31 de enero de 2013

La pasión del Cabro Eulalio

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.

Segunda parte: Platinada fémina

Poco a poco me voy dando cuenta del valor del texto que ahora tengo entre mis manos. De partida, cuenta con una compaginación que amenaza con perderse por los aires a la primera ventolera que me sorprenda distraído en algún parque pensando en lo que ya no tengo; el papel amarillento, de muy mala calidad, se deshace y resquebraja entre mis dedos con cada hojeada nueva que emprendo; y para qué decir las letras, borrosas, a punto de traspasar el umbral de la antimateria para llevar a su autor al sobrepoblado mundo de los escritores inéditos. 

La primera página, junto con establecer el año en cuestión y los mil 500 ejemplares que salieron a la venta, otorga el crédito correspondiente a la editorial El Chileno, la que según mis investigaciones librescas perteneció al Movimiento Nacional Socialista de Jorge González Vön Marées. La única explicación posible para tan extraña mancomunión que permitió un libro sobre hampones publicado por la editorial de los seguidores de Adolf Hitler en Chile, se la escuché al doctor en literatura Mario Verdugo: “Serradilla le llevó el manuscrito a González Vön Marées y le dijo que era una novela donde se exaltaban las cualidades físicas y mentales de la raza chilena a través de personajes voluntariosos, pero con toda la sociedad en contra –luego, en un tono casi confidencial, agregó-: Lo que no le dijo fue que esos personajes dividían su tiempo entre el delito y los amoríos con prostitutas. El jefe no leyó la novela por considerarla una pérdida de tiempo, sino que se la entregó a Carlos Keller, que siempre había tenido inquietudes literarias. La novela simplemente le gustó y por eso decidió publicarla. Las otras ediciones se dieron mucho más fácilmente cuando la novela se hizo popular, superado inclusive el tema de la censura”. 

Tal como la mayoría de los escritores callejeros de su generación, Eulalio Serradilla contó con una formación autodidacta, a través de la lectura de folletines por entregas aparecidas en diarios y revistas de la época, uno que otro clásico de la literatura universal que llegara hasta sus manos, además de las películas sonoras que comenzaban a pasarse en los cines del centro y los suburbios. Sin embargo, de ninguna academia ni salón heredó aquel talento natural para encandilar a quienes tuvieran la ocasión de escuchar sus narraciones a viva voz. Testigos de esa época aún recuerdan el espontáneo entusiasmo generado en bares y casas de remolienda de los barrios bravos de Santiago, cuando Serradilla por fin se decidía a contar, después de oír unos cuantos ruegos como todo buen artista, las aventuras vividas por él y sus compañeros de fechorías. Para que todo funcionase mejor, se alteraba el entorno con la reubicación de las sillas, ahora en semicírculo alrededor del sujeto de manera que nadie se perdiera detalle alguno de sus palabras, muecas y movimientos. Las mesas se alineaban unas junto a las otras por toda la orilla del recinto para poner sobre los manteles las jarras de cleri, el pan amasado y las fuentes de chancho en piedra y pebre, todas gentilezas de la casa. 

Su fama de narrador se encumbró a niveles nunca imaginados cuando comenzó a recordar un aspecto de su vida que lo había marcado profundamente y del cual supo sacar el provecho adecuado, pese al dolor de él y sus socios: el asesinato de su amigo y confidente Miguel Rodríguez Hidalgo, apodado el Chano. Ante el entusiasmo generado y la publicidad del boca en boca, Serradilla comenzó a ser invitado a diferentes lugares de Santiago para recrear los pormenores del crimen, primero a cambio de trago, comida y mujeres; después por dinero constante y sonante. La rentabilidad de aquello se incrementó tanto que el hombre consideró seriamente la posibilidad de abandonar el delito y profesionalizar sus presentaciones para las que sólo requería un poco de coca ascendiendo por sus fosas nasales, además del trago de aguardiente, que después cambió por habanos y whisky, cuando la fama le nubló la cabeza. Más allá de las orquestas, los folcloristas, vedettes y cuentachistes, los locales comenzaron a disputarse la presencia del Cabro Eulalio y su espectáculo “Ese verano de mierda... una historia real”. Pronto algunos estudiosos, aquellos más visionarios y abiertos a nuevas expresiones artísticas, se interesaron en el fenómeno y lo calificaron como una “tragedia griega adaptada en la gran urbe”. Las giras por todo el país de Eulalio Serradilla no tardaron en llegar para luego proseguir por Argentina, aunque estas últimas debieron suspenderse al verse involucrado en un hecho de sangre por un lío de faldas. 

