14 de noviembre de 2012

Retorno

ENCARNA MORÍN -.

Entonces yo no sabía todo lo que ahora sé. Me comían literalmente las moscas. Llegué a esta ciudad muy asustada y bastante perdida. No tenía dinero, ni cuenta corriente, ni familia, ni amigos…. 

Arribé con una vieja maleta de emigrante atada con un gastado cinturón. Buscaba el hogar de mis abuelos, por tener al menos alguna referencia. Sabía que la casa no pertenecía a mi familia desde hacía tiempo, pero eran tantos los relatos que había escuchado a mi abuela que quise saber si mis espacios imaginados coincidirían con la realidad. Busqué la vivienda, que ya no era amarilla sino de una especie de color rojizo con bandas blancas. 

Quizá he llegado aquí con cierto retraso. A menudo me pasa que se me va el tiempo sin que yo pueda hacer nada al respecto, se escapa mi tren, llego a las situaciones fuera de lugar. Así es como se explica que perdiera la oportunidad de venir en el momento en el que podía haber legalizado mi situación en este país, de que se me pasara la edad cuando finalmente quise tener una hija, o que nunca jamás haya logrado conocer Venecia, la cual acabará por hundirse bajo las aguas, sin que yo pueda realizar mi sueño de pasear en góndola. Todo ello, pese a mis meticulosos planes. Por hache o por be, siempre he llegado tarde a las oportunidades que la vida ha podido brindarme. 

Cuando llegué a este país culpaba de todo a mi mala suerte, así yo estaba libre de cualquier responsabilidad. Mientras me lamentaba de todo lo que pudo haber sido y no fue, mi único gesto de valentía había sido venir a esta tierra para conocer “in situ” el espacio de mis antepasados. No dejaba con cierta nostalgia de leer a Benedetti, pensando en “Primavera con una esquina rota”. Aquello si era un verdadero exilio -me decía-. Al menos, en aquel momento, se había salido del país con cierta dignidad e incluso con cierto reconocimiento. Lo mío, una vez más a destiempo, no era más que un gesto desesperado de cobardía: mejor salir corriendo que enfrentarme a todos mis fracasos. 

Siempre los hombres y mi relación con ellos resultaron determinantes en mi vida. Andaba a salto de mata, según fuera la situación del tipo que en ese momento pululaba por mi vida. Así fue como aprendí también a estar en la retaguardia, donde no se notara que estaba para no molestar, con ese aire de suficiencia, diciendo que yo en realidad no necesitaba nada, que no quería saber de amores posesivos, ni de estabilidad emocional, ni de hijitos y retrato de familia en la pared del salón. Decía no querer saber nada de romanticismo, ni de palabras de amor... 

Todo mentira, mentira podrida. En realidad dentro de mí se esconde una romántica incorregible, ansiosa de abrazos y caricias, de sentirme importante para alguien, de recibir flores con un mensaje de amor. Todo eso me habría hecho muy feliz y, sin embargo, estaba convenciéndome todo el tiempo de que eran tonterías, de que yo estaba por encima de esas banalidades. 

Con el tiempo he ido espabilando. Aprendí a moverme en este país ajeno con cierta soltura. Una vez que logré homologar mi título y conseguir un empleo todo se fue tornando más llevadero. Obtuve un poco de espacio en esta ciudad populosa y agitada. Son sesenta metros cuadrados que comparto con Tina. 

En este lugar como, duermo, sueño con todos esos planes que nunca realicé y, muy de tarde en tarde, hago el amor con algún furtivo que se cruza en mi camino. Sé que no espero nada de estos encuentros apresurados y asépticos. Todo muy civilizado: le conozco en alguna discoteca, él me invita a cenar, tomamos un par de copas y, por último, como final del ritual acabamos en la cama. La mayoría de las veces ni siquiera llego al orgasmo, pero eso ellos tampoco lo saben. 

Con esos encuentros lo único que busco es sentirme viva y aún deseable. Claro que tampoco llevo a rajatabla lo de que una cosa es el amor y otra muy distinta el sexo -eso dice mucha gente- porque sexo, lo que se dice sexo, más bien hay poco y de muy mala calidad. En realidad, después de cada uno de esos encuentros me siento para la mierda. Absurdo, lo sé. Pero es como si el tipo entrara -con mi permiso, por supuesto- en mi intimidad más absoluta para luego marcharse con un cachito mío. 

