12 de noviembre de 2012

Acelerar o detenerse

ROBERTO BURGOS CANTOR -.

No es fácil, si posible, establecer una especie de archivo de los pensamientos que han ido atravesando los siglos y se mantienen en libros olvidados o de moda. Algunos de ellos han tenido el destino de ser repetidos con inconsciencia o con intención. A veces habitan en el sedimento de la memoria anónima que fiel o falsificadora los repite sin reconocer su origen.

Sin ser oráculos ni claves de interpretación de un mundo cada vez más sorprendente, los pensamientos, lanzan a veces destellos solitarios de un anuncio de reiteradas fatalidades o constancias alentadoras de esperanza indomables.

Así, aquel de Joseph Joubert escrito en 1796: La ilusión forma parte de la realidad. Y de un modo esencial, como el efecto depende de la causa.

Entonces apostarle a la ilusión quizás ayude a modificar la composición de la realidad, su tiranía ciega y permita a los seres humanos concebir modos de vida distintos.

Fue evidente que en la primera elección de Barack Obama mucha gente votó por ilusión. ¿Qué encerraría esa sutil, poderosa energía sin lugar, por suerte, en las encuestas y estadísticas? Muchos deseos, la mayoría relacionados con la dignidad: respeto, empleo, salud, igualdad, derecho a permanecer en el territorio donde se ha trabajado, tenido hijos, enterrado muertos.

Y para otros muchos la ilusión de retornar a los ideales de libertad, de fraterna convivencia, de freno al armamentismo, de rescate de la economía, de traer otra vez a casa a la gendarmería regada por el mundo echando tiros y recibiendo bombazos y las devueltas y delirantes cortesías de estrellar aviones contra edificios.

Ocurrió la ilusión una vez. La recibió en su singularidad de hombre negro, con los gestos sueltos de jugador de baloncesto, con un nombre ajeno a la tradición cuáquera. Y así varias singularidades que se incorporaban a un estatuto igualitario todavía inconcluso.

En la reciente elección la realidad impuso sus duras exigencias. El dinero y su derroche era ofensivo. El miedo de verdad. Y un estado de necesidad sin opciones empujó a la gente a votar sin ilusión, a sabiendas de las promesas incumplidas y con la terrible conciencia de aceptar el límite.

Parece que la verdad es tan difícil que ya no importa a nadie. El cúmulo de dificultades empieza a ser cubierto por una banalidad sin sentido. ¿Aspirará Michele a la Presidencia? ¿Insistirá Hillary? ¿ Por qué breve el discurso de Mitt Romney? La política deja de ser la aspiración de lo posible para convertirse en la fuerza de lo menos malo, del mal menor.

Por supuesto todo es muy complejo. Basta leer el desolado guión de Sartre, El engranaje, para corroborar que sin romper los dientes de los piñones será esforzado el logro y seguro el fracaso. Pero hay que alimentar la ilusión: soñar un mundo sin aviones de guerra, bombas, fusiles, tanques, submarinos, porta aviones. Un mundo en el cual cada quien esté satisfecho en el lugar de su hacer y se ahorre los carros y la aviación comercial. ¿No basta un teléfono? ¿Una pantalla de conferencias? Para qué la incomoda locura de los cortejos por el mundo para que un señor vestido se dé un saludo con otra señora vestida y firme dos papeles inútiles.

Imagen: Stop Sign on 4th Street Bridge

5 comentarios:

  1. Raúl de la Puente13/11/12

    Sensato y muy bien escrito.

    Saludos

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  2. Tal como se vienen sucediendo los hechos a nivel país, el mío en especial, recomendaría acelerar y seguir por la senda izquierda siempre que sea posible.
    Excelente escrito

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  3. Ya no se puede hacer marcha atrás en muchos asuntos que eran vitales para el buen funcionamiento de su sociedad, lo que les queda por delante es avanzar sin prisa ni pausa.
    Buen articulo.

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  4. Concuerdo, amigo Roberto. Escribí en simultáneo una reflexión parecida, que habla de este circo de ilusiones, de este petardo chingado que es Obama. Hoy sólo se puede elegir lo menos malo.

    Excelente

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  5. 4 años más de lo mismo. Hay que tomar otros caminos. Saludos.

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