13 de septiembre de 2012

Il Bosco

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.

1.

Miriam hacía su punto fijo en Serrano esquina París. Por la manera de clavar sus tacos aguja sobre los cuadritos de la vereda me percaté que jamás me había casado con ella en mis anteriores buceos por la retaguardia de la Iglesia de San Francisco. Hasta ese momento sólo tenía amigas que esperaban muy derechitas, casi tanto como los postes de luz, el salto de la liebre. Miriam, en cambio, no disimulaba su cansancio por tantas horas de pesca inútil manteniendo las piernas abiertas en un arco de noventa grados, las rodillas flexionadas, sin que aquello mermara su oferta de lujuria al por mayor para el paisano que se cruzara en su camino. 

Intenté dejar atrás lo más rápido que pude ese diálogo mercantilista y mata pasiones previo a cualquier encuentro carnal con una trasnochadora santiaguina. Inflados de espontaneidad, recorrimos con las manos entrelazadas los adoquines de las callecitas de aquel barrio empeñado en marcar la diferencia con el resto de la ciudad. Para entrar en calor, la invité un café en Il Bosco, sin imaginar que la noche alteraría sus planes con nosotros.

2.

Una vez dentro del local, me bajó la galantería. Moví el respaldo de la silla hacia atrás para que Miriam posara en ese trozo de madera sus prometedoras nalgas, algo que de seguro añoraba con ansias desde antes de verme aparecer en Serrano esquina París. Sorprendida con el gesto pero cohibida por el exceso de luz, ella intentó esconder su sonrisa, molestia innecesaria de tomarse conmigo, que bien sé de caries, picaduras, gutapercha, saltaduras y todas esas malas pasadas que sufrimos los infractores del mandamiento de las cuatro comidas diarias.

Reviso en mi bolsillo el estado de ímpetu. Ahí estaba, soberbio, firme, como si por dentro tuviera una barra de acero que sólo la mujer que ahora tenía enfrente podría aplacar con sus movimientos peristálticos. Succioné el café con tanto ímpetu que acabé por quemarme la lengua, el paladar, los dientes, las muelas, el esófago. Miriam, en cambio, apenas probó el suyo, sólo untó sus labios muy fruncidamente y, según me pareció, sin siquiera ponerle azúcar. 

3.

Tocamos el timbre varias veces -dos yo, dos Miriam, tres yo, tres Miriam...- sin comprender lo que pasaba. Al parecer, ignoraban que un servicio rápido, sin preguntas, sin preámbulos, sólo la buena disposición de los dependientes marca la diferencia y se aseguran un pronto retorno. Una mano arrugada sostuvo el borde la puerta sólo para sacar la voz y sentenciarnos: “No hay pieza desocupada. Mejor vengan a las tres”.

4.

Afuera, el frío lo envolvía todo por lo que volvimos a Il Bosco. Sólo los cafés, humeando en sus tasas delante de nuestras narices, podrían deshelarnos. Mal augurio de lo que se venía. El ímpetu del comienzo de la cita ya no era el mismo. A cambio, un indicio de flacidez, relajo, falta de tensión y de nervio, ausencia de sangre corriendo por las venas. Sólo para distender el ambiente un poquitito, le pregunté por su oficio, pero ella me descuadró un tanto con su respuesta: Soy un ciempiés. Celebré su ingenio para definir la manera como hacía efectiva la parábola de los talentos. ¿Y tú que haces cuando no te dedicas a morirte de frío por las calles sin perro que te ladre? Se dio la licencia tomarme el pelo –antes de que se caiga completamente- dejándome fuera de foco. Nada más que ser un vago recitador, le respondí, la única denominación que no me incomoda pronunciar. Con las mejillas sonrojadas –siempre ocurre lo mismo cuando me refiero a mi oficio- tomé de la mano a Miriam y salimos de Il Bosco para probar suerte de nuevo frente a la luz roja clavada en un portal, porque esto se estaba alargando demasiado.

5.

Tocamos el timbre varias veces -dos yo, dos Miriam, tres yo, tres Miriam...-, sin comprender lo que pasaba. En qué quedó la máxima esa de que el cliente siempre tiene la razón. Por desgracia, todavía el socialismo en horno de barro no se había asomado por estos lados como para asegurarnos un techo a todos los califas de Chile. La mano arrugada sostuvo el borde de la puerta para corretearnos como a dos quiltros cualquiera. Con seguridad se trataba de una devota del gobierno beato de la falange, tapón de plutócratas y oligarcas: “No hay pieza desocupada. Mejor que vengan a las seis”.

6.

