23 de septiembre de 2012

El odio

JORGE MUZAM -.

Hoy temprano, tras dejar a mi hija en su colegio, sentí que manejaba sobre una alfombra aterciopelada. A la par que avanzaba dejé de sentir toda vibración, todo ruido, como si me encaminase hacia un plácido cielo. Iba algo rápido, quizás a cien por hora, pero los que me adelantaban iban mucho más rápido. La radio, muy fuerte, expandía la voz romanticona de Phil Collins. Me recordó mi noviazgo adolescente con Amparo, me recordó la laguna Quirel con sus botes podridos en las orillas, cubiertos de hojas secas y coquitos de eucaliptus, me recordó nuestros abrazos, nuestros jugueteos y lágrimas, me recordó su boca y su sexo desnudo acariciado por la luna. Entonces, creía subir cada día los peldaños de una escalera normal y pensaba, casi con convicción, que conseguiría grandes cosas en la vida. Pero cuántos años han pasado. Cambié la radio hasta escuchar los acordes de Philip Glass. Allí la dejé. Eso no me recordaba a nadie ni me provocaba a detonar mil bombas ante todo lo que se me cruzara. Mi carretera alfombrada se acercaba a una curva cerrada pero no disminuí la velocidad. Pensé como tantas otras veces que bien valdría estrellarme, y borrarme de este universo tan particular, pero son sólo pensamientos de alguien que maneja completamente solo en las mañanas. Por lo demás, a cien kilómetros por hora quedaría casi ileso.

La radio continuó con noticias. Miles de estudiantes secundarios y universitarios tienen paralizados los colegios y universidades más importantes de Chile. Marchan a diario por las principales avenidas y algunos de ellos juegan a la revolución de las piedras con la policía. El gobierno, conformado exclusivamente por grandes empresarios y especuladores, permanece impertérrito ante lo que sabe que no es más que una expresión anual de descontento social. Cientos de miles de personas, miles de agrupaciones sociales, niños, mujeres, ancianos, jóvenes y adultos, minorías, desempleados, indígenas, obreros de segunda clase, todos gritando su ira por las calles, vociferando a los cuatro vientos para no conseguir absolutamente nada. Pero respetan, eso sí, respetan, porque al sólo gritar no le hacen daño a nadie. Tan sólo gritan, mientras los de arriba se los siguen jodiendo una y mil veces. ¿Hasta dónde llegará esa rabia acumulada? ¿De qué sirven esas expresiones ante un gobierno sordo e indolente que gobierna sólo para seguir engordando a su camarilla de cerdos? ¿En qué momento los gritos y piedras serán cambiados por objetos más decisivos?

Recordé la ira de los jóvenes griegos que vi en la televisión la anoche anterior. Siguen emprendiendo acciones cada vez más temerarias, hartos de sus gobiernos ineptos que han encapsulado a su país para lanzarlo a los infecundos agujeros negros de las financieras y bancos. Admiré también la férrea convicción con que los indignados españoles siguen manifestando su descontento. Me reí de gusto al ver las patadas en el culo que les lanzaban a sus parlamentarios, que bien merecidos que se las tienen. Vamos bien, ese es un buen camino. Luego vendrán las patadas en el culo a los grandes empresarios, a los hijos de puta que se ocultan bajo los antifaces de las sociedades anónimas, a los ministros y primeros ministros, a los especuladores financieros que se enriquecen a costa de nuestra hambre, a los príncipes, nobles y reyezuelos. Las sociedades sólo pueden apuntar hacia la igualdad absoluta, donde nadie esté por sobre nadie, donde nadie se joda a nadie, donde ninguna escarapela, galón o charretera exprese supremacía alguna, donde todos nos miremos de frente, sin máscaras, sin segundas intenciones, tan sólo de frente, para descubrirnos en la mirada lo que queremos del otro.

Ya al salir de la carretera e ingresar nuevamente en la ciudad tuve que disminuir la velocidad. Allí no puedes jugar al manejo ciego sobre las alfombras del patíbulo. Hay personitas y perritos que cruzan intempestivamente en cualquier lugar y no pueden ser embestidas, aunque muchos lo hacen y atropellan y matan y escapan y a veces los detienen pero no les pasa nada judicialmente. Seguí subiendo la colina hasta llegar a mi casa. Me detuve y observé mi rostro en el espejo retrovisor: mi cara con la barba muy crecida, mi suéter negro, mis cejas gruesas apuntalando el rictus del cinismo, mi mirada de fiera jamás enjaulada, todo me hizo comprender una vez más que me desplazo sin freno hacia el extremo de la balanza, allí donde sólo conviven los temperamentales Robespierre, esos que tienen predispuesta su propia guillotina aún antes de nacer. Miré el calendario digital, es jueves, un jueves más. Estoy despedido. Mi propia empresa personal no despega. Mi relojería sigue desorientada. Quizás la arregle y la utilice antes de que sobrevenga otro jueves. ¿Qué haré hoy? Avanzar en muchas cosas (siempre me miento de la misma forma) ¿Veré a alguien? ¿Llamaré a alguien? ¿Alguien me espera? Sigue siendo jueves, segundo a segundo, minuto a minuto, mediodía, tarde y noche, un jueves eterno en el que me seguiré mintiendo hasta que den las campanadas de la medianoche.

Jorge Muzam

San Antonio, Chile, jueves 16 de junio de 2011, muy temprano.

Fragmento de mi novela EL odio, una novela que no apunta a un final, que se escribe sin ficción, sin predisposición, en lo posible sin artilugios, que más bien crece deletreada por el piloto automático de las circunstancias, una novela que de seguro se apagará con los últimos acordes de la cigarra.

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