8 de noviembre de 2012

La Tigra

Por Pablo Cingolani

Felipe Varela viene
por los cerros del Tacuil.
El valle lo espera y tiene
un corazón y un fusil.

Si hay una batalla a memoriar, si hay un combate para continuarlo escribiéndolo, esa batalla, ese combate,  es Pozo de Vargas.

Es el 10 de abril de 1867.

La montonera que sobrevivió a la montonera, la montonera después de la montonera, se muere de sed. Hay que llegar al agua, o morir en el intento, como los tártaros frente a los chinos narrados por De Quincey. Las historias de ardor y valor se repiten. Lo mismo el Turkestán que Catamarca. Es la misma guerra.

Pero hubo una diferencia entre la historia asiática y la nuestra.

Dolores Díaz, a quien llamaban La Tigra, ese día marcado por cien mil alacranes revolcados en la arena, ese día señalado porque ahurita nomás lo mando a fusilar o porque después dicen que nosotros somos los bandidos, ese día, La Tigra vio como Felipe Varela caía al suelo porque su caballo estaba muerto.

Sin cabalgadura, en esas guerras, en esos días, era morir. Era estar muerto.

Dolores Díaz, cantinera popular y federal y patriota, lo vio. Vio como el caballo fallecía y vio como, con el caballo, el jinete rodaba por el suelo y vio que sin caballo, Felipe Varela ya estaría muerto.

Fue entonces que Dolores Díaz, a quien llamaban La Tigra, atropellando a la tropa de asesinos del  ejército nacional, atropellando a los Elizondo —como los Videla— que siempre existirán mientras no los reemplace una milicia popular, cabalgó hacia él, cabalgó hacia Felipe Varela, y se lo llevó en las ancas de su propio caballo, en medio de esa posibilidad de la muerte de uno de los mayores defensores de una Patria Grande.

Esto ahurita sólo lo vemos en las películas de los gringos. Pero no sólo pasó en nuestros desiertos, pasó en la historia que nos construye como pueblo. A Dolores Díaz, y a Felipe Varela, no hay cinta que los recuerde. Ni monumento siquiera. A los asesinos, perdonen la insistencia, hay calles, ciudades, ríos, montañas, que mal los honran. A los héroes, a los héroes verdaderos, sólo estas tristes palabras. ¿Dime Dios, dime mi amor, dime vos, hasta cuando podemos seguir así?

Si hay una batalla a memoriar esa batalla es Pozo de Vargas. Una batalla donde una mujer a quien llamaban La Tigra salvó la dignidad de la patria. Salvó a Felipe Varela lo que es igual que decir lo que ya dije. La dignidad y la patria.

4 comentarios:

  1. La Tigra, una verdadera fiera. Este es uno de los mejores honores que le hacen y aunque merece muchos más creo que no le importaria mucho pues su acción iba más allá de estas cuestiones.

    ResponderEliminar
  2. El arrojo femenino. Un caso parecido, al menos porque invoolucró a una mujer, fue el de la Sargento Candelaria. Para algunos, una espía chilena en Perú, y para otros una cantinera heroína que no pudo resistirse al enrolamiento y participación en batalla junto al resto de la soldadesca.

    Un abrazo amigo Pablo.

    ResponderEliminar
  3. Personaje emblemático que no merece este olvido, esta evasión voluntaria de su rescate y exaltación. Excelente evocación!
    Saludos!

    ResponderEliminar
  4. Anónimo7/3/17

    Mi padre Ariel Ferraro, escritor riojano y autor de numerosas letras de canciones, escribió para Dolores Díaz, la Zamba de la Desterrada.

    ResponderEliminar

*