9 de octubre de 2012

El sótano de los hombres sabios


EDUARDO MOLARO -.

/ Del Atlas Desmemoriado del Partido de Lanús

Sobre la avenida Pavón, a dos cuadras de la estación Lanús, se encontraba un Bar cuyo aspecto desalentaba a cualquier transeúnte que deseara tomar un café al paso.

Pocos recuerdan su nombre real. La mayoría se refería a él como Bar "El vómito". Este bautismo me ahorra ante los lectores explicar algunas cuestiones sanitarias sobre ese establecimiento.

Lo importante de este sitio es que contaba con cinco mesas de billar y una de pool. En ésta última estuvo colocado el cartel "No funciona" desde el mismo momento de ser instalada en el local. Aquello producía enojosas situaciones con los jóvenes estudiantes que querían disfrutar del sano esparcimiento sobre una mesa de pool a la hora en que deberían estar en las escuelas.

Las mesas de Billar siempre estaban ocupadas por los notables jugadores habituales de aquel sitio: Ricardo, El manco Martínez, el rengo Almada, René Cesario, Serafín Oli, el ingeniero Morales y - cada tanto - Pedro del Mar, el famoso cantor mudo.

El brujo Maciel, en su  Manual de cosas raras, incluso para los brujos, aseguraba que en ese Bar había un escondrijo donde se reunían los hombres sabios. Más tarde agregaba:

"… El Hacedor destinó sólo a unos pocos hombres el Don de saberlo todo. En Lanús, tuvo la inteligencia de depositar ese prodigio en unos hombres cuyos oscuros antecedentes alejaban toda sospecha de sabiduría sobre sus personas. Estas criaturas de celestial selección eran los billaristas del Bar El vómito".

Avanzando algunas páginas del libro de Maciel, podemos encontrar una de las teorías más controvertidas del afamado hechicero:

"… sólo los billaristas tenían acceso al Sótano de la sabiduría. Los mozos del Bar eran una especie de cancerberos que controlaban celosamente que no hubiera miradas extrañas cuando los billaristas realizaban el complejo procedimiento de apertura de aquella singular catacumba. Toda la maniobra se realizaba sobre la mesa de pool, en una sofisticada combinación de bolas numeradas introducidas a intervalos regulares en la tronera Nº 2. Cualquier error podía ser fatal ( por ello esta mesa estaba vedada al uso público ).

La contraseña correcta abría una puerta en la pared, detrás de unos cajones de soda, de donde surgiría luego una escalera oscura y descendente. Al final de dicha escalera se encontraba una enorme mesa de billar, alrededor de la cual se sentaban los cofrades a discutir complejas cuestiones metafísicas o a comerse una grande de jamón y Morrones comprada en La pizzería El Rubí".


Dentro del anecdotario de aquel Bar, rescatamos aquella noche lluviosa en la que la policía llegó al lugar con la poco metafísica misión de clausurarlo.

Se cuenta que el billarista René Cesario estaba en ese instante alcanzando su mejor marca de 45 carambolas consecutivas y, antes de lograr la siguiente, alzó la mirada hacia los funcionarios del orden. La verdosa ojeada del billarista (acaso disimulada por la voluta de su cigarro a punto de fenecer en la comisura derecha) penetró como una daga en los ojos de Subcomisario Ortivelli.

- ¿ Qué lo que sucede, oficial?

- Usted no intervenga, Cesario. Queremos hablar con el dueño del circo y no con uno de sus monos.

René no movió ni un solo músculo de su rostro y - sin dejar de mirar al policía - consumó una espléndida carambola a tres bandas ante la admiración y el ulterior aplauso de todos los concurrentes.

El subcomisario sonrío y habló:

- No me intimida su jueguito, Cesario! Ni tampoco la aprobación de esa cohorte de alcahuetes que lo andan aplaudiendo.

Dada la impertinencia del agente, se dice que los siguientes aplausos fueron directos y supernumerarios sobre el rostro del policía, quien culminó su faena huyendo del lugar y con una estropeada cara de pánico.

- No se vaya, subcomisario! Juéguese un partidito de Billar con los muchachos!

En algunos lugares como Banfield, estas palizas a las autoridades del orden son moralmente condenables. Sabido es que en Lanús, por el contrario, estos procedimientos eran aprobados mayoritariamente, al grado de convertir en héroes a quienes se atrevían a desafiar a los patoteros uniformados.

Pero los espíritus sensibles coinciden en creer que en el viejo sótano de aquel Bar los sabios billaristas se reunían cada jueves a medianoche a disertar sobre las ubérrimas interrogantes de la vida. Temáticas de profunda espiritualidad como la Existencia de Dios, La Muerte, El Olvido, La Trascendencia y el por qué carajo las mujeres tardan tanto en cambiarse de ropa, eran materia analizable en aquel antro de sabiduría.

Sin embargo, es conveniente volver a las páginas del libro del brujo Maciel para encontrar algunas revelaciones sobre aquel sótano misterioso.

"Es menester establecer que el sótano de la sabiduría era un lugar austero. Algunos libros de hechicería descansaban sobre unos anaqueles; Una colección completa de la enciclopedia británica juntaba polvo detrás de la cabecera principal de la mesa de billar, y un poster amarillento de la vedette Nélida Lobatto en pelotas contemplaba la habitación desde una pared descascarada.