Las confusas versiones provenientes del otro lado de la Cordillera le adjudicaron un amorío con la mujer de un capo de la Mafia Rosarina. Aleonado por el alcohol y la fama, ni siquiera recapacitó al enterarse que el marido en cuestión se encontraba departiendo con sus amigos en una pieza contigua a donde se disponía a mantener el encuentro furtivo con la platinada fémina. Alertados por tan brutales alaridos de la pareja, el capo derribó la puerta de un solo puntapié para recibir, tanto él como los hombres que lo secundaban, la respuesta del siempre listo revólver de Serradilla, el mismo con el que jugueteaba momentos antes en la sien de su compañera al ritmo de sus caderas desnudas. 

Los organizadores del gran encuentro programado en una importante tanguería de Buenos Aires -en la fachada puros compadritos arrabaleros pero tras ellos autoridades federales, jueces y políticos- optaron por sacar sigilosamente a la “estrella” del país trasandino. 

De regreso en Chile, Serradilla se mantuvo en el anonimato durante unos meses, en espera de que todo decantara y evitarse una inoportuna extradición a la Argentina. Durante ese tiempo, uno de sus amigotes más confianzudo, Enrique Negrete, el Cutufo, con la clara intención de convertirse en su representante, le sugirió que dejara por escrito “Ese verano de mierda” y todos sus otros relatos, de manera de ofrecerlos en bares, cárceles, mancomunales y, por supuesto, burdeles.

-¿Y de qué me serviría escribir las historias que yo mismo puedo contar? –se preguntaba Serradilla incrédulo-. Después nadie va a querer escucharme.

-Negocio redondo, socio, porque se venderían como pan caliente –arremetió el Cutufo-. Tú te encargai de escribir, no más, y yo de hacer los libros y venderlos. Nos vamos cincuenta y cincuenta.

-Gracias por la idea –contestó Serradilla tras meditarlo unos segundos-. Puedo hacerlo todo yo solito. Si querís ganar plata, escribe tus propios libros, huevón flojo.

Continuará

8 comentarios:

  1. Me deja en veremos hasta la que viene. Buena táctica, me comen las ansias :)

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  2. Bien chileno, me gusta leer textos urbanos es como ver novelas mexicanas! Espero el final.

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  3. Andar de amoríos con la mujer de un capo mafia de Rosarios es de temerarios!! Las últimas noticias de la ciudad santafesina dan cuenta de un regadero de sangre. Para que sepa.

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  4. Catalina Cienfuegos1/2/13

    Parece una película de mafiosos.

    Escalofriante.

    Saludos

    Catalina

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  5. Carlos Keller hacía el trabajo sucio de la editorial nazi.

    Y cumplió con creces. "Ese verano de mierda" es hoy uno de los más grandes clásicos de la literatura chilena.

    Me gusta esa escena donde se enfrentan los guapos. Me recuerda una escena de Booggie Nights.

    Buena continuación, estimado amigo Rodríguez.

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  6. Anónimo1/2/13

    Era práctico ese Serradilla.

    La Mano Piadosa

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  7. LUIS1/2/13

    Muy absorbente el relato. Tal vez mas adelante nos entregues los entre telones del asesinato de su socio Rodríguez Hidalgo.
    Gracias, amigo Claudio

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  8. Salvo a González Von Marees y Carlos Keller, desconocía por completo al resto.

    Una historia de bravos.

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