4 de diciembre de 2012

Héctor Pascales. El meteorólogo de la calle Pedernera

EDUARDO MOLARO -.

/ Del Atlas Desmemoriado del Partido de Lanús

Algunos fundamentalistas de la actualidad, seguidores de nuestro personaje, atribuyen falsamente que la medición de la presión atmosférica en estos tiempos debe su nombre a Don Héctor Pascales, el meteorólogo de la calle Pedernera.

Acaso el parónimo preste a etílicas confusiones , pero nuestro personaje es de la época en la que se medía dicha presión en Milibares, y en ese entonces nadie suponía siquiera que tal medición podía ser un homenaje a los inflamados pechos de la desnudista Milagros Bares, famosa prostituta de la calle Oyuelas.

Los Viejos Sabios de la calle Piedras decían que a Pascales le había sido otorgado un don.

Todos recuerdan la tarde en la costanera de Quilmes, cuando disfrutando de una jornada apacible, Pascales miró hacia el horizonte, cortó una hoja de un sauce, la humedeció en la punta con su lengua, para luego advertirles a todos en tono académico:

- Che! Vámono´ a la mierda que se viene una sudestada de puta madre!

Todos se rieron de él, a excepción del Tano Brazzutto ( uno de los Viejos Sabios de la calle Piedras ) que, tal vez un poco mareado por la media damajuana de tinto que se había tomado, se levantó tambaleante y encaró solitariamente hacia la parada del colectivo.

En media hora- y contra todos los vaticinios meteorológicos del periódico - un día soleado se convirtió en una tormenta que inundó la ciudad.

Aquel logro oracular le suministró a Pascales cierto prestigio entre las viejas del barrio. Cada vez que pasaba frente a dos señoras conversando en la vereda era habitual escuchar la clásica pregunta:

- ¿ Cómo le va, Pascales? ¿ Va a llover hoy?

Y nuestro meteorólogo cortaba una hojita de sauce ( o tal vez de Paraíso ), la humedecía con la punta de su lengua y vaticinaba con increíble precisión.

Sólo una vez – se recuerda – falló en sus pronósticos. Fue en aquella ocasión en la que – a falta de árboles de sauce o paraíso – Pascales realizó sus cálculos con una hoja de ortiga. ( Comprenderá el lector que, más allá del error de diagnóstico, a Pascales le quedó ardiendo la lengua durante tres días. )

Con el tiempo fue consultado por las autoridades del municipio cada vez que debían realizar un festival al aire libre, un acto político o simplemente una divertida y sangrienta emboscada a sus adversarios opositores. Y Pascales parecía infalible. Nunca fallaba en su diagnóstico.

Muy sonado fue aquel caso en que, masticando una hoja de lechuga de su ensalada, pronosticó un tornado durante un mediodía de sol resplandeciente mientras comían un asado en los quinchos del Club Independencia. Más allá de su eficacia, casi todos dudaron del pronóstico de Pascales y atribuyeron su arriesgado vaticinio al abuso desmedido del Tinto ¨ Rojo Trapal ¨ con el que escanciaron los vasos del magnífico banquete.

La cuestión es que, luego de la comilona consuetudinaria, mientras algunos ya ¨ cabeceaban ¨ sobre la mesa hecha de rústicos y prácticos tablones, una ventolina comenzó a invadir los quinchos y negros nubarrones aparecieron desde el oeste.

Veinte minutos después, las chapas del techo de los quinchos viajaban con rumbo este y uno de los tablones se elevaba hechizado para partirle la cabeza al rengo Ayala,. A todos esto, Pascales observaba impertérrito el fenómeno descomunal desde el salón del Club, lugar construido de cemento y donde nuestro meteorólogo había tenido la previsión de guarecerse ante la primera brisa.

La predicción de aquel acontecimiento brutal, triste y desolador, engrandeció aún más la buena fama que precedía a Pascales.

Pero como casi toda cosa buena, aquel don terminó contaminándose por la ambición. Pascales abrió unas oficinas y comenzó a cobrar por sus asesoramientos. Pero ya no sólo era consultado por cuestiones meteorológicas, sino que las personas veían en él una especie de oráculo que todo lo sabía. Fue así que era requerido para esclarecer sobre cuestiones amorosas, inversiones inmobiliarias y hasta por los detectives de la policía. Es justo decir que en esos rubros su eficacia no era la misma.

