4 de febrero de 2013

La pasión del Cabro Eulalio

CLAUDIO RODRÍGUEZ MORALES -.

Tercera parte y final: crimen sindicalizado

La propuesta del Cutufo, en honor a la verdad, no tenía nada de novedosa. Otros escritores ya la habían puesto en práctica, con relativo éxito, en los años precedentes. Las crónicas de la época dejaron constancia de la gran aceptación popular de este tipo de literatura, más cercana, fácil de leer, fiel reflejo de las pellejerías por las que debían pasar su propio público consumidor, herencia directa de las liras populares de Rosa Araneda y Gumersindo Guajardo y alternativa a las novelitas de vaqueros, espías, relaciones amorosas y otras abiertamente pornográficas impresas en México. Decenas de escritores subsistieron en este espontáneo mercado, inclusive algunos sin pasado delictivo, aunque de todos modos con el patrocinio de sus correspondientes padrinos para el caso de que las diferencias de opinión sobre los derechos de autor obligaran a recurrir al revólver o al estoque. 

En la actualidad, no queda rastro alguno de esas obras, unas impresas, otras mecanografiadas, hasta cuadernos y libretas con letra manuscrita y otras sólo croquis para la población obrera que también requería un poco de circo. Hubo un intento, en la década del ‘30, del sacerdote Alfonso Escudero por organizar una editorial que, a través de la autogestión, publicara éstas como las obras escritas en el futuro –primero copiadas con la caligrafía de sus alumnos de confianza del colegio San Agustín, entre ellos el joven escritor Carlos Droguett, después mecanografiadas y acompañadas de dibujos, una especie de historieta-, lo que derivó en la molestia de la curia oficial y en la prohibición de que un educador de la iglesia católica se viese involucrado con maleantes y mujeres de mal vivir. Sin embargo, la idea de la autogestión, fue retomada con ímpetu por los propios autores del género de los “bajos fondos”, especialmente Luis Cornejo, quien por años autoeditó y vendió sus libros personalmente en la Plaza de Armas de Santiago, y Jorge Muzam en el puerto de San Antonio, aunque este último sólo aceptaba encargos por correo certificado. 

Lamentablemente –en cuanto al rigor histórico, no inventivo- a partir del fracaso de la idea de Escudero, todo adquiere connotaciones de leyenda: comenzó el rumor de que muchos de estos autores, ahora perdidos en el anonimato, contaban con dotes literarias superiores que Serradilla y, para su fortuna, la necesidad de sobrevivir acabó por hacerlos sucumbir en la carrera delictiva. 

El Cabro Eulalio, con mucho más olfato comercial que sus pares, supo cómo trascender en el tiempo al darle cierta regularidad a la publicación de sus escritos (tres novelas y dos libro de cuentos), aunque sin abandonar del todo su pasado de hampón para no perder la experiencia, en definitiva, la materia prima más importante para la confección de sus obras. Incluso se rumoreaba que contaba con el apoyo de escritores fantasmas en la creación de sus últimos libros –más elaborados, con menos ripios y menos encantadores-, afirmación que hasta ahora no ha sido avalada con prueba alguna. Más allá de eso, hay un hecho cierto: para la escritura de su primera novela, se valió de sus propios recursos, comenzando por una Underwood negra, “recuerdo” de su paso por la Policía, las correspondientes cuartillas blancas, más sus dedos índices torpes y timoratos que parecían no ser los mismos tan diestros a la hora de apretar gatillos -como lo comprobara el capo rosarino- y de manipular empuñaduras de cuchillos y laques de metal.

Eulalio Serradilla volvió a ser protagonista de la crónica roja en la madrugada del 11 de febrero. Tras sumarse a una discusión al interior de la cafetería La Pata, propiedad de Gabriel Osorio Retamal, por una colecta destinada a ayudar económicamente a un músico de la orquesta del local, se enfrentó verbalmente con el chofer Humberto Castillo, responsable de solicitar el dinero a los presentes. Al encenderse los ánimos, el Cabro Eulalio agredió a Castillo con un corte de navaja en la cara. Éste se retiró del establecimiento para regresar a los pocos minutos con otros individuos, entre ellos su hermano Guillerno, quien se dirigió a paso firme a la mesa donde se encontraba Serradilla departiendo con unos amigos. Realizó unos disparos sin dar en el blanco, sólo a modo de intimidación. El Cabro Eulalio se puso de pie, se parapetó detrás del mostrador y desenfundó su revólver haciendo fuego sobre su agresor. Éste se desplomó y fue trasladado a la Asistencia Pública herido de gravedad. Guillermo Castillo dejaría de existir mientras recibía los primeros auxilios.

El Cabro Eulalio se dio a la fuga, pero fue capturado por Carabineros a las pocas horas, trasladado a la Segunda Comisaría y puesto a disposición del Juzgado del Crimen de turno. A las pocas semanas logró su excarcelación por este caso.

Años más tarde, ya sin la protección del Servicio de Investigaciones, Serradilla emigró con toda su familia a Europa para dedicarse a la actividad de “lanza internacional”. Su centro de operaciones fue la ciudad de Ámsterdam. Regresaría a Chile sólo después de amasar una pequeña fortuna que le permitió instalar una boite y dedicarse al narcotráfico. Murió con demencia senil, acosado por los fantasmas de los finados adjudicados a su revólver y estoque. Entremedio de sus delirios, decía que cuando Emilio Dubois se convertía en su escudero, las almas en pena lo dejaban en paz.

No se sabe si retomó la escritura, al menos como hobby, en esos últimos años.

4 comentarios:

  1. Inevitablemente, los maleantes de la vieja escuela, los que sobrevivían a su ley, iban sumándose a las legiones del narcotráfico, la peor lacra de nuestra época, alimentada por los consumidores de los países ricos.

    Acabar con demencia senil. Ese sí es un mal fin para un malandra. Lo ideal sería morir con las botas puestas, enfrentándose a tiros con sus rivales.

    Buen final para esta desconocida historia, estimado amigo.

    ResponderEliminar
  2. Fantástica trilogía! Me mantuvo entretenida en todas las entregas hasta este buen final. Estas historias le salen geniales!
    Felicitaciones, un abrazo.

    ResponderEliminar
  3. LUIS5/2/13

    ¿Se encontrarán todavía esos escritores que se auto-editan y venden personalmente sus obras en paseos públicos?.Alcancé a conocer y compartir con algunos de ellos en la Plaza O"Higgins de Valparaíso. Estupendo relato y muy entretenido.

    ResponderEliminar
  4. Catalina Cienfuegos5/2/13

    Un chorro que quería contar sus andanzas. Divertido.

    ResponderEliminar

*