22 de enero de 2013

Banda sonora


CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.


Como ha ocurrido con la mayoría de las actividades realizadas por el servicio, hojeando el diario del fin de semana me enteré que las platas del fisco serían destinadas este año a contratar al grupo de rock Los Tres para amenizar la Feria Internacional de Talca, más conocida como FITAL. Desde que el sólido grillete de la sobrevivencia me mantiene inmovilizado sobre este pedazo de tierra seca, siempre me ha llamado la atención este particular evento, último bastión de las arribistas y mercachifles ferias empresariales que tanto brillaron durante la dictadura, con el valor agregado del olor a bosta característico del Valle Central. No deja de ser curioso que sean Los Tres - responsables de la banda sonora de los años concertacionistas- quienes le den el vamos a todo este circo consumista con sus acordes sospechosamente ingleses, confirmado una vez más que la teoría de la reconciliación nacional tiene senderos infinitos –y suculentos- para hacerse carne.

Cada vez que escuchaba el quejoso “todo este trabajo caerá sobre nuestros hombros” de Maritza, lo consideraba una más de sus típicas exageraciones. Una actividad como ésta, pensaba yo en un principio, debía ser compartida con otro ministerio, servicio o la misma FITAL, ya que nuestra condición de entidad ínfima nunca nos ha alcanzado para organizar ni un mísero guitarreo de parroquia. Cuando el servicio contrata artistas por su cuenta, opta por los más baratos (Los Tres no lo son en absoluto) como una forma de devolver los servicios prestados en las campañas electorales (a la luz de los hechos, resultaría impensable una itinerancia con Patricia Maldonado, Jorge Zavaleta o el Mapache Navech, pero estos muchachos ya tuvieron su minuto de gloria con el General asolapado que manejó los destinos del país por varios años). Tú me das y después yo te doy ha sido la tónica de estos años democráticamente transitorios y que continuarán en el futuro, sea quien sea el maquinista que conduzca los vagones (y vagos) del Estado. Ya lo ha dicho mi colega Vittorio, con más poder de síntesis que yo, cuando reflexiona sobre el futuro institucional. “Será la misma cagada con distintas moscas”, 

Sin embargo, gracias a la intervención de Miguelito Herreros pude corregir un importante error de esta percepción de la realidad: efectivamente el servicio traería por cuenta propia a Henríquez, Parra y Titae –con los egos y las groupies incluidos- a través del programa de itinerancias y por una suma capaz de saciar la codicia de estos rockeros de Chiguayante. “Todo esto tiene a doña bastante loca, neurótica y disparando a mil por hora –comentó mi colega, tras escabullirse de una sudada reunión de trabajo, presa del cansancio y del apetito-. Se cree la dueña de la FITAL, nos manda a nosotros a exigir garantías por la seguridad, cuando eso debe correr por cuenta de los dueños de casa. También quiere que les demos órdenes a los pacos de cómo trabajar”. 

En un intento por desviarlo a temas más interesantes, como los cambios del look experimentado por la Señorita Maule o el delicioso ponche con frutillas del Deportivo, aposté por unos inútiles consejos durante la hora de colación: “Déjala que se queme sola, limítate a seguir la corriente y listo. No te hagas mala sangre”. Pero Miguelito tenía su película demasiado clara como para tragarse mis palabras semejando el contenido del plato humeante que tenía al frente: “Ni que fuera tan fácil, mariposón –dijo levantando el tenedor y apuntándome con un trozo de albóndiga- Si hasta tuve que ir a la Prefectura para hacer el loco. Recomiéndele a su jefa que contrate guardias privados si quiere que todo ande a su pinta, fue lo que me dijo el Comisario mientras los otros pacos se cagaban de la risa de mí”. 

Con todos estos antecedentes a la vista, sólo un masoquista habría querido empaparse con el stress salpicado por Maritza a horas de la inauguración de la FITAL. Por ello, la mayoría preferimos concentrarnos en el propio papeleo, encerrarnos por un cuarto de hora en el baño o concederle unos minutos al pelambre en la fumoteca en espera que el temporal amainara. Sin embargo, cuando la hora fatal se divisaba en el horizonte, cada uno de nosotros comenzó a recibir correos electrónicos o insistentes llamadas al celular de parte de Maritza o de -quien podríamos definir como su mala imitación- su secretaria. Se nos conminaba a reportarnos en el escenario de la FITAL a las dieciocho horas en punto para el último “check list” de la actividad, bajo la amenaza de una anotación de demérito si incurríamos en desacato. 