A veces pienso que todo es la consecuencia de esas historias que me metieron en la cabeza entre mi madre y mi abuela, que esperaban de mí otra cosa. Ellas querían que me casara y todo eso. Yo creo que al principio fue por pura rebeldía. No más por llevarles la contraria, le entregué mi virginidad y mis caricias a un noviete de verano. Pero pasado el tiempo, es que no supe cómo hacerlo porque los tipos que yo me buscaba eran la antítesis del deseable marido. Así fue como tampoco fui madre. Estuve un poco frustrada por unos años, creyendo una vez más que había dejado de realizar una de esas misiones claves para las cuales había llegado a este mundo. Pero al mirar a todas mis amigas cargando con sus adolescentes, casi me alegré de mi esterilidad voluntaria. 

Posteriormente, me vino a la cabeza la idea de la adopción y me puse a rellenar interminables papeles para adoptar una niña, sin importarme raza ni cultura. Mientras tanto, cumplí los cincuenta y ahí me dijeron que dada mi edad, la hija en cuestión tendría más de diez años. Entonces tiré la toalla y me fui a la protectora de animales para adoptar a Tina. La pobre gata también debe tener una historia absurdamente aburrida como la mía. Venía con sus vacunas en regla, con sus uñas extirpadas y adecuadamente esterilizada. Tina y yo no nos interferimos. Yo le traigo su comida, le limpio su caja y, de vez en cuando, le acaricio la barriga o le rasco bajo su cuello. Ella ronronea y, en general, me deja vivir en paz. Se mueve a su bola por el departamento y en cuanto meto la llave en la cerradura, sé que está tras la puerta. Me espera sin el servilismo y aparatosidad con que lo haría un perro. Me recuerda que está pero no me agobia. 

Esta ciudad me resulta insoportable de verdad. Cada vez hay más ruido y más gente. Un día bajé a por el pan y encontré la panadería en obras. Entonces supe que la habían comprado para hacer unos de esos cafés estandarizados de los que pagas la franquicia y te traen todo, hasta el delantal de los camareros. Así que me tomé un tiempo para adaptarme y ahora que he logrado mimetizarme en ella, van y me la cambian. 

No sé si lo que realmente me revienta es que me hayan sacado la panadería o que doña Lola no esté para saludarme cada mañana. Cuando me encontraba con ella me sentía menos anónima e impersonal. Los domingos me guardaba el diario con el coleccionable de Larousse, que tampoco sé yo para qué carajo lo estaré coleccionando. Creo que en realidad era para ver la cara resplandeciente de doña Lola mientras yo, efusiva, le daba las gracias como si me fuera la vida en ello, como si mi felicidad momentánea dependiera de la oportunidad de poder contar con aquel fascículo. 

De mi jerga “sudaca” conservo casi todo, aunque con tanto acomodo solo hay palabras que me salen cuando estoy muy enfadada y no pienso. Es como si hubiera sufrido una nueva metamorfosis en esto del lenguaje. No digo agarrar el colectivo, sino coger la guagua. Las medias lunas se llaman croasanes, los ají son pimientos, el choclo es millo, zapallitos son calabacinos, palta es aguacate, el chimichurri no existe, aunque si algo muy parecido que llamamos mojo.... 

Yo me adapto. Necesito adaptarme. En parte, porque mi abuela nunca se fue del todo de este lugar y se trasladó allá con toda su cultura y, en parte, porque quiero pasar desapercibida. En muy raro que alguien me pille al acento. Así que, en definitiva, no me siento de ningún sitio. Desubicada allá -alguna vez que viajé lo pude comprobar- y desubicada acá, donde me sitúo como una espectadora de mi propia película. 

Mis amigas creen que soy feliz. Así que con ellas no me molesto en filosofar acerca de la felicidad, más o menos efímera y acomodada, que todo el mundo persigue. Incluso hasta finjo un poco y me río ante sus bromas. Me aburro cada domingo cuando todo el mundo tiene planes y yo me muero de asco. Los domingos son la antesala del lunes, por tanto, tristes y densos. Mis recuerdos de domingos del pasado, tienen olor a panceta y papas con chucrut, sonido de partido radiado con voz chillona e histérica... Los domingos son una cagada. Sirven para recordarte que mañana se te terminó la joda y vuelves a la esclavitud y a la rutina de la maldita gestoría. Los domingos me recuerdan mi soledad, mi falta de ilusiones, mi acomodamiento y hasta mi falta de ovarios para largarme lejos de esta falsa seguridad. Sin embargo, no lo hago. Me quedo aquí vegetando, despotricando del ruido y la contaminación, de la vida de plástico y todo eso. Pero bien acomodada que estoy. 

Todo lo que he ido aprendiendo a lo largo de mi vida no me ha servido para juntar el coraje de emprender una aventura. Creo que mientras hago este tipo de planes tranquilizo mi conciencia. Cuando arrastro mi soledad por las calles vacías miro a la gente. Entonces imagino su historia. Al verles siento que todos deambulamos, un poco de acá para allá, matando el tiempo, para finalmente concluir que tenemos los días contados y mal aprovechados. Para que llegado el momento, yo llegue a la conclusión de que se aproxima mi fecha de caducidad, sin que ahora tenga valor para hacer todas esas locuras de las que nunca fui capaz. 

