati


Enterraba a los pajaritos que caían del árbol de mi patio. Les ponía una cruz y mamá decía que eso era una suerte de sacrilegio.

Una vez me cagué en los pantalones. Estaba en Kinder. Estuve todo el día con el pastel en el trasero. De noche eché los calzoncillos a la lavadora apostando que pasaría inadvertido.

Le daba besos a las fotos de modelos de la revista “Vanidades” antes de acostarme, para soñar con ellas.

Conversaba con Johnny y el Cuti, mis amigos imaginarios. A veces los veía robarse dulces en el almacén de la esquina. Me los daban a mí.

Miraba por la ventana a las clientas de mi mamá que se iban a probar ropa. Fueron mis primeros acercamientos a los senos y vello púbico.


No me cabía en la cabeza que mis padres pudiesen tener sexo.

Me creía un héroe espacial, Hulk, un personaje de algún relato de Julio Verne. A Julio Verne lo conocí años después.

Le decía a mi papá que las letras de la caja de autitos de carrera se movían. Siempre se enojaba y me decía que eso era imposible. Eran rojas las letras.

Me emocionaba mirando el árbol de Navidad a eso de las siete de la tarde del 24 de diciembre.

Jugaba a la pelota con estilo y me creía admirado por mis vecinas, que usaban vestidos con vuelos. Esas chicas no estaban contaminadas con las hormonas de los pollos de supermercado.

Odiaba con toda mi santa alma estudiar o hacer tareas, sobre todo fines de semana.

A veces no me gustaba ir a la ducha.

Disfrutaba jugando con mis primas en el potrero. Siempre descubríamos mundos infinitos en los confines del campo.

Me bañaba en el canal.

Del refrigerador me robaba el salame y el manjar. En los años nuevos me tomaba los conchos que quedaban en las copas.

Cuando me regalaban un reloj, veía la hora cada dos o tres minutos.

Aborrecía que me regalaran ropa en Navidad.

Una vez le escribí una carta a mi madre donde comunicaba la sensible noticia de que me iba de la casa. La dejé olvidada bajo el colchón. Ella la encontró y me morí de vergüenza.

Lloré por mis pollos cuando los hicieron cazuela. Eran mis mascotas.

Le di una dipirona a mi hermano cuando tenía unos tres meses. Estaba tosiendo y yo di rienda suelta a mis incipientes conocimientos de primeros auxilios.

Con mi sombrerito de mezclilla, me perdía en la selva que quedaba cerca de nuestro departamento. Dicha expedición significó que una vez me perdiera de una tía. Me buscó por todo Santiago. Cuando llegó de vuelta a la casa, agobiada por la culpa y pensando cómo le diría a mi madre lo terriblemente sucedido, yo le abrí la puerta.

A veces me daba miedo levantarme al baño de noche. Entonces, orinaba por el espacio que queda entre la cama y la pared. Hasta que un día mi mamá me descubrió.

Le hacía cariño a mi hermano cuando lloraba después que le habían pegado.

Salía a andar en bicicleta por el barrio en las tardes de verano.

Veía El Chavo del 8, Centella, La Pantera Rosa, Los Picapiedras y Remi.

Escondido de mis papás, iba a pedirle monedas a mi abuelo, que las sacaba de un tarro que tenía en su cuarto donde reparaba zapatos.

Me bañaba en el patio con la manguera las tardes de verano.

Con mi hermano hacíamos las más grandes chambonadas que pueda registrar la historia. De hecho, una tarde estuvimos a un pelo de incendiar la casa.

No soportaba los tangos (22 años después conocía Buenos Aires y esas canciones se transformaban en verdaderos himnos para mi corazón).

Me sacaba los mocos, pero no me los comía.

Me sentaba a escuchar las cosas que hablaba mi hermano medio dormido. Era un espectáculo.

Me miraba al espejo en el baño y usaba el cepillo de dientes como micrófono. Cantaba. Los primeros esbozos del sueño de ser una estrella de rock.

Hablaba solo.

Caminaba por el patio en círculos jugando a que era un cartero.

Le daba comida a mi perro.

Hacía cosas la mayoría de las veces muy estúpidas, como esconderme de mis papás cuando hacían el aseo. Como si fuese un agente secreto o alguna burrada de ese estilo. Juraba que no me veían.

Me cagaba de susto en las noches muy oscuras. Pasaba horas despierto en las madrugadas. No me movía un centímetro. Me corrían gotas de transpiración por la espalda. Una vez vi una luz que flotaba en la habitación grande de la casa de mi abuela materna.

Me quedaba solo comiendo en la cocina. Mis papás, aburridos de esperar que mi maña decidiera otra cosa, se iban a sus quehaceres. Me dio por botar la comida tras el refrigerador. Pasaba algo similar a los calzoncillos cagados: juraba que no me sorprenderían. A los dos meses el olor a descomposición en la cocina sentenció otra cosa.

Amaba esos atardeceres en la casa grande de adobe, en el campo. Se cortaba la luz y había que encender velas. Conversábamos. Escuchábamos las historias de terror de la Mamá Carmela. Decía que algunas noches escuchaba que en la cocina se quebraban platos.

Me hacía inmensamente feliz que llegaran visitas de improviso a casa. La rutina por fin se quebraba y mamá sacaba la mejor vajilla para atender a esas visitas.

Los dibujos en las tarjetas del día de la madre y el padre, me quedaban muy bonitos.


Imagen: Jorris Martinez

7 comentarios:

  1. Cuando niña hacía tantas travesuras que no me atrevería a contarlas pues me significarían una humillación tan grande que luego me verían y se sonreirían. Valiente textos, se lo lee desnudito como en esas fotos que a las madres les gusta enseñar a las nuevas novias.

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  2. Me encanta el relato. No solo por el niño que muestras, tan real... sino por todos los niños del mundo que aún siguen haciendo prácticamente lo mismo: ejercer de niños. Doy fe de ello, soy madre de cuatro hijos y maestra de varios cientos.
    Un abrazo.

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  3. Fresco, visual, como si ocurriese hoy temprano, o ayer. Las travesuras infantiles están suscritas a la impunidad del tiempo.

    Entrañable relato, amigo Jiménez.

    Aún nos quedan miles de páginas evocativas por delante.

    Un abrazo fuerte.

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  4. Raúl de la Puente12/8/12

    Cuántos recuerdos se me vienen a la mente. Lo que más recuerdo son los varillazos en mi trasero.

    Me gustó su relato.

    Saludos

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  5. Cuando niña me creía detective y me la pasaba husmeando todos los rincones de la casa en búsqueda de pistas para develar misterios como el paradero de los exámenes desaprobados de mi hermano, el motivo de sus encuentros con la vecina de junto, el destino de los vueltos de los mandados.. Me encantaba dar partes al jefe (papá) de las actividades de los miembros de la familia y era tan buena para narrar los hechos que hasta lo encontraban divertido.. Ahora mismo recuerdo tantas cosas que me sonrojo :)

    Muy divertido JP. Un abrazo.

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  6. Yo era la Sailor Moon. Me encantó.

    Besitos

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  7. Esmeralda15/5/15

    Fue un placer leer tu artículo, muestra cómo es verdaderamente la infancia y evoca mucha nostalgia

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