2 de febrero de 2013

El taxista

ROBERTO BURGOS CANTOR -.

El conductor del taxi que me llevaba esta mañana tenía el escaso cabello encanecido, al rape. Una tonsura de círculo perfecto se marcaba orgullosa. Ostentaba la dignidad de los cortes que hacen los peluqueros con licencia de la barbería vaticana.

Sin decir palabra después del saludo y decirle la dirección a donde iríamos, tomó la ruta que yo le habría indicado. Un atajo útil que además de evitar los atascos desesperantes de las vías tradicionales muestran el paisaje de barrios con viviendas donde aún destella una vida noble, que se resiste a los crueles deterioros del entorno, a la mancha invasiva de un comercio de ocasión, ruidoso y sucio. Anuncio oportuno de que un día viviremos hacinados en bodegas y garajes. Nosotros, el montón, mientras pocos, muy pocos, habitarán granjas ingrávidas de hormigas en la luna, allá donde no alcanzará la fétida descomposición del planeta alguna vez humano y divino.

De repente, atento al rojo del semáforo, dijo: ¿Qué vamos a hacer?

Distraído, vi por las ventanillas con la preocupación de no estar despierto del todo y que una interrupción impidiera el paso. Acepté que las frases indeterminadas, abstractas, aún mueven a la acción más allá de las meditaciones.

Sin observarme por el espejo retrovisor, él insistió en otra expresión ambiciosa: ¡Esto está muy mal!

Percibí que su tono carecía de énfasis y una modulación de dulzura convertía sus palabras en la mezcla extraña de verificaciones sin remedio y protesta desolada.

Logré ver su cara de perfil y se correspondía con la voz. Había en las huellas de la vida un estado de enfrentar los días que quedaran sin deudas ni arrepentimientos. Cuidador de parque para niños, abuelo enamorado.

Me atreví y solté: ¿Por qué lo dice?

No me reprendió, acaso por mi insoportable ignorancia de las miserables ocurrencias de un mundo sin destino. Este hombre debía saber como sus compañeros de trabajo, en medio del alto volumen de la radio con gritos y canciones, gritaban aún más sobre la paz en Colombia, con incredulidad porque no conciben la paz sino que claman por derrotas pírricas inspiradas en venganzas innombrables y en intereses de mezquindad inadmisible; sobre la enfermedad de Chavez; sobre la revaluación del peso; sobre los gobernantes de Dios y del César. Sobre la Cristina de negro.

Es reconocible la característica de los colombianos: Pregonar urbi et orbi, a alaridos, sobre cuanto el infinito humano contiene y con cierta inclinación a las profecías.

Con humildad sin reproches me contestó: No han encontrado al bachiller desaparecido, ¿usted que cree? – Por un instante pensé en las palabras de la fantasía con las cuales queremos esconder el horror: desaparecer, mágicos, patrono, desechables, muñeco.

Me conmovió un destello. Para el taxista ser bachiller constituye un valor producto del esfuerzo.

Y la ejemplar solidaridad que implicaba. Ese hecho en medio del delirio colombiano, en las palabras del taxista, estremecía los fundamentos del mundo. Todo nos implica.

Y yo escondiendo una lágrima le dije: Aquí me bajo. ¿Cuánto le debo?

Mañanas de la tierra: a veces.

2 comentarios:

  1. Formas locales de entenderse, diálogos que al confrontarlos se perciben absurdos, pero que no dejan de significar mucho, aunque sea para pintar la desidia de los días.

    Buen texto, estimado Roberto.

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  2. Catalina Cienfuegos5/2/13

    En Buenos Aires son bastante agresivos y pedantes. Los evito en la medida que puedo.

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