Al año, ya las personas no lo miraban con el reverencial respeto que bien se había ganado otrora.

Pascales no sabía cómo recuperar su prestigio y mucho menos sabía que aquél vendría de un modo fatídico.

Una tarde se presentó en sus oficinas Raymundo Miranda, famoso cornudo de la calle Mitre, consultándolo sobre si su esposa tenía un amante.

Pascales era un hombre sincero y –no tan casualmente – él era amante de la esposa de Miranda. Fue así que ante el dilema moral que aquello le representaba, decidió obrar con honestidad.

- Sí, Miranda. Su mujer tiene un amante! Y ese amante soy yo!

Miranda no pareció sorprendido. Acaso confirmaba lo que era un secreto a voces. Fue entonces que valoró la sinceridad de Pascales, le pagó el valor pactado de la consulta y luego le metió cuatro tiros en el pecho.

La policía llegó una hora después con todo resuelto. Miranda se entregó inmediatamente, incluso se quedó esperando al móvil de la comisaria 8va. De Villa Obrera.

Los vecinos entendieron que Pascales, en ese acto casi suicida, había dejado resuelto el enigma de los cuernos de Miranda y la culpabilidad del crimen.

Todos vitoreaban su nombre mientras la ambulancia de la morgue se lo llevaba.

A su entierro concurrieron centenares de personas conmovidas y admiradas. El propio intendente municipal se hizo presente y – para regocijo de los poetas de dos con cincuenta – el cielo lloró aquella tarde una fina lluvia otoñal en honor a Don Héctor Pascales.

Hoy los vecinos ya no tienen más certezas y deben conformarse con la inexacta premonición de los meteorólogos televisivos, horrendos mercaderes con la obscena pretensión de ser llamados hombres de ciencia y cuya ineficacia en sus pronósticos los convertiría en indigentes o finados en una buena mesa de Póker.

8 comentarios:

  1. Le pasó por pata de lana. Hombre honesto y previsor, debió anticipar los tiros, pero de seguro sabía que se los merecía.
    Lamento lo de la ortiga. Algo de sensibilidad debió haber perdido para siempre.

    Muy bueno, amigo Edu.



    ResponderEliminar
  2. Cuanta poesía y humanidad Maestro.

    ResponderEliminar
  3. Jorge: Además de mi gratitud, respondo. Tiene usted razón. es posible que lo mereciera. Usted sabe que toda Hibris tendrá como resultado una anagnóriis inexorable. ( aunque no haya parientes en el texto ).
    Ashraf: Me ha regalado dos palabras magníficas. Sepa que aprecio mucho lo que ha dicho y lo agradezco infinitamente.

    ResponderEliminar
  4. Usted es el autor. Entonces cómo hace que le peguen cuatro tiros al gran Pascales. Hace que lo amemos y luego nos pega cuatro tiros en el corazón a nosotros, Maestro. Se ensañó.

    ResponderEliminar
  5. Acaso haya allí una baja influencia Baudelaireana de resolver por aniquilamiento. ( pero échele la culpa a lo que hay escrito en Atlas, che!! )

    ResponderEliminar
  6. Que ameno relato,me causó mas risas que penas (espero que sea culpa del Atlas y no un resultado de mi insensibilidad).

    Gracias Eduardo.

    ResponderEliminar
  7. Luis: Ha tenido usted la sensibilidad necesaria. Pascales merece ser recordado con una enorme sonrisa.

    ResponderEliminar
  8. Mi madre siempre sugiere informarse en la tele o la radio sobre el clima antes de salir. Obviamente, no le hago caso. Siempre voy por instinto y según la pinta que tenga el cielo. Las probabilidades de fallar que tengo son tan altas como la de los meteorólogos, así lo decreto yo. Es probable que de haber conocido a este meteorólogo no le creyera tampoco (para que vea que soy porfiada) pero ahora y a la distancia, cuando este es ya un mito me resulta de lo más posible y simpático el sujeto!

    Muy bueno! Hasta la próxima!

    ResponderEliminar

*