Como era de esperarse, Maritza realizó su acostumbrada performance destinada a alternar la digestión de los subalternos. Comenzó a cuestionar la poca cantidad de gente congregada (que conste que aún faltaban más de dos horas para el inicio), el color de las sillas, la agilidad del productor, la temperatura ambiente y todo cuanto pasara por su alborotada consciencia. Ante semejante vendaval, los más hábiles emprendieron la retirada: Tilín y todo el siniestro segundo piso, la señorita Maule y su equipo, la Grethel Schnnaider y sus dos chicocos, René y sus amigotes músicos, Teclita y su marido, más otros invitados preocupados de no agotar su paciencia con una loca despotricando a los cuatro vientos. 

Sin embargo, hubo tres pelagatos que no corrieron la misma suerte de todos ellos. Cuando digo tres no me refiero a los esperados rockeros penquistas, sino a Miguelito Herreros, Matías Albatros y su servidor. Las municiones de mala onda de Maritza dieron con todo sobre nuestros tambaleantes cargos: “Claudio, no ha existido una buena coordinación en los cierres de proyectos de los Fondos Concursables. Hoy sin ir más lejos hay una ceremonia en el Teatro Regional a esta misma hora y eso demuestra negligencia de tu parte –después, apuntando con su dedo a Miguelito Herreros-, y tú, Miguel, no me has ordenado la agenda con las actividades del primer semestre como te pedí –ahora sobre Albatros-. Matías, quiero que coordines un saludo con el vocalista de Los Tres. Álvaro, creo que se llama. La idea es que salgamos los dos abrazados agradeciéndole al servicio el haber organizado este recital –ahora mirándonos a todos-: ¡Que las parece? ¿Sería genial, no?”. El temor que nuestra jefa ejerce sobre Matías le impidió imitarnos en nuestro gruñido de asentimiento -muy oportuno cuando se trata de acabar pronto con toda esa palabrería-, por lo que se limitó a balbucear: “Como no Maritza… lo que usted diga, Maritza… si, Maritza… conforme Maritza”. 

Con Miguelito Herreros contemplamos el desplazamiento tembloroso de Matías Albatros hacia el centro del escenario. Con timidez máxima, tocó en el hombro a la manager de Los Tres, ante lo cual ésta reaccionó mirándolo por sobre el hombro. Luego lo vimos mover las manos y girar la cabeza hacia donde estábamos nosotros, como buscando un apoyo institucional que no llegaría jamás. Maritza desplegó los brazos en señal de pregunta y, pasado un rato, de molestia. La manager negó con la cabeza a lo que Matías reaccionó moviendo nuevamente las manos. Luego lo vimos regresar hacia nuestro rincón, esquivando sillas y al público que iba en aumento. “Maritza, me dice la manager que Álvaro no acostumbra a hacer esas cosas en el escenario, pero que de todos modos se lo va a consultar…”, comentó cabizbajo. Mientras Maritza reprendía a Matías por el nulo resultado de sus gestiones, aproveché de sacar a tirones a Miguelito de allí, 

En plena huida nos topamos con la Crespa, la Víbora, la secretaria y la señorita Maule que se aferraban a la barrera de metal esperando que pasaran los integrantes de Los Tres para gritarle cuanta obscenidad se les viniera a la cabeza. Me resultaba curioso que estas defensoras de la alta cultura (de la cual excluyo a la señorita Maule quien siempre se ha asumido como una chica del barrio) se comportaran como seguidoras de Daddy Yankee o del grupo La Noche, hecho que las ponía al mismo nivel de las lolitas apostadas a la salida de los hoteles en cada versión del Festival de la Canción de Viña del Mar. Los ojos de nuestras colegas estaban puestos Ángel Parra que les respondió con un escupo sobre la tierra, mientras Henríquez con un algo parecido a una flatulencia. Titae, por su parte, les hizo una seña más compasiva que erótica, pero que de todos modos sirvió para aumentarles la libido, como corroboraron nuestros endebles tímpanos. Después de esta muestra de cercanía con sus seguidores, Los Tres se encerraron en su camerino hasta la hora de salir a escena. 