De nuevo en Il Bosco. Le propuse algo más que un café, pero esta Miriam resultó ser una muchachita demasiado comedida por lo que insistió en su tacita sola y punto. Su semblante se volvió tan afligido que la insté a sacudirse la preocupación. No era ella la responsable de la falta de un espacio para hacer su trabajo, una asalariada como tantas otras con turnos de noche que cumplir. Todavía nos quedaba algo de tiempo para que yo recuperara la dureza de los troncos que sostienen a los bosques chilenos. El problema pasaba en que nuestros ojos coincidían cada vez menos en esta noche fría y más encima desteñida. El humo de las tasas nos empañaba la mirada, también las mesas vecinas y el vidrio que daba a la calle. Pero nuestros olfatos no podían engañarnos. Comenzaban el festín de churrascos sobre las salteadoras para los desayunos tempraneros de quienes partían a la pega por culpa del capitalismo. Yo también sabía de eso, pero sólo en calidad de observante. Hasta ahora había sobrevivido a todo eso, aunque sin saber por cuanto tiempo más. De nuestros líderes dependía para no caer presa de la explotación del hombre por el hombre y por eso lo alentaba con mi canto desafinado. 

Sin preguntarle nada a Miriam, levanté mi mano para que el mozo me viera. Señor. Dos churrascos completos y dos café con leche. No, mejor a mí una Coca – Cola tibiona. No te molestes, ya me tengo que ir. No le haga caso y traiga lo que le pido ¿Algo más, señor? Sí, servilletas.

Después de liquidar su plato y su taza, Miriam se limpió educadamente la boca para que no le quedaran restos de comida, como si eso le bastara a su rencorosa dentadura que, cada cierto tiempo, la enloquecía con dolores que ninguna aspirina puede contener. Le pregunté si cuando niña le gustaba jugar y me dijo que no se acordaba. Yo tenía una muñeca que me la comió un tragamonedas, me aclaró. Sin esperar mi turno, le hablé de mi osito con tres patas empachado, en Coca Cola.

7.

Seis de la mañana, Parque Forestal. Aún sabiendo que ya no tenía el dinero para disponer de su tiempo –se había ido todo en el desayuno que harta falta nos hacía-, de todos modos Miriam siguió a mi lado con las primeras luces del alba. Es más, dejó que le tocara la mano y que la abrazara, todo por el mismo precio. Un microbús El Salto, ahogado de pasajeros, cruzaba veloz por nuestras sienes y un curadito tirado en el pasto nos habló tantas leseras a la vez que no le cupieron en la boca. Con la cúpula de la Estación de Trenes como telón de fondo, dándole a nuestro paseo un aire de película Francesa y elevándonos a nosotros a categoría de personajes clásicos, sentí el escalofrío típico de una mirada anónima. Imaginé un asalto mañanero, pero la demora en el proceder del hampa descartó esta posibilidad. En su lugar me topé con decenas de ojitos con pupilas verticales. Gatos, decenas de gatos saltaban las barandas del Mapocho, cruzaban la avenida José María Caro, para formar un círculo a nuestro alrededor. No había alternativa: acabarían probando el sabor de mi zapato rotoso. Invité a Miriam a hacer lo mismo con sus tacos aguja y desquitarnos con estos micifuces del capitalismo salvaje que nos agobia, pero que esperamos ya expire.


11 comentarios:

  1. ¿Y una paraguaya maestro?

    Buenísimo

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  2. El capitalismo no expirará como su noche, señor Rodríguez. No al menos dando puntapiés a gatitos, sino con mismo salvajismo con que el capitalismo ha tratado a los desposeídos. Bello y triste relato. No entendí lo del salto de la liebre. Saludos

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  3. Una buena alternativa Ashraf. El baño de un bar, bajo una escala, sentados en la plaza... Qué más da. La vida es muy corta como para desquitarse con los gatos Claudio.

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  4. ...y si fuera entre gatos mapochinos y punto.
    Buena historia Claudio,¿es un homenaje subliminal a mi amigo El Payo?

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  5. Como se le ocurre patear a los gatos.

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  6. Un curadito es un sanito?

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  7. Anónimo15/9/12

    ja ja ja

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  8. Buena descripción de ese Santiago que está detrás del escenario, de esos personajes que no suben a ningún estrado más que al patíbulo de la carne triste.

    Buen relato amigo Rodríguez.

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  9. Y por cierto, hoy tampoco se puede usar la expresión "patear la perra", por esto de las hordas protectoras de animales. Y está bien. Hay que redireccionar las patadas hacia ciertos tipos que se las han ganado con gran talento.

    Saludos amigo. Excelente narración.

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  10. hola existe alguna cancion de este relato??.. llegue aqui buscando esto "Yo tenía una muñeca que me la comió un tragamonedas, me aclaró. Sin esperar mi turno, le hablé de mi osito con tres patas empachado, en Coca Cola"
    en google que escuche en una cancion ayer mientras manejaba

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