31 de enero de 2013

Una cuestión de género

GONZALO LEÓN -.

No sé si se deba a que estoy lejos de Chile o al hecho de que tenga Facebook, Twitter y todas esas plataformas digitales que te hacen perder el tiempo, pero lo cierto es que la mayoría de las discusiones que he tenido o participado en los últimos dos años, salvo honrosas excepciones, han sido de manera indirecta, es decir por Twitter, por Facebook e incluso por correo electrónico.

Un ejemplo de esto sucedió durante la primera semana del año: primero en Twitter, un sitio web publicó la noticia de que el escritor peruano Daniel Alarcón estaba por publicar una novela gráfica; como en esa plataforma se puede etiquetar a las personas y el sitio web ya se había encargado de eso, respondí cuestionando eso de “novela gráfica”, pero el escritor aludido debido a la etiqueta se percató de mi comentario y me respondió tratándome de dogmático. No sé en qué minuto dogmático pasó a ser un insulto, así es que seguimos discutiendo, dentro de lo que esa plataforma permite discutir…


A los dos días el escritor argentino Juan Terranova escribió un artículo en contra de su tocayo mexicano Juan Villoro, a propósito de ciertos cronistas latinoamericanos que han transformado este género en “inocuo y políticamente correcto”, festejado por “revistas, universidades y simposios”. Para Terranova la crónica que defiende Villoro es, como dice el mismo autor mexicano, “la encrucijada de dos economías, la ficción y el reportaje”. Digamos que me manifesté de acuerdo con Juan Terranova en Facebook, básicamente porque durante casi diez años ejercí la crónica, primero para un sitio web en donde ganaba cero pesos y luego para La Nación Domingo en donde ganaba bastante más, no sé en qué momento se convirtió en un modo de agradar al “establishment”.

En el tiempo en que escribí crónicas las personas le decían “tu columna”, es decir nadie entendía el género ni tampoco importaba. No creo que haya leído muchas reflexiones sobre la crónica, pero recuerdo algunas opiniones de Roberto Merino, Martín Caparrós, el mismo Villoro, Alberto Salcedo Ramos y ahora Juan Terranova. A la visión que más me acerqué fue a la de Merino, quien definió la crónica como una mezcla entre opinión, relato y recuerdo. Y si bien los resultados (los de Merino y los míos) eran dispares, fui aceptando esa definición. La de Caparrós incluso sirvió para destrozar un libro mío de crónicas en 2009. Pero en general muchos hablaban de este género, pero nadie discutía seriamente: para los periodistas era literatura, para los escritores era periodismo. ¿Por qué? Simple, para los periodistas era literatura porque no había “fuentes” y para los escritores era periodismo porque por lo general salían en diarios y revistas.

Hoy que los cronistas y las antologías se multiplican ha surgido un discurso que cobija un canon. Y pese a que la definición de Villoro es algo vieja, tiene visibilidad porque es un género que se ha asentado de un modo precisamente. “La vida depara misterios insondables”, escribió Villoro: “el aguacate ya rebanado que entra con todo y hueso al refrigerador dura más. Algo parecido ocurre con la ética del cronista”. No tengo idea qué quiso decir exactamente el autor de 8,8 (la crónica que trata de nuestro terremoto), pero intuyo que hay una ética ahí. Recuerdo que una vez un profesor de un curso de periodismo me llevó a su clase y llegó el momento en que los alumnos me fueron preguntando: ¿Todos los diálogos que salen en sus crónicas son verídicos?, dijo una. Y cuando contesté que por supuesto que no; buena parte del curso se me echó encima, diciéndome que estaba faltando a la ética periodística, y cuando dije que no sabía qué era eso y que de saberlo me importaría un comino, se enfurecieron más aun, tanto que el profesor me pidió amablemente que abandonase la clase.

¿Pero como dice Terranova, en qué momento la crónica se convirtió en un género inocuo y políticamente correcto, donde las opiniones más osadas no escandalizarían ni a una ama de casa (y con esto no digo que haya necesariamente que escandalizar, pero por lo menos poner huevos)? ¿O en qué momento la Fundación Gabriel García Márquez pasó a patrocinar un “género bastardo” (definición de Lemebel)? ¿O cómo pasó a ser un reportaje en primera persona, con exceso de dato, fuentes y poca gracia narrativa? Las crónicas de Pedro Lemebel en este contexto son superiores desde hace muchos años: arriesga literariamente, tiene prosa, ritmo, aunque sus opiniones son predecibles y para un auditorio muy definido.

Hace un mes una escritora chilena me dijo que había escritores, entre los que me incluía y supongo que también a Lemebel (ambos hacíamos crónicas en el mismo medio), que no nos acostumbrábamos a la pérdida de la tribuna. Le contesté que haber perdido esa tribuna fue una de las mejores cosas que pudo haberme pasado, porque me hizo darme cuenta de que lo que de verdad me gustaba eran los géneros menores, como el diario, la carta y por supuesto la crónica, para poder desde ahí armar algo mayor. Al mirarme a los ojos, me dio la impresión de que la colega no me había creído nada. Pero qué importa; después de todo no escribo esta columna para que me crean, sino para que me aplaudan.

4 comentarios:

  1. Una cuestión eterna. Buena entrada, me dejó tecleando.

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  2. Muy interesante la manera en que desarrolla el asunto. Me dejó pensando y seguro no resolveré nunca el dilema.

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  3. Bien planteado, comparto.

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  4. O sea que todo puede caber en una crónica. Un género libre y bastardo.

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