Siendo sincero, nunca esperé demasiado del concierto. Canciones conocidas, frases estudiadas de Henríquez jugando a ser John Lennon o un rockero guachaca, Titae sacando la lengua oculto bajos sus gafas de marciano y Ángel Parra con su destreza acostumbrada sobre las seis cuerdas. 

Durante el intermedio, que se prolongaba peligrosamente más de la cuenta, vimos a Maritza encaramarse al escenario, lo que desde la distancia no dejó de sorprendernos. “¡Pero qué está haciendo!”, comentó Miguelito llevándose la mano a la boca en señal de espanto. Yo, por mi parte, me esforzaba para que la vergüenza ajena no superara mi capacidad de resistencia y me perdiera algún detalle.

“Hooooola, niños, ¿cómo lo están pasando?”, salivó Maritza sobre el micrófono y sus ojos me trajeron a la memoria la mirada del loco del Tarot. De respuesta tuvo una silbatina de proporciones. “¿Quieren que siga o quieren que pare?”, preguntó con desacierto. Lo que dijo después fue imposible oír, por cuanto el bullicio de protesta era ensordecedor. Aún así, nuestra jefa insistía en seguir parloteando frente a toda esa masa humana disconforme, sin que pudiésemos descifrar lo que decía. “Yo le advertí que no era el momento –nos confesó la voz de Matías a nuestras espaldas-, pero ustedes saben cómo es”. 

Por cierto que lo sabemos.

Con Miguelito Herreros y Matías Albatros decidimos alejarnos un poco más del escenario para nadie nos asociara con aquella mujer dispuesta a dejar su pudor en el baño, con tal de resaltar las bondades del servicio. Desde la distancia vimos como, con relajo y una sonrisa burlona, Henríquez regresaba con su banda para interpretar con desidia dos temas más. Al finalizar recibieron con indiferencia de las manos de Maritza unos vinos cauqueninos de regalo, los cuales –según supimos de oídas- se bebieron al seco encerrados en el camarín, mientras un séquito de periodistas – fans intentaba obtener, sin resultado alguno, un insulto de Henríquez a modo declaración exclusiva. Sólo las periodistas ligeras de ropa y la señorita Maule tuvieron libre acceso a esa zona restringida, vigilada por un mocetón de dos metros de alto por una tonelada de peso.

Al día siguiente, las arcas del servicio contaban con varios milloncitos de menos y los talquinos seguían como siempre, bucólicos y arrogantes. 


5 comentarios:

  1. Un país pequeño como Chile, provinciano, donde todos se ven las caras a menudo, lleva a estos enredos, a que nunca quedes mal con nadie, porque talvez necesites un contacto, un contrato, un enlace, un cheque suculento de no importa quien.

    Eso del “check list” suena amariconadamente rastrero, culturalmente rastrero y siútico.

    Miguelito era el Sancho Panza en esta historia. Sabía lo que se avecinaba, y preparaba los cojines para ello.

    Maritza, neurótica y ñoña.

    Y el centro y sur de Chile huele efectivamente a bosta, como toda la clase terrateniente que organiza concursos de belleza entre las vacas.

    Ácido y socavador de prestigios y manías urbanas, amigo Rodríguez.

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  2. Anónimo23/1/13

    Los Tres son como la mala hierba.

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  3. La vergüenza ajena llega hasta este lector.¿En que manos se encuentra nuestro servicio público?

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  4. Raúl de la Puente24/1/13

    Una escena divertida. LO lamentable, lo grotesco, es que parece que es todo muy real. Nuestras instituciones públicas exhiben a menudo un conjunto de improvisaciones y parches.
    Siempre se ha hablado que las instituciones de los países socialistas funcionan mal, pero lo cierto es que en Chile tenemos un claro ejemplo de lo contrario.

    Siga escribiendo señor Rodríguez, que lo hace macanudo.

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  5. Anónimo24/1/13

    Dicen que Titae es huequito. Yo creo que es pura mala intención y envidia, aunque lo sea.


    La Mano Piadosa

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