30 de enero de 2013

La pasión del Cabro Eulalio

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.

Primera parte: Ladronzuelos

Si bien la literatura acabó por concederle un espacio entre sus hijos más díscolos con el nombre de Eulalio Serradilla -el mismo con el que figura en el Registro Civil y en un efímero paso como funcionario de la Policía-, el prontuario del hampa y el mundo de la ficción lo seguirán recordando como Cabro Eulalio. Dando cuenta de su buena intuición para el negocio de la producción de libros, optó por titular acertadamente su primera novela con la frase más recurrente dicha por los personajes que aparecen en ella: “Ese verano de mierda”. Más tarde, cuando la censura del gobierno de González Videla se dejó caer sobre su creación, cambió el título por “Carrascal, boca abajo” y así pudo continuar sacando nuevas ediciones corregidas. 

Aunque en la actualidad el nombre de Serradilla tiende a ser identificado por la crítica como un escritor más de la “literatura de los bajos fondos”, junto a Alfredo Gómez Morel, Armando Méndez Carrasco, Luis Cornejo, Luis Rivano y Jorge Muzam, el principal reconocimiento que se merece tiene que ver con su condición de pionero de un género que estableció códigos, ambientes, situaciones y estilos que le son propios y lo vuelven único. Así, delincuentes, prostitutas y marginales en general sirvieron de inspiración literaria con una mayor libertad, lejos de la denuncia, la reivindicación social y otras banderas de lucha, propias de la generación del 1938, y por sobre todo, cuando aún faltaban más de veinte años para que los otros cultores de los “bajos fondos” dieran a conocer sus primeros trabajos.

Ignoro cuánta vigencia tendrá aquella frase “ladrón que roba a ladrón, cien años de perdón”, pero me parece sumamente atingente a la hora de referirme a la manera cómo llegó hasta mis manos la primera edición de “Ese verano de mierda”, fechada en abril de 1940, aunque esto me acarree más de algún problema -si no es con la justicia- con la ética, la moral y las buenas costumbres. La historia se remonta a mis tiempos de ser desdibujado, con aficiones artísticas comprensibles, pero con ideas políticas cuestionables para mi familia. Junto a mi inseparable amigo Raúl Zurita compartíamos una vida de estudiantes universitarios en Valparaíso, siempre a medio morir saltando. Ya fueran en dúo o mal acompañados en forma ocasional por el joven pandillero Juan Luis Martínez, acostumbrábamos a plantearnos desafíos descabellados como robarnos el libro más grande y a la más vez más inútil que alguien se pudiera imaginar, de acuerdo a nuestro arbitrario criterio selectivo. Los cerca de años de diferencia que nos separaban –yo era mayor que ellos, aunque por momentos no lo notaba- se volvían nada en esta suerte de regresión a la infancia. El ganador se hacía acreedor a todos los textos recopilados durante esa jornada llena de excitación, osadía y vértigo. La desfachatez impidió que tuviera algún efecto en nuestras conciencias las innumerables ocasiones en que fuimos sorprendidos por los libreros con ojo de lince en plena ejecución de las bellaquerías. Lo anterior no tenía nada de extraño, si se piensa en lo sospechosas que debieron resultar nuestras chascas desordenadas, nuestras patillas al viento, nuestras barbas revolucionarias y descuidadas, además de los abrigos largos y pasados a naftalina –en el caso de Martínez, su chaqueta de cuero-, sumatoria que nos daba un aspecto capaz de espantar hasta las moscas. La única manera de salir del percance era apelar a la compasión de los libreros, muchos de los cuales eran padres de familia bondadosos y comprensivos, quienes nos dejaban partir con esos extraños libros que a nadie o a muy pocos interesaban, tirados como estaban en canastas de liquidación, en una época en que aún la delincuencia no reemplazaba al comunismo como fantasma de turno en las buenas conciencias. De lo contrario, los libreros habrían clamado las penas del infierno para nosotros, pobretones ladronzuelos universitarios quienes, cuando se nos conminaba a devolver los libros que traíamos ocultos bajo la ropa, repetíamos una treta ideada por Zurita con naturalidad: “¡Cómo le voy a pasar este libro, no sea fresco! Yo me lo robé en la librería de la otra cuadra”.

Perdido entremedio de mamotretos como “Marxismo y crítica literaria”, “La ética del buen compositor”, “El ingeniero y la vida plena” apareció un libro minúsculo, ya a esas alturas antiquísimo, titulado “Ese verano de mierda”. En la portada de la publicación, se precisaba que Eulalio Serradilla y el Cabro Eulalio eran la misma persona. Aunque la librería Minerva lo tenía en sus estantes para la venta, su primera página llevaba el timbre de la Biblioteca Santiago Severín, lo que dejaba entrever alguna incongruencia, por decir lo menos, entre su origen y su ubicación posterior.

De manera involuntaria, Juan Luis Martínez se apropió de este libro por encontrarse adherido al ladrillo de dos tomos que metió debajo de su chaqueta de cuero para quedarse con el botín recaudado por él y nosotros. Años más tarde, cuando reemplazamos el robo de libros por las depresiones y flagelaciones inspiradas en los toques de queda, la novela de Serradilla continuó el periplo desde la casa de Martínez, en Villa Alemana, a la vivienda que Zurita compartía con su madre y hermana frente al terroso río Maipo en Puente Alto. Desde allí, yo lo trasladé al poco tiempo hasta mi biblioteca personal del caserón de Grajales –a mi completa disposición con la venia de mi padre, todo con tal de ayudarme en los intentos por convertirme en escritor consagrado-, claro que sin avisarle previamente al ya entonces poeta Zurita. Lo cierto es que el libro ahora se encuentra en mi poder y pienso darle, por vez primera, una utilidad que en el pasado, en nuestra condición de seudo literatos sin experiencia, desorientados e izquierdistas no fuimos capaces de alcanzar. Por eso me siento con derecho a que se me conceda sino el perdón divino –el cual no me interesa en absoluto- al menos el perdón de los hombres, sobre todo por lo crucial que resultará al momento de incorporar otra pieza más a este enorme rompecabezas. 

Continuará 

4 comentarios:

  1. Cómo no agradecerle que me incluya en el grupo de los escritores más cabronazos del hampa chilena.

    "Ese verano de mierda" es uno de los libros más fascinantes que se han escrito en lengua española. Me lo prestaron hace más de 15 años, sólo por un par de días, y desde entonces nunca más lo he podido encontrar.

    Sobre el Cabro Eulalio hay mucho que contar.

    Buen texto, amigo Rodríguez

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  2. Anónimo30/1/13

    Ese desafío de robarse el libro más grande e inútil es algo muy original, e inútil. Me ha divertido tu escritura.

    Voy a pensar en qué libro sería hoy tan grande e inútil como para intentar ese juego.


    La Mano Piadosa

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  3. ¿Tiene alguna relación el literato de los bajos fondos, con el editor de Plumas, o es sólo alcance de nombre?
    Como envidio la creatividad de los grandes artistas para inventarse desafíos tan ingeniosos.Lo único parecido que tuve con esos genios de la literatura es haber sido estudiante pobre y desaliñado.
    Muy entretenida la primera parte.............a esperar lo que viene.

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  4. Como buena atarantada que soy leí primero el 2 y ahora el 1. Me gusta!

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