Pero a ese modesto santuario no se accedía sin contar con la compleja contraseña que los sabios billaristas habían creado dentro de los insondables mecanismos de la mesa de pool. Lo unánime es que la clave debía ser introducida en la tronera Nº2. Sin embargo, la combinación exacta es discutida por diversos tratadistas del tema. La más aceptada es que consta de cinco bolas cuya serie numérica es 5, 4, 2, 7 y 8. Otros sostienen que la última bola es la 7. El comisario Cometti aseguraba que era la 9 … (la 9 milímetros, marca Browning, que apoyó sobre la sien del billarista Almada para que abriera la puerta del sótano aquel 3 de diciembre del ´84, día del cierre definitivo del Bar)".


A partir de allí decenas de conjeturas se tejieron sobre lo ocurrido aquel día de clausura. Algunos dicen que Almada introdujo una combinación alternativa que abría la puerta de un baño clausurado especialmente para estas ocasiones extremas y que el Comisario quedó encerrado dos horas allí, entre botellas viejas, cajones de cerveza y cachivaches varios.

Otros dicen que el comisario Cometti ingresó al sótano de la sabiduría y que nada pudo comprender de lo que había allí, a excepción del poster de Nélida Lobatto en pelotas, que fue rápidamente decomisado.

Pero, lamentablemente, la mayoría de las personas simplemente dicen que nada de eso ocurrió y que ese sótano sapiente jamás existió.

Pero este cronista no quiere creer eso.

En ese Bar he tenido el privilegio de ver cómo hombres supuestamente comunes realizaban verdaderos y complejos prodigios sobre el paño verde.

Carambolas olímpicas, acaso comparables con complicados sonetos o con las armonías de Spinetta o los increíblemente mágicos goles de Diego Maradona, han sucedido ante mi estupefacta mirada.

Nada quedó de aquel Bar. Hoy sus instalaciones ostentan pulcras oficinas de una compañía de seguros.

Se sospecha que con el tiempo algunos de los billaristas fueron mudando su magia a otros bares más prósperos.

Sus nombres difícilmente figuren entre las grandes proezas del deporte. Sus hazañas acaso apenas sean recordadas por algunos pocos admiradores que siguen en pie.

Pero a estas alturas, cuando tal vez todos ellos se encuentren enseñándole a Dios cómo se hace una buena carambola a tres bandas, acaso algún fantasma travieso esté haciendo bolas de papel con alguna póliza, tratando de matar el aburrimiento de su espectral condición haciendo carambolas sobre algún ordenado escritorio de la compañía de seguros.

Sé que a muchos les cuesta imaginar este escenario. A mí, sin embargo, me resulta más creíble que la póliza de seguros que me acaba de llegar.

12 comentarios:

  1. Ese Atlas Desmemoriado y el Manual de Cosas Raras, deben costar una fortuna. De seguro sólo lo pueden leer los iniciados en algún merenjunje hermético.

    Dios, el olvido y las mujeres eran sin duda buenos temas a tratar. Me pregunto si entre tanta sabiduría no se calentarían los ánimos, sobre todo al tratarse de fútbol o política.

    Gracias por este obsequio, amigo Eduardo. Imagino que ese Atlas tiene cientos de hojas.

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  2. Las tiene, querido Jorge! Y las faltantes se van reescribiendo a través de ajenos recuerdos; borrosas ensoñaciones repletas de agujeros, más bellamente mejorados por la inventiva de los pretéritos testigos que por la veracidad de los hechos.

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  3. Raúl de la Puente10/10/12

    Qué relato. En reírme. Se agradece.

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  4. Intrigante... ¿sucedió de verdad todo eso? Besitos

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  5. Hombres sabios sencillos. Otros se reunirían para perfeccionar la alquimia.

    Muy bueno.

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  6. Al leerte se respira el aire fresco de los Buenos Aires! Gracias por esta nueva entrega de tu universo lanusense.

    Abrazos :)

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  7. Raúl: Celebro su risa, querido amigo! Misión cumplida, pues!
    Mariana: No sé si es importante que haya sucedido. Muchas fantasías que llegan a uno suelen ser más edificantes que algunas vulgares realidades.
    Ashraf: Muchas gracias, de todo corazón. La alquimia no estaba entre sus interrogantes. A lo mejor la practicaban tan secretamente que no se ha recogido en esta crónica.
    LORE: Eres bellamente generosa. Un afectuoso y agradecido abrazo para ti

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  8. Qué sabroso, qué argentinada. El rescate del espíritu de una nación siempre lo hacen exlcusivamente los mejores escritores, poetas y, en este caso,tangueros.

    Fabuloso

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  9. Nuevamente he disfrutado su relato, amigo Eduardo.Comparto el interés de Jorge por ese Atlas.¿Puedo mantener la esperanza de que rescates algunos relatos de aquel compendio para compartirlo con tus lectores?
    Gracias Eduardo.

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  10. Luis! Respondo tardíamente porque - justamente - me encuentro en plena tarea de compilar los fragmentos de aquel Atlas. Será un placer seguir compartiendo con todos estos retazos. Un gran abrazo

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  11. "Sé que a muchos les cuesta imaginar este escenario.
    A mí, sin embargo, me resulta más creíble que la
    póliza de seguros que me acaba de llegar."

    Un final irónio, sardónico y amplimanete satírico
    para un texto rico en asombros: Gógol, Borges,
    Nashe, Rabelais, Cervantes, Dickens.

    Este es un ejemplo de por qué el realismo
    es uno de los grandes géneros para desnudar,
    y poner del revés, nuestra convencional realidad.
    El realismo está lleno de símbolos y univerales,
    de sorpresas y magia. Eso es lo que hace grande
    el auténtico género realista. Oremus in pacem et
    circenses...

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  12. Usted me sonroja al nombrar a esos personajes inalcanzables! Le agradezco la lectura y el ¨capturar ¨cada guiño cómplice!
    Un gran abrazo ( mientras hago malabares con el pan )

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