Creo que es el riesgo lo que no soporto. Tanto control sobre lo que va a ocurrir posteriormente tampoco me han servido para nada. Pero lo cierto es que esa falsa seguridad alienta mi soledad y me ayuda a no vivir la incertidumbre. Antes era aún mucho más grave, pues anotaba cuidadosamente todo en un cuaderno. Desde los días de mi regla, hasta el menú semanal. Todo en orden y en su sitio. No soporto el desorden. Cada cosa en su sitio. Todo anotado para que no se me olvidara. Claro, que esta costumbre la he ido relajando, poco a poco, y me he vuelto mucho más permisiva y tolerante conmigo misma. Desde que acudo a las sesiones de meditación y los cursos de biodanza me siento más vital y con menos necesidad de saber que ocurrirá mañana. 

Tengo un amigo especial al que conocí en uno de esos cursos de crecimiento personal a los que me anoto cada verano. Él me ayuda a sentirme menos sola aunque pocas veces está disponible. Yo no tengo ningún problema en organizar horarios y espacios para acomodarme a él, pero tampoco eso funciona. Una vez más, elijo al hombre equivocado -o dejo que él me elija a mí, no lo sé bien- y eso trae mucho conflicto a mi autoestima, que se siente seriamente tocada. 

El tipo tiene pareja y solo me deja las migajas de su tiempo. Pero yo le digo que no importa, que lo nuestro es otra cosa, que no estamos enamorados. No sé si en realidad no me importa, tampoco sé si a él le importa, o si por el contrario acompañamos nuestras soledades como dos almas en pena, cada uno con sus miedos: yo con el de perderle a él, y él con el de perderle a ella. 

Me gusta porque me trata con respeto, me hace sentir importante y me regala flores con poemas. Pero luego están esos lapsus en los que desaparece y si yo no tomo la iniciativa de llamarle, no sé nada de él. Antes de llamarle me pongo en pose impersonal, de qué tal te va la vida, que hay un curso interesante este fin de semana por si te sumas, a ver si nos vemos, si no es posible no pasa nada, podemos tomar un café y charlar un rato… estoy bien, con mucho trabajo, liada, corriendo todo el día.... 

Ni por asomo le digo que le echo de menos y necesito verle, que estoy triste o confundida, que no estoy liada sino absolutamente aburrida y sola, que me jode organizar todos los planes pensando en estrategias para eludirla a ella. 

En esta situación de “no exigencia” en la que me coloco no cabe reclamarle nada. Así con mi aire de suficiencia me mantengo impávida mientras escucho sus excusas. Ni siquiera le reprocho que me llame poco. A pesar de mi fingida comprensión y mi liberalismo más allá de lo habitual, creo que nunca he sido verdaderamente sincera con él. Tampoco lo he sido conmigo misma, para qué vamos a engañarnos. He jugado a esquivar a esa parte de la realidad que me duele. Ahora al menos eso lo sé. 

Cuando entro en la vorágine de la rutina y siento que mi tiempo vuela veloz, me doy cuenta de que con tanto anotar me he olvidado de vivir. En realidad, me he olvidado de ser la protagonista. No tengo planes inmediatos que me entusiasmen de verdad. Me siento cargada de años a pesar de que estoy en una edad intermedia. Nadie me espera, excepto Tina, pero ella no cuenta. Lo peor de todo es que ni siquiera soy capaz de llorar. No hay una sola ausencia importante en mi vida, puesto que tampoco ha habido ninguna presencia realmente digna de tenerse en cuenta. 

Si fuera más osada, aprovecharía todo lo que ahora sé, acerca de mi misma y de la vida, y empezaría de nuevo, de cero, pero una vez más el riesgo me da miedo. 

4 comentarios:

  1. Hablas con sinceridad, creo que por eso tu relato llega de esa forma a querer ser leído. Terapéutico y hermoso.
    Un abrazo
    Laura

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  2. Gracias Laura. Me encanta que mis relatos sean creibles. Mis personajes, de alguna manera existen. Aunque al convertirlos en ficción se entremezclan unos con otros. Aunque siempre quiero rescatar sus almas y hablar desde ahí.
    Un abrazo.

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  3. Fascinante. Diría que nunca parece ficción. De alguna forma, el alma del autor habla, grita y clama a través de la voz de sus personajes.

    Un abrazo, querida Encarna.

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  4. Todo a destiempo. Notable. Saludos.

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