6 de noviembre de 2012

Buscando la paja, no vi la viga


JESÚS CHAMALI -.

Tendría que haberme dado cuenta. O al menos tendría haberme dado cuenta antes, mucho antes. Sobre todo yo, caramba, testigo silencioso pero siempre firme y presente durante el proceso que vivieron tantos amigos y hasta algún adversario declarado.

Pero no, no lo vi.

No me percaté de nada. Fue como si, conocedor de la dureza de lo que se me venía encima, y de su inexorable poder de destrucción final, al mismo tiempo que me iba corroyendo por dentro me iba anestesiando de una manera muy sutil. Lo justo para permanecer alerta pero no para poder comprender lo que de verdad me está ocurriendo.

Simplemente me muero.

Tal vez físicamente no. Esa sin duda sería para mi una muerte menor, una muerte liberadora. Una forma de encontrar alivio al dolor y dar paz a un cuerpo ampliamente torturado. No, es la mía una muerte intelectual, la más dura y terrible para mi.

Al principio avanzó lenta, muy lentamente. Tanto que no pude darme cuenta. Como tampoco me doy cuenta de que la tierra gira sobre su eje y alrededor del sol, y sin embargo sus resultados son más que evidentes en los días y sus noches, en las primaveras, en los veranos, en esos otoños tan queridos por mi, en esos melancólicos inviernos preñados de promesas de renacer en nuevas primaveras...

Sólo que el invierno que se está asentando en mi cerebro no viene con ninguna promesa ni hay en él ningún renacer. Es solo una gélida escarcha que cada día avanza un poco más matando por congelación lo que va quedando bajo su capa blanca. Como una glaciación fatal.

Lo sé bien.

Yo ya he sido testigo de ello, silencioso testigo, atemorizado testigo de otros inviernos mentales en otros cerebros, de otros amigos - y de algún adversario- más listos que yo, más grandes que yo, más sanos que yo...

¡Qué terrible es cuando miras a sus ojos y donde antes había un volcán de ideas y recuerdos, de genialidades, perpetuamente en erupción, de repente solo ves una gélida estepa de hielo inacabable donde nada sobrevive.

Ni siquiera los recuerdos.

¡Y fíjense que tendría que haberme dado cuenta de que el siguiente era yo! Pero uno nunca ve la viga en el ojo propio de tanto andar buscando la paja en el ojo ajeno...

5 comentarios:

  1. La autoconciencia. El percibir que las luces se empiezan a apagar lenta e inexorablemente en nuestra vida.

    Extraordinario, duro, confrontador del espejo.

    Realidad o ficción, este texto demuestra que la inteligencia del narrador está al tope.

    Un abrazo fuerte.

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  2. Raúl de la Puente7/11/12

    Cuando leo algo así, dan deseos de brindarle aliento y decirle cosas esperanzadoras, pero se entiende que cada vida está atrapada en su circunstancia.

    Realmente hermoso, lo que no quita su tristeza.

    Saludos

    Raúl

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  3. Testigo del propio desvanecimiento. Notable.

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  4. Nos pasamos la vida analizando la vida, pocos se dan cuenta del esfuerzo empeñado en esa labor mientras se nos pasan los días. El tiempo pasa inexorablemente y sólo nos damos cuenta de lo que nos quedó pendiente cuando este escasea, recién entonces somos autoconscientes de lo que somos al final del camino. No darse cuenta es demasiado humano.

    Excelente escrito, leerte es un gusto.

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  5. Gracias amigos, quisiera creer, mientras la inexorable escarcha va avanzando, que debajo de ella, como en el poema de Neruda, titilan a lo lejos los recuerdos más queridos, los de ustedes.

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