5 de enero de 2013

Lo joven y lo nuevo

GONZALO LEÓN -.

A propósito de unos libros de cartas que he estado leyendo he pensado sobre la diferencia entre arte nuevo y arte joven, o entre literatura nueva y literatura joven. Pese a que joven y nuevo se han usado como sinónimos: por ejemplo, Nueva o Novísima Narrativa, al menos en Chile, han sido utilizados como si lo joven fuera nuevo. Y no, lo nuevo también puede ser viejo, convencional, conservador, repetido. Un artista o un escritor joven no necesariamente quieren romper con el orden establecido, porque tal vez lo que mejor maneja es precisamente el viejo orden, el canon.

En la correspondencia entre Allen Ginsberg y Jack Kerouac me sorprendió ver que las lecturas en las que se formaron estos dos “vanguardistas” fueran Stendhal, Blake, Celine, Dostoievski, Dickens. El más contemporáneo era Thomas Mann, pero Ginsberg y Kerouac tenían acceso a él producto del exilio que sufría el Premio Nobel y de las charlas que daba en distintas universidades. Hasta 1949 sus lecturas eran éstas, hasta que apareció Carl Solomon en la vida de Ginsberg y lo introdujo en una serie de nuevas lecturas (Artaud, Genet, William Carlos Williams). Gracias a eso, se fue formando el Ginsberg más beat.

¿Pero Ginsberg fue realmente un escritor nuevo? ¿Planteó nuevos paradigmas en la poesía? Conversando con el poeta argentino Ezequiel Alemian y con el editor del sello Stanton (que publicó hace un año las reescrituras de Leónidas Lamborghini) me decían que en realidad Ginsberg fue un poeta convencional y que su obra dejó muy pocas cosas nuevas. Alemian, de hecho, dijo que W.C. Williams, siendo mayor, había sido mucho más transgresor que Ginsberg. Con respecto a la narrativa de Kerouac, Alemian fue igualmente duro: era un continuador de Mann. Es decir, sus tempranas lecturas lo marcaron. “Quizá lo más transgresor fue Big sur, y nada más”, agregó.

Pienso en esto para determinar si existe, por ejemplo, Novísima Poesía (término que se usó para nombrar a los poetas del 2000, entre los que estaban Héctor Hernández Montecinos, Pablo Paredes, Paula Ilabaca, Rodrigo Olavarría). Estirando la comparación: al igual que los beat, estos poetas más que con una estética aparecieron en el mundo de la poesía chilena con la impronta de su juventud, y eso era indiscutible; se notaba en sus peinados, en su ropa, en su jerga. Si bien se autocatalogaron como novísimos, pronto muchos los llamaban así para referirse a este grupo y para señalarlos como novísimos en su poesía, ¿pero hoy alguien puede decir qué tenían de nuevo? La Novísima Poesía no transgredió nada, no rompió ningún canon, de hecho los reafirmó. Muchos de ellos se sumaron a Raúl Zurita, Premio Nacional de Literatura. Así y todo, para muchos, entre los cuales me incluyo (uno es gil hasta avanzada edad), en algún momento fueron la nueva poesía chilena, pero en términos de “novedad”.

La poesía chilena, así llamó Juan Luis Martínez a un libro-objeto, que entre otras cosas traía los certificados de defunción de Mistral, Neruda, Huidobro y De Rokha. Volviendo a los jóvenes. Hay una nouvelle que apareció este año en Argentina con ese título, y está firmada por Carlos Correas, un escritor y académico que se suicidó en 2000; aquí el título está muy bien puesto, porque el texto puede considerarse como precursor de la literatura homosexual y no sólo eso, ya que es un antecedente de Osvaldo Lamborghini. “Un puto viejo, desgarbado”, escribe Correas a mediados de los cincuenta, “se pasea entre las mesas, con un vaso de cerveza en las manos puliditas. Anda a la pesca de braguetas soliviantadas: se especializa en pajas”.

Pero quizá donde mejor se ve la contradicción de que lo joven no necesariamente es nuevo fue en la irrupción de narradores jóvenes en Chile. Digamos que en algo colaboré con esto, porque en mi calidad de editor me tocó lidiar con un par de ellos. Y puedo decir que no había nada nuevo en ellos, aparte de la novedad de ser jóvenes escribiendo narrativa. ¿Pero qué, acaso Antonio Skármeta nunca fue un joven Skármeta que tomó el tren a Concepción a presionar al jurado de un concurso de mediopelo, o José Donoso, a quien vi la otra vez en un canal de cable contando cómo en su paso por una universidad estadounidense veía todas las mañanas a Albert Einstein? Pero retomo: ninguno de ellos está haciendo algo nuevo, todos suenan a otros escritores, más viejos, y aún no se despegan de esas lecturas.

Me gustaría leer, y no ver, escritores jóvenes, que transgredan la literatura, que la violen; pero en vez de eso me encuentro con jóvenes que saben muy bien cómo funciona el mercado y cómo posicionarse en él. Quizá porque la literatura es y será un lugar nuevo, pero lamentablemente pobre. J.M. Coetzee, en el libro de correspondencia con Paul Auster, escribió algo que podría servir a modo de explicación: “Entre los lectores de hoy día veo a muy pocos que saquen inspiración de lo que están diciendo los poetas actuales… Hoy día, ¿quién tiene el poder de dar forma al alma de los jóvenes tal como lo hicieron Brodsky o Herbert o Enzensberger o (de forma menos clara) Allen Ginsberg?”.

Fotografía: Jack Kerouac y Allen Ginsberg

2 comentarios:

  1. Prefiero pensar que cada uno aporta o intenta aportar algo levemente distinto a este gran refrito cultural.

    Saludos cordiales.

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  2. Prefiero no atender los rótulos ni carteles. Leo según se da.. a veces puede ser inspiración tras leer las primeras líneas o una reseña original, por intuición por estar rondando un tema específico, por recomendación de alguien en quien confíe. Mis lecturas son dispersas y eclécticas, son a veces imprudentes y arbitrarias.

    Buen texto, saludos.

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